Libertalia: De los padres fundadores

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A finales del S.XVII, mientras las tiranías imperiales de la Europa absoluta disputaban su poder universal sobre la tierra y los vastos mares que la circundan, mientras el misticismo de la fe recibía de la ciencia moderna los primeros reveses a su legitimidad y mientras el Barroco imprimía en las sociedades una perenne estética exaltada, el  hambre, la peste y la guerra, habían empujado a miles de desposeídos hacia las ponzoñosas garras de la necesidad, la miseria y la delincuencia. Atraídos por los legendarios cuentos taberneros creados a base de monstruosas criaturas brotadas de los mares más profundos, venturosas contiendas a hierro y fuego contra las opresivas talasocracias y lucrativas expediciones tropicales hacia los exóticos reinos perdidos esmaltados en oro, miles de éstos pobres diablos se lanzaron a las aguas en busca de fortuna.

Nutrida por esta ingente masa humana, la piratería alcanzó su edad de oro al infestar las aguas de los mares más ricos del orbe. En pocos años, bucaneros, filibusteros, corsarios y piratas de diversa índole tenían fuerte presencia en las concurridas rutas comerciales del Caribe y de Norteamérica, del Mediterráneo, del Índico y del mar de China. Para entonces, la Jolly Roger se había  convertido en el azote de todo aquel que albergara pretensión alguna en el imperio de los mares.

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Libertalia: De los padres fundadores

Fue entonces, cuando el destino parió en Providence al legendario hombre que habría de cambiarlo todo: James Misson. Misson, que había pasado su juventud en el seno de una familia notable francesa, acabó en los mares cautivado por la inquietud de su espíritu y la impetuosidad de la juventud. El desdeño por la previsible vida que le aguardaba, habían despertado en él los arrestos necesarios para emprender una vida de osadía que comenzó con su enrolamiento en Marsella en el navío Victorie, tan pronto como hubo cumplimentado sus estudios cívico-militares.

Embarcado en el Victoire, un buque de guerra de 40 cañones capitaneado por monsieur Fourbin, el cadete Misson maduró desarrollando todas las cualidades de un hombre de mar, y la tripulación del navío no permaneció ciega a sus crecientes fortalezas.

Cierto día, mientras la patrulla mediterránea del Victoire la acercó al puerto de Nápoles, Misson recibió junto a algunos tripulantes la aquiescencia para visitar la milenaria Roma. Sería allí, en aquella ciudad santa levantada sobre la piedra ancestral y el agua vivificadora, donde a Misson le sería revelado su prometedor destino, pues en una taberna romana se le presentaría casualmente un fraile dominico que se hacía llamar signor Caraccioli, un hombre de fe hastiado de la farsa del sacerdocio y de las contradicciones del dogma perpetradas por los hipócritas herederos de San Pedro.

Imbuido por la revolucionaria ideología tomista y la libertad de saberse escuchado, el dominico cautivó a los tripulantes nombrando los preceptos visionarios de la libertad y la igualdad que acompañan a todo hombre. Embelesado, Misson propuso al fraile presentarse en la costa para embarcar en el Victoire, a lo que éste contestó abandonando los hábitos que tan onerosos le resultaban. Recomendado por Misson, Caraccioli sería aceptado en la tripulación, y juntos navegaron hasta hacerse inseparables amigos y, a base de batallas en el Mediterráneo y en el Canal de Mancha, curtidos y avezados marineros.

Cierto día, el capitán Fourbin recibió orden de partir hacia las Indias Occidentales para realizar labores de patrulla. Los inseparables Misson y Caraccioli aprovecharon la travesía oceánica, más larga y tranquila que las precedentes, para dar pie a infinitas charlas acerca de los desatinos de las religiones ancestrales, la lógica abusiva del Estado y la propiedad, y la naturaleza libre, pasional y racional con la que nace todo hombre. Progresivamente, el discurso de Caraccioli, fue calando entre una tripulación proclive a su proselitismo, derrotero que reforzaba su influencia en el navío y que le sería muy útil en las cálidas aguas del Caribe en las que, tras varias semanas de travesía, el Victoire se adentraba definitivamente.

La misión del Caribe pasaba por patrullar las ciudades portuarias de La Martinica y Guadalupe, pero muy pronto, una eventualidad vino a dinamitar todos los planes del capitán Fourbin. Mientras abandonaban las aguas de La Martinica, fueron interceptados por el Winchelsea, un escolta inglés de 40 cañones que no tardó en dirigir una andanada contra el buque francés. El Victoire, tan pronto oyó el crujido de su tablazón, dispuso su costado para batirse contra el enemigo con el mayor de los denuedos.

Desgraciadamente, con el primer intercambio de fuego, el Winchelsea segó la vida de la alta oficialidad del Victoire, lo que forzó a la restante a presentar una inmediata rendición. Sin embargo, Misson se arrogó el liderazgo coyuntural en el momento crítico, alentando y organizando al resto de la tripulación bajo su mando, lo que hizo que el buque francés siguiese cañoneándose contra su enemigo hasta la extenuación. Tras varias horas de fuego, humo y griterío, el navío inglés estalló inmisericordemente llevándose consigo la vida de todos sus tripulantes.

Conseguida la victoria, Caraccioli se presentó a Misson rindiéndole el saludo de capitán, y le exhortó a asumir la capitanía perpetua del Victoire. Desarmado ante la quimera de ser un gran soberano en los mares del sur, Misson aceptó el favor que le brindó la circunstancia y una tripulación favorable que se aprestó a jurarle fidelidad.

En un ejercicio lógico, las primeras acciones de Misson consistieron en solicitar una votación para nombrar a la oficialidad media, consultar con ésta la ruta a seguir y las nuevas enseñas que debía mostrar el barco. La oficialidad se nombró tras la votación, decidieron unánimemente navegar hacia las Indias Occidentales de la Monarquía Hispánica y finalmente, tras un escueto intercambio de pareceres, se impuso la tesis de Caraccioli para que el Victoire despreciase el negro de la infame piratería y enarbolase una pulcra bandera de seda blanca, salpicada por la letras bordadas de su sacra divisa: por Dios y por la Libertad.  La república marítima del Capitán Misson acababa de ver la luz.

Fin de la Parte I

Autor: Manuel Ruiz Isac para revistadehistoria.es

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Bibliografía

“Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas” Daniel Defoe, 2007

“Libertalia: Una utopía pirata en el Índico”, Teresa Sopeña Biarge, 2011

“La isla del tesoro”, R. L. Stevenson, 1970

“Life Under the Jolly Roger: Reflections on Golden Age Piracy” Gabriel Kuhn, 2010

“Treasure Neverland: Real and Imaginary Pirates” Neil Rennie, 2013

Hemeroteca

“Los piratas de Libertalia”, Xavier Moret (El País), 2005

Filmografía:

Poscast de Histocast nº 131 “Piratas del Caribe” Ivoox

Serie “Blacksails”, Starz, 2014

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