Haile Selassie I, el último emperador de Etiopía

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A lo largo del siglo XX surgieron en África unos cuantos jefes de estado que por una u otra razón fueron noticia durante un tiempo en los medios de comunicación mundiales. En general, su popularidad se debió a su crueldad, su extravagancia, su megalomanía o su extrema corrupción.

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Recordemos, entre otros, a Idi Amín Dada (Uganda),  Bokassa I (República Centroafricana)  y  al coronel Gadafi (Líbia). Pero el que más interés centró a nivel mundial y durante más tiempo fue el último emperador de Etiopía, Haile Selassie I.

Haile Selassie I, el último emperador de Etiopía

De nacimiento se llamaba Tafari Makonnen y  era sobrino segundo de Menelik II, el soberano  que unificó los territorios etíopes y  humilló a las tropas coloniales italianas en la batalla de Adua (1896), cuando Italia intentó por primera vez ocupar Etiopía. El ras (príncipe) Tafari se consideraba un descendiente del rey israelí Salomón y de la reina de Saba. Que su familia tenía orígenes bíblicos era una fantasía, pero sus súbditos se lo creyeron a pies juntillas. Entre otros títulos, ostentaba el de Rey de Reyes (Negus Nagast) y León de Judá. Era un hombre egocéntrico, soberbio, y así aparece en muchas fotografías.

Nació el año 1892 en un poblado del este de Etiopía y recibió una buena educación. Su padre, perteneciente a la alta nobleza, primo de Menelik II, ocupó altos cargos en la administración del reino. En 1916, tres años después de morir Menelik II sin heredero al trono, Tafari Makonnen ya ejercía de regente. En 1923 pidió el ingreso de su país en la Sociedad de Naciones, el antecedente de la ONU, con sede en Ginebra. Etiopía fue admitida con la condición de que erradicara el tráfico de esclavos país.

En 1930, al morir la emperatriz Zaudita,  el príncipe fue proclamado emperador de Etiopía con el nombre de Haile Selassie I. Al año siguiente el flamante emperador promulgó  una “constitución” para su país. En aquella Carta Magna -puesto que de esto se trataba- uno de los capítulos  calificaba de sagrada a su persona;  otro,  decía que su poder era indiscutible.  Los diputados de la cámara baja del parlamento etíope eran elegidos a dedo por el soberano. Haile Selassie I fue, pues, un autócrata. Y además, corrupto. Con todo, en Occidente gozaba de una buena imagen y algunos le veían como un monarca “liberal”, o, por lo menos, como un déspota ilustrado.

Cuatro años después de ser coronado emperador tuvo que hacer frente al segundo intento de invasión italiana de su país.  Benito Mussolini se había hecho con el poder tras la Marcha sobre Roma (1923) y tenía sueños coloniales. No se conformaba con Eritrea y Somalia.  El Duce también quería la vecina Abisinia -así llamaban los italianos al país-,  mucho más grande y con más recursos naturales. En octubre de 1935, después de varios meses de escaramuzas fronterizas,  las tropas italianas invadieron Etiopía sin previa declaración de guerra. Que la mayoría de la población del país fuera cristiana no  salvó a éste del colonialismo.

Puesto que Etiopía era miembro de la Sociedad de Naciones, Haile Selassie I pidió ayuda.  A nivel práctico, ni Francia ni Inglaterra movieron un dedo por él. Los etíopes, que durante siglos no habían sido sometidos a ningún poder extranjero, lucharon heroicamente. Pero nada pudieron hacer ante un enemigo mucho mejor armado.  Las tropas del Duce contaban con el apoyo de bombarderos y tanques, y  llegaron a usar armas químicas prohibidas por la Sociedad de Naciones.

A pesar de la derrota, Haile Selassie I -el Negus, como también se le conocía en Europa- se convirtió en un héroe para su pueblo. Entre 1935 y 1941 estuvo exiliado en Bath, Inglaterra. En aquellos años viajó por Europa y la prensa hablaba a menudo de él.  Haile Selassie I se presentaba como un luchador contra el colonialismo y el fascismo, era el soberano africano más conocido en el ámbito mundial. En 1941, cuando los británicos echaron a los italianos de Etiopía, regresó a su país, donde fue recibido en olor a multitudes.

Al finalizar la II Guerra Mundial, temiendo que Gran Bretaña se anexionara Etiopía, Haile Selassie I se acercó a Estados Unidos. En la década de los cincuenta y sesenta hizo amistad con jefes de estado de diversa índole. A partir de 1945, por otro lado, tuvo que moderar su absolutismo. Eran tiempos de cambios y ya no podía reinar como un monarca feudal.  Tras la Conferencia de Bandung (1955) Etiopía participó en el movimiento de los países no alineados y Haile Selassie I fue una de sus cabezas visibles.

El último emperador de Etiopía modernizó a este país: hizo construir escuelas, hospitales, infraestructuras… La exportación de café, el principal producto nacional, se multiplicó por diez. Pero no acometió las profundas reformas sociales y económicas que el país necesitaba. En primer lugar, la reforma agraria; el emperador, la nobleza y la Iglesia copta concentraban en sus manos la mayor parte de la propiedad de la tierra, y los campesinos eran tratados como siervos, cuando no como esclavos. La reforma agraria solo se hizo tímidamente hacia el final de su reinado. Los intereses de la nobleza terrateniente eran intocables.

Mientras la mitad de  su pueblo estaba desocupado y pasaba toda suerte de privaciones, Haile Selassie I vivía en su lujoso palacio de Addis Abeba y  coleccionaba automóviles de lujo (le fascinaban los Rolls Royce). Estas y otras extravagancias de Haile Selassie las cuenta el gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski en su oba El emperador. Kapuscinski vivió la caída del último emperador, puesto que en 1975 se encontraba en Etiopía.

En 1955, al cumplirse veinticinco años de su coronación, Haile Selassie I reformó la Carta Magna. En adelante, los diputados de la cámara baja serían elegidos por sufragio universal; sin embargo, los partidos políticos continuaban prohibidos. El poder absoluto de Haile Selassie I permanecía, pues, intacto.

El último emperador de Etiopía reinó hasta 1974. En aquellos momentos Etiopía padecía una hambruna. A causa de una larga sequía moría el ganado, se perdían las cosechas, se secaban los pozos. Se calcula que más de trescientas mil personas murieron de hambre. El descontento pronto se extendió por el país. Había frecuentes manifestaciones de estudiantes en las calles de la capital.  En 1974, un  golpe de  estado dirigido por diversos oficiales  tuvo éxito. Haile Selassie I  pasó los últimos meses de su vida en su palacio, donde murió, supuestamente envenenado. Para entonces ya era muy anciano, tenía 83 años. El nuevo hombre fuerte del país fue un militar, el coronel  Megistu.

Según sus partidarios, el último emperador de Etiopía sacó a su país de la Edad Media. Según sus detractores, además de ser un déspota, fue  un corrupto e  incluso un hombre cruel.

Autor: Josep Torroella Prats para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Ryszard Kapuscinski: El Emperador. Anagrama

Angelo del Boca: The Negus: The Life and Death of the last King of King. Arada Books, 2012.

Oriana Fallaci: Entrevista con la Historia. Noguer, 1976.

Albert Sánchez Piñol: Pallassos i monstres. La Campana, 2000.