Bartolomé de las Casas

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Para unos, Bartolomé de las Casas (1484-1566) fue el gran defensor de los nativos americanos frente a la barbarie de los conquistadores españoles. Otros, en cambio, le consideran un desequilibrado que calumnió a los colonizadores con sus panfletos. Desde su muerte, la polémica en torno a su figura no ha cesado.
¿Se puede añadir algo más? Bernat Hernández, profesor  de Historia Moderna en la Universidad de Barcelona, ha conseguido lo que parecía imposible. Su biografía, dentro de la colección Españoles Eminentes de editorial Taurus (2015), posee el sabor de lo nuevo. No porque descubra documentación inédita, sino porque repasa la exhaustivamente la disponible con criterios metodológicos innovadores.

Bartolomé de las Casas

Bartolomé de las Casas acostumbra a ser visto como un héroe solitario frente al poder. Hernández, por el contrario, lo sitúa en el contexto de la Iglesia de la época, “dentro de un nutrido grupo de frailes, juristas y teólogos del siglo XVI que, en muchas ocasiones de manera más lograda y sistemática que nuestro dominico, llevaron a cabo un plan sobre las nuevas condiciones sociales y legales del Nuevo Mundo”. Dicho de otra manera: para comprender al individuo, primero hay que desentrañar su entorno. Comprobamos así que nuestro protagonista no estuvo aislado. Contó, por el contrario, con apoyos importantes en la Corte. Aunque, en una vida tan larga y compleja, conoció la amargura del ostracismo, también pudo influir sobre la política americana.

Su conciencia exigente ayudó al desarrollo de una legislación a favor de los indios, aunque su aplicación práctica contó con la acérrima oposición de los encomenderos.  Asistimos así a un espectáculo inusual en la Historia: el de un imperio en expansión, el español, capaz de plantearse cuestiones morales y reflexionar sobre su propia legitimidad. Ello condujo, en tiempos de Felipe II, a que la monarquía prohibiera el uso de la palabra “conquista”. ¿Una prefiguración, tal vez, de la corrección política de siglos venideros?

Bartolomé de las Casas

Bartolomé de las Casas

Por otra parte, Bartolomé de las Casas ha tendido a ser interpretado en clave “izquierdista”. Surgió así el mito del apóstol de la libertad, reivindicado en el siglo XX por los teólogos de la liberación. No faltan razones para ello porque hablamos de un hombre que denunció la conquista como una inmensa oleada de asesinatos y robos, una colección de monstruosidades perpetradas por unos guerreros crueles a los que había que negar los sacramentos. Por tantos y tan graves pecados, Dios iba a castigar a España sin duda.

Esta idea, la del castigo divino, nos alerta de que nos encontramos ante una mentalidad aún premoderna. El profesor Hernández lo capta perfectamente al mostrarnos a un religioso perfectamente anclado en su tiempo, en el que los elementos de cambio se mezclaban con supervivencias medievales. Todo esto significaba, entre otras cosas, que Bartolomé de las Casas creía en una sociedad basada en los privilegios y que defendía a la Inquisición, convencido de la mucha necesidad que había de implantarla en las Indias. Por otra parte, como católico ferviente y evangelizador, no podía dejar de ver a los musulmanes desde el paradigma de la intolerancia hacia los infieles. Lo mismo le sucedía con los judíos, por lo que en más de una ocasión alentó rumores sobre el origen converso de algunos de sus enemigos.

No está nada claro, pues, que debamos identificar a Bartolomé de las Casas sin más con valores progresistas. La izquierda le ha tratado muchas veces sin sentido crítico, descontextualizando su acción y su pensamiento. No obstante, también desde este campo le han llovido al dominico críticas fuertes. Se ha dicho, por ejemplo, que usurpó la voz de los indígenas. En realidad, este reproche, como bien indica Hernández, no está bien fundamentado. Porque el religioso dominico tenía muy claro que la mejor forma de ayudar a los indígenas no era estar con ellos, sino hallarse presente en los centros de poder donde se decidiera su suerte.

Se ha planteado también que lo suyo fue una suerte de imperialismo eclesiástico. La idea suena inverosímil tratándose del hombre que propuso que España renunciara a su dominio sobre las Indias.  No veía otro modo para compensar a las víctimas de la conquista por los daños sufridos.

Bartolomé de las Casas fue un hombre de acción, pero también un hombre de pensamiento. Por desgracia, demasiado a menudo, su obra más famosa, la Brevisíma relación de la destruición de las Indias, ha oscurecido el resto de su producción intelectual. Sobre todo porque buena parte de sus abundantísimos escritos permanecieron inéditos hasta el siglo XIX. A menudo, estos textos aportan una visión insustituible de la conquista. Sin embargo, hay que utilizarlos con precaución. Sobre todo porque no son un diario elaborado al calor de los acontecimientos sino una elaboración tardía, en la que a menudo se mezclan inexactitudes y exageraciones.

Además de ofrecer un inmenso caudal de información sobre la historia americana, Bartolomé de las Casas trazó una autobiografía hablando de sí mismo en tercera persona con expresiones como “el clérigo”. Por lo general, su visión de sí mismo ha lastrado la investigación de sus biógrafos. Para Bernat Hernández, hay que realizar un esfuerzo por librarse de este peso. Él lo consigue con una modélica ecuanimidad. Sin caer en la hagiografía, presenta los aspectos positivos del personaje, tanto su tesón como luchador como su brillantez intelectual, reflejada en su infinidad de escritos. Pero, al mismo tiempo, el lector puede conocer aspectos discutibles de Bartolomé de las Casas, en especial un carácter autoritario y poco amante de los matices.

Su visión del mundo era siempre en blanco y negro. No obstante, sería injusto considerarlo un simple utópico ya que en el pragmatismo también se halla presente en su militancia indigenista. De lo que se trata es de captar la tensión entre su compromiso político y su obra escrita, fuente de contradicciones de las que no se librarán los intelectuales que le sucedan al verse en la necesidad de primar la acción sobre la reflexión.

Autor: Francisco Martínez Hoyos, doctor en Historia para revistadehistoria.es

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