Las extrañas momias de Roma

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Los ritos funerarios romanos eran normalmente la exhumación o la incineración. Existían empresas de pompas fúnebres llamadas Libitinarii que se hacían cargo de todas las ceremonias necesarias para que el difunto descansara en paz.

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Los ciudadanos ahorraban para poder permitirse una buen entierro y hasta a los soldados se les apartaba una parte de su soldada para pagar su entierro. Tanto la cremación como la incineración se llevaban a cabo fuera del ámbito de la ciudad puesto que a  los difuntos  se les consideraba impuros.

El cortejo se hacía de noche si  el muerto era pobre, y de día, acompañado de grandes celebraciones con música,  discursos, plañideras y  cantos y danzas, si era rico.

Tras la muerte, los romanos eran enterrados según su categoría social y su capacidad monetaria. Existían desde grandes mausoleos con cocina privada (había que recordar a los muertos una vez al año y amigos y familiares se reunían) hasta fosas comunes donde los pobres  o los delincuentes eran enterrados sin ningún miramiento.

Las extrañas momias de Roma

Pero tras la conquista de Egipto las cosas cambiaron, algunos romanos trajeron el culto a Isis y los embalsamamientos.

Seguramente, aunque el embalsamamiento no llegó a hacerse popular por su complicación, habría más momias, pero sólo tenemos noticias de la existencia de dos momias y restos de una sola. Pero la historia de ambas es  tan curiosa que  merece ser conocida.

El 15 de abril de 1485, en la Vía Appia, haciendo unas excavaciones para la  recuperación de piedras antiguas que luego eran  aprovecharlas en los palacios que los nobles construían en Roma, los  trabajadores encontraron tres sarcófagos de mármol a unos cuatro metros de profundidad. Los  sarcófagos no tenían ninguna inscripción que pudiera dar idea  a sus descubridores de quién eran sus dueños. Rápidamente se llevaron a un almacén  para su estudio.

En los dos  primeros sólo encontraron algunos restos óseos muy mal conservados, pero al abrir el tercero todos los presentes se llevaron una gran sorpresa: el sarcófago encerraba una especia de “cápsula” que parecía contener un cuerpo embalsamado.  Al momento de abrirlo toda la estancia se llenó de un agradable olor a resina y otras sustancias olorosas: áloe, incienso, mirra y otros bálsamos que los descubridores no supieron identificar.

Abrieron aquella “cápsula” de unos centímetros de grosor y se encontraron con la desconcertante  sorpresa de encontrar el cadáver de una mujer joven de unos quince o veinte años que parecía “estar dormida”, según la descripción que hicieron los presentes. Su piel era blanca y  elástica, su nariz estaba intacta y sus  ojos entreabiertos brillaban como si estuviera viva, sus dientes eran blanquísimos y al abrir la boca se veía su lengua rosada. Su cabello, que unos testigos describieron como rubio y otros como castaño, estaba perfectamente conservado y pegado al cuero cabelludo. La piel era tan natural que al estirar las orejas o la lengua, volvían al instante a recuperar su posición natural.

No llevaba vestidura alguna, sólo una redecilla de oro para sujetar los cabellos y un anillo de oro en la mano izquierda.

Rápidamente fue llevada al Campidoglio y exhibida, se calculó que era del siglo I A.C. Más de veinte mil personas pasaron ante ella para ver aquella maravilla y claro está,  debido a su milagrosa conservación, pensaron que tenía que ser alguna santa.

Pero tan sólo a los dos días de sacarla de su “cápsula del tiempo” el cuerpo comenzó a  oscurecerse y deshidratarse. A pesar de ello la gente hacía cola para ver el milagro y arrodillarse ante ella para rezar.

A Inocencio VIII, el papa en aquel momento, no le hizo ninguna gracia aquella piedad que él no había autorizado, no podía haber ningún santo sin permiso de la Iglesia, así que exigió que el cuerpo fuera trasladada a su palacio. Cuando lo vio no le pareció gran cosa: estaba tan negra ya y estropeada como otras momias que había en los sótanos de su palacio, así que mandó que fuera enterrada en un sitio desconocido y el fervor desapareció. La momia también. La redecilla y el anillo  desaparecieron al poco tiempo del descubrimiento: parece ser que alguien los robó. Sólo quedó  para  su estudio la descripción que hizo Daniele da San Sebastiano , el arqueólogo que estuvo presente en su descubrimiento, y el sarcófago de mármol.

Del segundo caso de momificación sí hay pruebas, y también esta momia está rodeada de misterio, quizás incluso más que la primera.

En febrero de 1964, cuando se preparaba el terreno para una nueva urbanización de la capital,  en  la encrucijada de las calles Cassia y Grottarossa, las excavadoras tropezaron,  a cinco metros de profundidad, con lo que pensaron que sería una gran piedra, pero que resultó ser un precioso sarcófago de mármol que quedó totalmente destrozado por la pala excavadora.

Rápidamente fue trasladado para su estudio. Por desgracia la momia sufrió tanto como su sarcófago.

El pequeño sarcófago de mármol de Carrara, bellamente labrado, albergaba la momia de una niña de unos ocho o diez años  y de un metro veinte de estatura.

Su piel también era clara y elástica, como la anterior, y nuevamente el agradable olor a resina, áloe  y mirra, sorprendió a todos. Pero muy pronto se deterioro y oscureció al ser sacada bruscamente del medio “natural” que la había mantenido en buen estado durante casi 2.000 años.

Esta vez la momia no estaba desnuda sino estaba cubierta de vendas de lino y llevaba sobre su cara una máscara policromada de barro sin cocer que se desmoronó al tocarla. Estaba vestida con un precioso traje de carísima seda, pero los tejidos se desintegraron rápidamente al contacto con el aire.

También  llevaba un ajuar funerario: un collar de oro y zafiros, unos pendientes de oro y un anillo, también de oro, que llevaba grabada una Victoria alada. Como el anillo era demasiado grande para su dedo, una hebra de lana enrollada por la parte interior, hacía que se ajustara a su medida. A su lado estaba una precios muñeca articulada  de marfil, seguramente su juguete preferido y que sus padres quisieron que la acompañara por toda la eternidad. También  encontraron algunos juguetes de ámbar.

¿Quién era aquella niña, vestida con sedas de China, adornada con zafiros traídos de Sri Lanka y con juguetes de ámbar  del Báltico y que sin embargo, a pesar de su alta posición social, tenía una evidente desnutrición?

Tampoco esta vez se ha podido saber su nombre, pero sí que sufría  una enfermedad pulmonar , posiblemente una tuberculosis agravada por  una antracosis, que le produjo la muerte por un derrame pulmonar bilateral. Es probable que el lento curso de su enfermedad que podía haber durado años le produjera una anorexia que sería la responsable de su desnutrición.

Su cuerpo y su ajuar están depositados en el palacio Massimo de Roma, muy cerca de las antiguas Termas de Diocleciano.

Allí podréis verla, en una sala  subterránea sólo para ella, descansando para toda la eternidad en su caja de cristal y acompañada de su muñeca y sus juguetes.

Tibi terra levis

(que la tierra te sea leve)

Autor: Níssim de Alonso para revistadehistoria.es

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GRDP

Bibliografía:

  1. ISABEL BOFILL. RITUAL FUNERARIO EN LA SOCIEDAD ROMANA.
  2. Artículo en revista Clio “LA EXTRAÑA MOMIA DE GROTTAROSSA” de Esther Núñez Pariente de León.
  3. LEGION NOVENA HISPANA. LA MOMIA DE GROTTAROSSA.