Nerón, el emperador de la lira
Pero ella tampoco se salvó de la tiranía del emperador. Una noche, presa de los placeres del vino, golpeó el vientre de su esposa embarazada. Popea perdió a su hijo, como también perdió su vida.
Se dice también que algunas noches vagabundeaba disfrazado por las calles de Roma con el objetivo de golpear a los transeúntes. Los que se resistían eran arrojados a las cloacas de la ciudad.
El incendio de Roma
Disgustado con la disposición de la ciudad, Nerón prendió fuego a la capital del Imperio en el año 64 d.C. El fuego duró seis días y siete noches. Vio las llamas con entusiasmo durante ese tiempo desde la torre de Mecenas, un lugar privilegiado donde también cantaba el IIupersis junto a su lira mientras veía como la ciudad ardía, según nos cuenta Suetonio.
Poco después mandó construir la “Domus Aurea” un capricho que se costeó mediante el despojo económico de varias provincias y ciudades. No tuvo reparo en acusar a los cristianos del incendio para que las sospechas no se cerniesen sobre él.
Excesos sexuales
Como nos cuentan Suetonio o Dión Casio, Nerón se disfrazaba con las pieles de animales como leones u osos para adaptar el rol de una bestia y atacar directamente las partes más íntimas de aquellos a los que sometía desde una jaula. Acumuló violaciones, encuentros con jóvenes de clase alta y mujeres casadas. Incluso Suetonio nos cuenta que tuvo relaciones incestuosas con su madre Agripina.
Tras la muerte de Popea, una mujer que Nerón no consiguió olvidar jamás, pues era la musa de sus liras, comenzó a sentirse atraído por uno de sus esclavos, que atendía al nombre de Esporo. Su físico le recordaba al de Popea. Nerón le llamaba “mi popeita” y ordenó su castración, como también le obligó a vestirse como una mujer.
Una vida como artista
Era aficionado a la lira, la poesía y a la conducción de carros. Nerón organizaba representaciones teatrales donde el mismo participaba, y pagaba a parte del público para que aplaudiese sus más que discutibles actuaciones de canto. Los llamados Augustiani eran los encargados de llevar a cabo tal menester. Según Tácito:
«Pasaban los días y las noches haciendo resonar sus aplausos, alabando su voz y belleza en términos reservados a los dioses».
Estaba terminantemente prohibido abandonar los teatros cuando él actuaba. En aquella época el hecho de ser artista estaba relegado a las clases más bajas, y ver a un emperador rebajado a ese nivel se consideraba toda una desfachatez.
También participó en los Juegos Olímpicos helénicos, donde casi murió al caer de un carro tirado por caballos.
En el año 68 d.C. antes de clavarse una daga en la garganta con ayuda de su secretario Epafrodito, dijo:
«¡Qué artista muere conmigo!«
Plinio el Viejo le describió como “enemigo de la humanidad”. Algunas citas, en cambio, le retratan como un gran emperador, como así nos cuenta Marco Aneo Lucano. No es de extrañar la disparidad de opiniones, dado que hay grandes contradicciones entre los diferentes autores.
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