El aparato militar carolingio

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En asuntos militares el Rey iba a la cabeza, solo él podía convocar el Lantweri y dirigirlo al campo de batalla. Como es evidente el Rey no podía estar presente en todas las batallas, sobre todo si tenemos en cuenta que los reyes carolingios solían tener varios frentes abiertos.

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El aparato militar carolingio

El ejército de Carlomagno era muy diferente de aquel primer grupo de francos con los que Clodoveo se instaló en la Galia. Estos primeros francos eran agricultores, mal armados y sin una preparación militar especial. Tecnológicamente, los francos eran muy atrasados para la época. Los guerreros debían costearse su propio equipo por lo que podemos hacernos una idea del tipo de ejército que formaba las filas francas.

Las armas más comunes eran la lanza, la francisca, el angón y para los más privilegiados un scramasax o espada corta de un solo filo. En lo que el armamento defensivo se refiere, estos iban ataviados con un escudo redondo reforzado con piel y con un pequeño umbo metálico. Solo los jefes o los más ricos podían permitirse llevar una cota de malla y grebas de cuero tachonado. En estos momentos, el grueso del ejército estaba formado por infantería y tan solo unos pocos podían permitirse los cuidados de un caballo. Sin embargo, durante el reinado de Carlomagno el protagonista de la guerra será el caballero.

En la guerra altomedieval los ejércitos formaban muros de escudos que se enfrentaban frente a frente. Una vez chocaban ambos muros, el combate a corta distancia era fundamental, por lo tanto, las lanzas empezaban a estorbar y entregaban todo el protagonismo a armas de corto alcance como los scramasax, diseñados para apuñalar más que para cortar. El objetivo de todo ejército era romper la formación, abrir una brecha en el enemigo y pasar al combate individual. Por último, la caballería podía flanquear o iniciar la persecución de los soldados que emprendían la huida. Para defenderse de los empujes de la caballería enemiga, los soldados francos llevaban consigo un poste que clavaban en la tierra para empalar a los caballos.

Aquellos soldados que no podían permitirse un caballo debían formar parte de la infantería, lo que les obligaba al menos a poseer una lanza, un escudo y un arco con carcaj y doce flechas. El armamento de la infantería se había simplificado bastante, evidenciando el auge de la caballería.

En la época de Carlomagno, la guerra había cambiado sustancialmente, no solo en el armamento de los soldados, sino también a nivel táctico. Ya en el siglo IX, la importancia de la caballería fue en aumento en detrimento de la infantería. Los caballarii iban armados con una lanza larga, un escudo redondo o de cometa, una espada larga y otra corta. A partir de la ocupación del ring de los ávaros, los jinetes también iban equipados con un arco y un carcaj de flechas.

Sin embargo, la pieza más importante del ejército en esta época era las bruniae. Carlomagno exigía a todo aquel que pudiera permitirse una la llevase consigo en el campo de batalla. El propio Estado franco e incluso algunos obispados y abadías suministraban a los hombres de más confianza alguna de estas protecciones. De esta forma Carlomagno diseñó su propio cuerpo de elite, una caballería acorazada que arrasó literalmente contra sus enemigos. La revolución militar carolingia no fue exclusivamente gracias a la innovación tecnológica, sino a la Lex Ribuaria. A través de esta se fomentaba la crianza de ganado.

Acudir a la guerra era un deber que debían cumplir todos los hombres libres. Sin embargo, esto no significaba que todos fueran convocados cada vez que se iniciase una campaña. Lo más frecuente era que fueran reclutados en lugares cercanos a las fronteras enemigas.

Al final de la vida de Carlomagno, la tendencia de reclutamiento fue diferente a la de sus inicios. A principios del siglo IX solo estaban obligados a acudir a la guerra aquellos hombres libres que contaran con medios suficientes para armarse. Sin embargo, aquellos que no eran partans (participantes) debían ayudar a armar a los que iban a la guerra, estos eran los aidants (colaboradores). Este sistema no era tan sencillo de llevar a cabo, pero, pese a su complejidad, siguió estando vigente hasta el reinado de Lotario I.

En cuanto al aparato logístico carolingio, este destacaba por la gran cantidad de tiempo y recursos que hacían falta para convocar al ejército. El objetivo de la campaña debía estar decidido en asamblea con mucha antelación, ya que podía llevar meses para reunir el ejército. Las cifras propuestas para el número de efectivos que podían participar en una campaña van desde los 5.000 a los 135.000. Hay que tener en cuenta los desplazamientos y la penetración en territorio enemigo, ya que en aquella época era muy frecuente el uso de la táctica de tierra quemada. Estos desplazamientos se realizaban a través de las calzadas romanas que continuaban siendo funcionales, aunque ya muy deterioradas. Mientras continuaban en territorio imperial usaban los recursos acumulados antes de partir. Sin embargo, una vez en territorio enemigo, cazaban en los bosques y saqueaban los campos y los pueblos.

En el caso de que el enemigo hubiese huido y haya quemado las tierras los soldados portaban consigo harina que mezclaban con agua y lo consumían como alimento principal. Cada carro tirado por dos bueyes podía llevar harina para alimentar a 500 soldados, por lo que en campaña podían acompañar hasta 6.000 carros al ejército para abastecerlo. Los desplazamientos debían ser muy lentos, ya que desplazar una columna militar de tales dimensiones suponía una buena organización.

Gracias a estas innovaciones y sobre todo a la aplicación de la Lex Ribuaria se darían los primeros pasos hacia el arquetipo de guerra medieval.

Autor: Fernando Manuel Torres Lara para revistadehistoria.es

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Bibliografía.

  • Barbero, A. – Carlomagno. Editorial Ariel Historia, 2001
  • Contamine, P. – La guerra en la Edad Media, Editorial Nueva Clío, 1984.
  • García Fitz, F. – La Edad Media, guerra e ideología, justificaciones religiosas y jurídicas. Editorial Sílex, 2003

 

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