Haile Selassie I, el último emperador de Etiopía
A lo largo del siglo XX surgieron en África unos cuantos jefes de estado que por una u otra razón fueron noticia durante un tiempo en los medios de comunicación mundiales. En general, su popularidad se debió a su crueldad, su extravagancia, su megalomanía o su extrema corrupción.
Recordemos, entre otros, a Idi Amín Dada (Uganda), Bokassa I (República Centroafricana) y al coronel Gadafi (Líbia). Pero el que más interés centró a nivel mundial y durante más tiempo fue el último emperador de Etiopía, Haile Selassie I.
Haile Selassie I, el último emperador de Etiopía
En 1930, al morir la emperatriz Zaudita, el príncipe fue proclamado emperador de Etiopía con el nombre de Haile Selassie I. Al año siguiente el flamante emperador promulgó una “constitución” para su país. En aquella Carta Magna -puesto que de esto se trataba- uno de los capítulos calificaba de sagrada a su persona; otro, decía que su poder era indiscutible. Los diputados de la cámara baja del parlamento etíope eran elegidos a dedo por el soberano. Haile Selassie I fue, pues, un autócrata. Y además, corrupto. Con todo, en Occidente gozaba de una buena imagen y algunos le veían como un monarca “liberal”, o, por lo menos, como un déspota ilustrado.
Puesto que Etiopía era miembro de la Sociedad de Naciones, Haile Selassie I pidió ayuda. A nivel práctico, ni Francia ni Inglaterra movieron un dedo por él. Los etíopes, que durante siglos no habían sido sometidos a ningún poder extranjero, lucharon heroicamente. Pero nada pudieron hacer ante un enemigo mucho mejor armado. Las tropas del Duce contaban con el apoyo de bombarderos y tanques, y llegaron a usar armas químicas prohibidas por la Sociedad de Naciones.
A pesar de la derrota, Haile Selassie I -el Negus, como también se le conocía en Europa- se convirtió en un héroe para su pueblo. Entre 1935 y 1941 estuvo exiliado en Bath, Inglaterra. En aquellos años viajó por Europa y la prensa hablaba a menudo de él. Haile Selassie I se presentaba como un luchador contra el colonialismo y el fascismo, era el soberano africano más conocido en el ámbito mundial. En 1941, cuando los británicos echaron a los italianos de Etiopía, regresó a su país, donde fue recibido en olor a multitudes.
Al finalizar la II Guerra Mundial, temiendo que Gran Bretaña se anexionara Etiopía, Haile Selassie I se acercó a Estados Unidos. En la década de los cincuenta y sesenta hizo amistad con jefes de estado de diversa índole. A partir de 1945, por otro lado, tuvo que moderar su absolutismo. Eran tiempos de cambios y ya no podía reinar como un monarca feudal. Tras la Conferencia de Bandung (1955) Etiopía participó en el movimiento de los países no alineados y Haile Selassie I fue una de sus cabezas visibles.
El último emperador de Etiopía modernizó a este país: hizo construir escuelas, hospitales, infraestructuras… La exportación de café, el principal producto nacional, se multiplicó por diez. Pero no acometió las profundas reformas sociales y económicas que el país necesitaba. En primer lugar, la reforma agraria; el emperador, la nobleza y la Iglesia copta concentraban en sus manos la mayor parte de la propiedad de la tierra, y los campesinos eran tratados como siervos, cuando no como esclavos. La reforma agraria solo se hizo tímidamente hacia el final de su reinado. Los intereses de la nobleza terrateniente eran intocables.
Mientras la mitad de su pueblo estaba desocupado y pasaba toda suerte de privaciones, Haile Selassie I vivía en su lujoso palacio de Addis Abeba y coleccionaba automóviles de lujo (le fascinaban los Rolls Royce). Estas y otras extravagancias de Haile Selassie las cuenta el gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski en su oba El emperador. Kapuscinski vivió la caída del último emperador, puesto que en 1975 se encontraba en Etiopía.
En 1955, al cumplirse veinticinco años de su coronación, Haile Selassie I reformó la Carta Magna. En adelante, los diputados de la cámara baja serían elegidos por sufragio universal; sin embargo, los partidos políticos continuaban prohibidos. El poder absoluto de Haile Selassie I permanecía, pues, intacto.
El último emperador de Etiopía reinó hasta 1974. En aquellos momentos Etiopía padecía una hambruna. A causa de una larga sequía moría el ganado, se perdían las cosechas, se secaban los pozos. Se calcula que más de trescientas mil personas murieron de hambre. El descontento pronto se extendió por el país. Había frecuentes manifestaciones de estudiantes en las calles de la capital. En 1974, un golpe de estado dirigido por diversos oficiales tuvo éxito. Haile Selassie I pasó los últimos meses de su vida en su palacio, donde murió, supuestamente envenenado. Para entonces ya era muy anciano, tenía 83 años. El nuevo hombre fuerte del país fue un militar, el coronel Megistu.
Autor: Josep Torroella Prats para revistadehistoria.es
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Bibliografía:
Ryszard Kapuscinski: El Emperador. Anagrama
Angelo del Boca: The Negus: The Life and Death of the last King of King. Arada Books, 2012.
Oriana Fallaci: Entrevista con la Historia. Noguer, 1976.
Albert Sánchez Piñol: Pallassos i monstres. La Campana, 2000.