Palmira contra Roma
Palmira era una provincia romana desde el siglo I d.C. aunque sus orígenes nabateos se remontan hasta el siglo IV a.C. Durante unos dos siglos aproximadamente, el reino de Palmira permaneció fiel al Imperio romano, que se benefició de su situación estratégica como paso de las principales rutas comerciales entre oriente y occidente y como punto fronterizo entre los dos grandes imperios en aquel momento, Roma y Persia.
Su posición intermedia entre el Éufrates y el Mediterráneo y la existencia de un oasis protegido por una cordillera de los vientos del noroeste hacían de este lugar la posición ideal como centro de intercambio y refugio de las caravanas de la Ruta de la Seda.
Esta ciudad tenía estatus de peregrina dentro de la provincia de Siria, representando una auténtica polis prácticamente independiente dentro del imperio romano. La ciudad experimentó un notable desarrollo fruto del comercio, notablemente favorecido por la paz y estabilidad experimentada por la región durante la mayor parte del s. II d.C.
Palmira contra Roma
La «perla del desierto», como se la conocía, era punto neurálgico y parada obligada en la ruta de las caravanas que atravesaba los yermos de aquellos parajes. Surgida en torno a un oasis, la ciudad disponía de magníficas construcciones como correspondía a una importante ciudad del Imperio romano, como el templo de Bel o el teatro, muchas de las cuales han sobrevivido al naufragio de los siglos. La reina Zenobia era un producto de la mezcla cultural que caracterizaba la región, fusión de los múltiples pueblos que en ella moraron. Su padre fue un gobernador romano de la ciudad, Julio Aurelio Zenobio, y ella misma se casó con Odenato, un árabe romanizado que también llegó a ser gobernador del lugar, rico mercader y bien posicionado en la nobleza local.
El comercio y las grandes rutas caravaneras acabarían gestando, en el Reino de los nabateos, en la zona de Siria y en otros estados, una pujante clase económica conformaba por grandes mercaderes y tratantes, los cuales conformarían la élite dominante a cargo de la gestión y la administración de dichos estados por debajo de las familias nobles (las cuales, además, también se sustentaron esencialmente en el comercio). Esta clase comerciante aceleró el dinamismo de estas sociedades gracias al intercambio de mercaderías e ideas , a la vez que acelerando su desarrollo económico, y por lo tanto sus posibilidades para desarrollar su poder.Hay varias inscripciones que se refieren a la vuelta de exitosas expediciones comerciales , eso si, no conocemos la naturaleza de las mercancías. Una inscripción semítica ( CIS II,3913 ) contiene una ley sobre impuestos municipales que grava el tráfico de mercaderías local. El comercio internacional era controlado por agentes imperiales. Seda de China y perlas del Golfo eran muy importantes en el comercio palmireño. Una compleja red de hospitalidad y parentesco originó una relación entre los jefes de las tribus del desierto y los notables de Palmira. Esto permitía el acceso a zonas hasta ahora peligrosas para el comercio.
Palmira utilizó durante muchos años el canal del Éufrates como ruta ya que era una enorme ventaja en costes y tiempo respecto a las tradicionales, aunque estudios como el de Gawlikowski indican que esta ventaja respecto a la ruta por el norte de Siria hasta Ctesifonte debido al uso de elementos de coste superior en el transporte como camellos por ejemplo en el caso de Palmira respecto a las rutas menos desérticas del norte. Sólo en las condiciones de urbanización repentina de los nómadas inducida por la posibilidad del enriquecimiento gracias al comercio internacional , caso que no se dio ni antes ni después en la historia palmireña,pudo lograr el milagro. Un milagro enriquecedor.
Este poder justifica su dilatada supervivencia frente a las grandes superpotencias que rodearon a estos estados: Roma y Ctesifonte prefirieron mantenerlas con vida o “resucitarlas” eventualmente antes que anexionarlas de forma definitiva, los «estados tapón» siempre gustaron a ambas potencias. Dejar en manos de los poderes locales el control y gestión de determinados territorios, así como la creación y mantenimiento de poderes políticos y militares resultaba mucho más rentable que tener que hacerlo con los mayores pero mucho más dispersos recursos del poder central.
Muy pronto, Odenato y su esposa Zenobia se vieron directamente implicados en la defensa del Imperio en la frontera oriental. La persistente amenaza de los bárbaros junto al Éufrates hizo que en el año 260 el emperador Valeriano marchara en persona a la cabeza de un ejército contra los persas de Sapor I. Fue una expedición catastrófica. Derrotado estrepitosamente, el mismo Valeriano fue capturado.
Durante muchos años los persas exhibieron como trofeo la piel del emperador ( esto no está demostrado ) –el primero en ser capturado por los bárbaros– y pudieron hacerse con el control de amplias zonas de Oriente y de ciudades estratégicas de la zona como Edesa.
Al principio Odenato afirmó que actuaba en nombre de Roma para la defensa del territorio, pero muy pronto quedó claro que tenía una ambición personal: establecerse como «monarca de todo el Oriente». El momento era propicio debido a su poderío económico , su buen aunque pequeño ejército y a la falta de control de Roma sobre esa amplia zona.
En el año 267,al regreso de una campaña contra los godos en Capadocia, su orgulloso sobrino Meonio, para vengarse de un anterior castigo, lo asesinó en su palacio junto a su hijo ( el primogénito ), fruto de un matrimonio anterior a Zenobia. Ella había tenido otro niño de Odenato, de nombre Vabalato, pero solo contaba con un año de edad, por lo que se declaró regente. A su mando quedaban Palmira y los territorios recién conquistados en Oriente, desde el Éufrates hasta Bitinia.
De este modo, a la vez que seguía manteniendo a raya a los persas, agregó a varios Estados vecinos, entre ellos a los árabes.
Zenobia supo aprovechar el momento de debilidad que atravesaba el Imperio romano, sometido a fuertes tensiones territoriales, desde la lejana Hispania hasta el Éufrates. La orgullosa reina se permitió despreciar a Galieno y a sus generales, cuyos ejércitos rechazó con contundencia. Y el siguiente emperador romano, Claudio II Gótico, empeñado en una guerra sin cuartel contra los godos y los alamanes que presionaban las fronteras septentrionales del Imperio, no tuvo más remedio que reconocer la soberanía de Zenobia de Palmira. Pero apareció la horma de su zapato imperial: Aureliano.
Lucio Domicio Aureliano era un personaje totalmente opuesto a la reina de Palmira por origen, formación y aspiraciones. A la inteligencia cultivada de la oriental Zenobia contraponía Aureliano una astucia innata y una rígida disciplina militar, forjada en las frías fronteras del Danubio y del Ilírico. Su fiereza en primera línea de combate era proverbial: se dice que en una sola jornada mató a cuarenta bárbaros y que en una campaña se cobró personalmente la vida de mil, hazaña que dio lugar a una canción entre sus legiones:
«A mil, a mil, a mil ha matado» (mille, mille, mille occidit!).
Por supuesto estos datos propios de la propaganda imperial no deben ser tomados con excesivo rigor.
No fue una campaña fácil para Aureliano, que tuvo que atravesar el desierto sirio hostigado por la táctica de guerrilla de los árabes de Zenobia, su famosa caballería ligera armada con arcos que tanto hizo sufrir a los persas sasánidas.. El romano no subestimaba a su enemigo, pese al desprecio de sus compatriotas por un ejército mandado por una mujer. Cuando al fin llegó ante los muros de Palmira, y tras ver rechazados sus ofrecimientos de una salida negociada, montó las máquinas de asediar y se dispuso para el largo sitio.
Autor: Vicente López Pena para revistadehistoria.es
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Bibliografía:
Edward Gibbon. Decadencia y caída del Imperio romano. Atalanta, Gerona, 2011.
José Luis Corral. La prisionera de Roma. Planeta, Barcelona, 2011.
David Fernández de la Fuente. Historia NG nº 111.
Gawlikowski M. Palmyra as a trading centre .
David Soria Molina. Los amos del desierto. CEPOAT,2014.