La caída de Roma, ¿y el comienzo de una edad feliz?

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En el 476 Odoacro dio el golpe definitivo a un Imperio de Occidente que venía tambaleándose desde hacía siglos. La deposición de Rómulo Augústulo ha sido vista desde la historiografía tradicional como el símbolo que pone fin a una etapa de esplendor cultural, siendo también este hito el punto que de partida de una nueva fase de la historia humana, la Edad Media, etapa histórica a la cual tradicionalmente se la ha colgado el sambenito de oscuridad y decadencia ¿pero hasta qué punto este superficial punto de vista se adecua a la realidad?

476 es simplemente la fecha que pone fin a un Imperio de Occidente que se arrastraba desde al menos el siglo III d.C., aunque es en los siglos IV-V cuando podemos vislumbrar de manera más evidente los procesos de desestructuración. No es mi intención realizar un ensayo sobre el por qué de la caída de Roma, simplemente partiré de la premisa de que dicha caída no fue ni precipitada ni inesperada.

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La caída de Roma, ¿y el comienzo de una edad feliz?

Si por algo destacó el Imperio Romano fue por su compleja administración estatal, la cual le permitía imponer un sistema fiscal eficaz mediante el cual el Estado ataba a todos los ciudadanos del Imperio. Este sistema fiscal permitía realizar un gasto público esencial: manutención de un ejército profesional, programas de obras públicas, etc. A su vez, el Estado garantizaba un circuito de redes comerciales complejas y de largo alcance. Todo esto venía aderezado con un sistema monetario versátil y estandarizado que permitía fácilmente integrarse en el mismo.

La caída de Roma supuso que otras estructuras políticas se presentasen como las herederas del antiguo Imperio. Pero es ahora, cuando la autoridad central ha caído, cuando verdaderamente se constituirán como independientes: Odoacro como rex de Italia, el reino de Tolosa visigodo, las últimas reminiscencias romano-estatales con Siagrio, etc.

¿Hasta qué punto pudieron éstas suplantar el complejo papel de la antigua maquinaria estatal? Lo cierto es que no lograron mantener el antiguo orden administrativo y económico. No fue un mal endémico per se de los nuevos gobernantes, sino que el propio Imperio en sus última décadas se vio sumido en los mismos problemas. Pongamos un ejemplo ilustrativo, el sistema fiscal: ¿que sentido tenía realizar el cobro impositivo si no había una respuesta por parte de la autoridad? ¿De qué le servía al campesino libre entregar una parte de su cosecha si el Estado no podía garantizar el control de sus fronteras?

El resultado fue que desde el siglo IV vamos a presenciar un movimiento sociológico novedoso en la historia romana, el patrocinium (Wickham, 1989): una gran parte de la población rehusaba del pago impositivo porque lo veía injusto e innecesario, es entonces cuando estas gentes buscaron protección en las aristocracias. Estos patronus les permitían guarnecerse ya no solo del enemigo invasor sino también del enemigo interno, los cobradores de impuestos. Una vez adscritos a las propiedades debían de ceder parte de su producción al potentes, además de realizar ciertas prestaciones (corveas) en la hacienda.

Las nuevas estructuras políticas intentaron mantener el antiguo sistema, pero realmente la situación había cambiado demasiado y la herencia romana no se adecuaba a los tiempos que corrían. Por consiguiente vamos a ver como los sistemas fiscales tuvieron un menor recorrido e implantación . El Estado dejó de lado muchas de las antiguas prestaciones, por consiguiente los ejércitos comenzaron a privatizarse (Sanz, 1986) o las antiguas infraestructuras estatales comenzaron a deteriorarse.

Por tanto, el poder de estos nuevos organismos políticos iba a ser menor que el de su predecesor. Como ya se ha dicho, mucha de la población iba a quedar ligada a las explotaciones señoriales (las villae), pero es más que probable que una buena parte de la población no buscase el refugio en estos potentes, sino que simplemente al caer el sistema central romano y al no edificarse un nuevo Estado  fuerte quedaran al margen del poder. Esta tesis ha sido planteado por Wickham (2009), quien en su obra ha buscado estas reproducciones a lo largo de varios escenarios post romanos. De hecho, es este autor el que ha acuñado el término ‘Modo de producción campesino’ (2009: 377-386), el cual describiría a un campesinado con la capacidad de conservar su excedente productivo sin tener que dar así una parte del mismo a un tercero (aristócrata, Iglesia, Estado, etc). El campesino tendría pleno control sobre sus medios de producción: él sería quien decidiría que cosechar y cómo hacerlo,  pues es el campesino quien mantiene el control sobre su tierra, y no el patronus quien impone las directrices productivas.

El campesino autónomo sería quien llevase todo el peso productivo. En este periodo post romano vamos a asistir a una paulatina pérdida de la especialización laboral, las unidades de producción  iban a asumir casi todo el proceso de creación artesanal. Si bien durante el Imperio la especialización laboral iba a ser una característica esencial para el funcionamiento del mercado ahora cada unidad productiva iba a crear ella misma sus propias herramientas. Aunque fuesen  más rudimentarias servirían para su propósito. Un ejemplo lo supone el hierro como material de utillaje, pues éste va a experimentar una paulatina suplantación por otro tipo de materiales blandos (Duby, 1973: 16).

¿Es ésta la Edad de oro del campesinado? Se sigue discutiendo ampliamente acerca de tan polémica cuestión. Personalmente soy de los que se posiciona favorable a esta tesis, aunque no sin cierto escepticismo. Es muy difícil calibrar la cantidad del sector agrícola que podría encontrarse dentro de los parámetros anteriormente descritos. Las fuentes escritas para los periodos post romanos experimentan una evidente decadencia, por lo que es necesario cambiar este enfoque y poner el objetivo científico en la arqueología y otras disciplinas, solo así podremos comprender los espacios en los que se desarrollaron estas comunidades.

En la Hispania del siglo V y en la visigoda (ss.V-VIII) hubo sin lugar a dudas regiones de carácter periférico que se mantuvieron totalmente alejadas del poder, como lo fueron el sur de la península (Salvador, 1990; Castillo, 2006) o el norte de la misma, lugares donde los resortes del poder encontraron resistencias. Cabría preguntarse el grado de independencia de poblaciones del interior o de regiones de gran productividad económica (como el valle del Ebro). Es más que probable que el campesinado enmarcado en el modo de producción campesino no fuese una mayoría, pues como se ha visto anteriormente mucha población quedó ligada a las esferas aristocráticas. Y aunque queda mucho camino por recorrer personalmente me gusta pensar que existió una ventana de libertad en la Europa Alto Medieval. Para que luego digan que la Edad Media es oscura y decadente.

Autor: Agustín Sánchez García para revistadehistoria.es

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Bibliografía

Castillo Maldonado P. (2006): La época visigótica en Jaén. Siglos VI y VII. Universidad de Jaén, Jaén.

Duby G. (1973): Guerreros y campesinos. Desarrollo inicial de la economía Europea (500-1200). Siglo XXI Editores, Madrid.

Salvador Ventura F. (1990): Hispania Meridional entre Roma y el Islam. Economía y sociedad, Universidad de Granada, Granada.

Sanz Serrano R. (1986): ‘Aproximación al estudio de los ejércitos privados en Hispania durante la Antiguedad Tardia’, Gerión, IV, Madrid: 225-264.

Sanz Serrano R. (1999): Las migraciones bárbaras y la creación de los primeros reinos de Occidente. Síntesis, Madrid.

Ward-Perkins B. (2005): La caída de Roma y el fin de la civilización. Espasa, Madrid.

Wickham C. (1989): ‘La otra transición: del mundo antiguo al feudalismo’,

Wickham C. (2009): Una historia nueva de la Alta Edad Media. Europa y el mundo mediterráneo, 400-800. Crítica, Barcelona.

Wolf E. (1971): Los campesinos, Editorial Labor, Barcelona

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