Cómo ser un buen caballero medieval

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Una de las prácticas más emblemáticas de la contemporaneidad y que sin duda podemos asociar con la Edad Media, es la idea que tenemos respecto a “ser un buen caballero” y “ser una buena dama”. ¿Cuántos no hemos escuchado decir estas frases a nuestros padres, o ser repetidas constantemente por los medios de comunicación? Aunque ahora el contenido de estas frases significa poco para las nuevas generaciones, hubo un tiempo en que ser caballero era pertenecer a un estamento superior, sinónimo de orgullo, riqueza y honor, al que muy pocos tenían acceso.

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La evolución del caballero

Más allá de “los buenos modales”, ser caballero era una forma de vida que se demostraba a través de las riquezas, la fama y las buenas costumbres. Por lo tanto, no cualquiera podía ser caballero, pues no era fácil que una persona ajena al estamento accediera a estos privilegios, especialmente en una sociedad tan rígida y cerrada como la que se vivió en el feudalismo europeo desde el siglo XI. Recordemos que, en el imaginario medieval, la sociedad se dividía en tres estamentos: los laboratores que se dedicaban a trabajar la tierra, los oratores que rezaban por la salvación de las almas y los bellatores que defendían a los otros dos estamentos. La caballería, entonces, comprendía enteramente a los bellatores

Desde el siglo XI, observamos una nueva forma de organización política, en la que los reyes y emperadores comenzaron a perder poder ante los señores feudales, quienes dominan el paisaje europeo desde sus castillos y fortalezas. Esta nueva aristocracia se enriqueció gracias a una mayor producción agrícola y nuevos contratos de vasallaje, con los cuales recibieron más tierras y más recursos a cambio de un servicio militar que cada vez es más demandante. Por lo tanto, la nobleza pudo dedicarse exclusivamente a la guerra de tiempo completo: compraron más caballos, armaduras (cotas de malla y yelmos en un primer momento) y armas (espadas y lanzas); también invirtieron en entrenamiento tanto individual como colectivo y, de esta forma, lograron monopolizar la violencia organizada. Es en estos momentos cuando nobleza y caballería comenzó a fusionarse para definir al personaje más famoso de la Edad Media: el Caballero como sinónimo de noble.

El código de caballería

El libro de la orden de caballería (Ramon Llull) y La orden de caballería (siglo XIII) son dos de las obras más conocidas que muestran el ideal del ser caballero. En este sentido, no existe un “código de caballería” único y que perdurara siempre sobre las funciones y características de los integrantes de la orden. Aun así, ninguno dudaba de la función de la caballería como reguladores del orden social establecido, por lo que el caballero debía defender a su señor en todo momento, así como a todos aquellos que trabajan la tierra. Al mismo tiempo, el caballero tenía que llevar la justicia en todo lugar a donde hiciera falta, especialmente para proteger a las viudas, huérfanos, desvalidos y a los pobres.

En ocasiones se cree que la Edad Media era un tiempo violento, lleno de luchas constantes entre los distintos reinos europeos. Si bien la guerra era la principal función de la caballería, ello no implicaba que los integrantes de este orden pudieran disponer de la violencia en todo momento. Ya hemos tenido oportunidad de observar en la entrega anterior, cómo la Iglesia influyó mucho en el deber ser del caballero, pues veía a estos hombres como los defensores de la Europa cristiana en contra de los paganos y el islam. Así pues, la Iglesia intentó crear la imagen del caballero piadoso, que nunca debería luchar sin razón ni derramaría sangre en vano (especialmente de sus semejantes cristianos); además, siempre defendería a los clérigos y a los bienes de la Iglesia; combatiría en favor del cristianismo y llevaría la religión a quienes no la conocieran. Los clérigos combatirían contra el mal a través de la palabra de Dios, los caballeros, por otro lado, lo harían con la espada y la lanza.

¿Cómo ser un caballero?

No cualquiera tiene acceso al orden de caballería, sólo los hijos de la nobleza guerrera. Entre los 10 y 12 años, los aspirantes son puestos al servicio de un caballero (generalmente es el tío o un señor feudal) quien se encargará de enseñarles a montar a caballo, a alimentar las bestias, limpiar las armas y armaduras; el escudero debe primero conocer, sufrir y entender la vida del mozo antes de tener acceso a la noble orden de caballería. Ellos también acompañan a su señor en sus aventuras por tierras lejanas, le asisten en los combates, torneos y justas, con lo cual el aprendiz aprende cuál es el oficio de las armas.

En cuanto el caballero al que presta el servicio considera que el joven escudero ha adquirido los conocimientos suficientes sobre la noble orden de caballería, es devuelto a su hogar, donde es recibido con gran júbilo y preparado para la ceremonia de iniciación. De nuevo, no existe un ritual único que se haya generalizado en toda Europa y durante toda la Edad Media, por lo que los pasos a seguir para armarse caballero pueden variar. Ramon de Llull sugiere que el escudero debe esperar a que acontezca alguna fiesta importante, en la cual se reúna la mayor cantidad de nobles caballeros para que presencien su iniciación. Por supuesto, el futuro caballero debe confesar sus pecados y hacer penitencia, así como pasar toda la noche velando sus armas y encomendándose a Dios. Al día siguiente, el aún escudero debe oír misa y jurar cumplir los mandamientos cristianos y todos los sermones que le procure el padre.

A continuación, se presentará el caballero que haya decidido armarlo como caballero y desenvainará su espada, con la cual golpeará los hombros del joven (depende del rito, el “espaldarazo” puede variar en la fuerza con que se propina al iniciado) para que recuerde sus juramentos. Al final, se le ordena al otrora escudero que se levante, pues un nuevo caballero ha nacido.

Autor: José Francisco Vera Pizaña para revistadehistoria.es

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