Las Masacres de Napalpí y El Agüará

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La región del Chaco estuvo habitada desde tiempos prehispánicos por diferentes pueblos originarios: qom, wichi, mocovíes, abipones, chané, lule-vilelas. En 1885 el gobierno del general genocida Julio Argentino Roca lanzó la “Campaña del Chaco”, en donde más de mil originarios fueron asesinados por el ejército, y el territorio se incorporó al Estado nacional y al modo de producción capitalista. Las tierras ocupadas fueron vendidas a colonos europeos.

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Pero los enfrentamientos entre el Ejército y la resistencia de los pueblos originarios se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX. Aunque en 1917 se dio por concluida la “Guerra contra los Tobas (Qom)”, se registraron nuevos enfrentamientos en 1918, 1919 y 1923.

Las Masacres de Napalpí y El Agüará

Para “contener” a los indígenas dispersos y prisioneros tras las campañas militares, el Estado creó las “Reducciones Indígenas”, cuya función era mantenerlos reunidos en los momentos del año en que su trabajo en distintas explotaciones (tanino, madera, algodón, azúcar) no era necesario. La Reducción de Indios de “Napalpí –“Lugar de los Muertos” en lengua qom, hoy Colonia Aborigen Chaco “Omaixac da Carviraxaqui”- fue fundada en 1911 y sus ocupantes solo tenían títulos precarios. Hasta 1915 a la explotación de madera, pero a partir de entonces se incorporó la agricultura del algodón.

En 1924 el Gobierno del Territorio Nacional del Chaco aprobó una serie de medidas que generaron descontento en las comunidades: a) prohibición de que los originarios salieran a trabajar fuera del territorio, impidiendo mejores condiciones salariales; b) prohibición de la caza para forzarlos a asalariarse; y c) obligación de entregar al Estado el 15% de la producción de algodón, cuyo precio se había desplomado.

A esto se suma el resurgimiento del chamanismo, bajo la forma del movimiento milenarista. Eric Hobsbawm define al milenarismo como la esperanza de que el mundo actual se derrumbe para resurgir cambiado. Martínez Sarasola destaca la función del líder como “mensajero divino”. Ambos autores señalan el carácter popular del movimiento, ya que la salvación no se dará individual sino colectivamente.

Entre los nuevos jefes chamanes que encabezaron el movimiento encontramos al mocoví Pedro Maidana y a los qom José Machado y Dionisio Gómez. Este último prometió que “iban a resucitar todos los que habían sido mal muertos por los cristianos”. Al año siguiente hubo robos a las haciendas y caza de animales para alimentarse, y el gobierno prohibió el chamanismo.

Los terratenientes comenzaron a azuzar el miedo a un alzamiento indígena para forzar al gobierno a actuar. El 19 de mayo el gobernador Fernando Centeno se reunió con los líderes rebeldes y logró su desmovilización tras prometerles mejoras. Un mes después, al no verse cumplidas las demandas y ante el asesinato del chamán Sorai por la Policía y la confusa muerte de un colono francés –acaso por venganza-, la situación se disparó.

Los criollos y los europeos abandonaron la zona. En El Agüará, indígenas desarmados ocuparon pacíficamente una chacra, levantando sus viviendas tradicionales. En Napalpí y otros lugares se declararon en huelga por tiempo indeterminado. Cuando anunciaron una movilización hacia las provincias de Salta y Jujuy, desafiando la prohibición de movilidad, el Estado desató la represión.

El 19 de julio unos 130 efectivos de la Gendarmería Nacional, la Policía del Chaco y matones privados, armados con Mauser y con apoyo de una avioneta, se movilizaron desde Quitilipi y cercaron El Agüará. El ataque comenzó cuando alrededor de mil qom, wichis y criollos refugiados realizaban un baile religioso. El tiroteo duró alrededor de 45 minutos y se dispararon más de 5000 balas.

Los atacantes no encontraron resistencia, ya que la concentración era pacífica y los chamanes habían advertido que el baile ritual los protegería de las balas. Martínez Sarasola nos dice que “el ataque de las fuerzas nacionales se convirtió lisa y llanamente en un fusilamiento”. Los heridos fueron degollados sin contemplación y los uniformados cortaron testículos, penes y orejas como trofeos de guerra que se expusieron en la Comisaría de Quitilipi. Al mismo tiempo, la avioneta arrojó sustancias inflamables para quemar las viviendas. Los cuerpos de los masacrados fueron arrojados a fosas comunes. El número total de asesinados se calcula en 200 personas, como denunció un informe de la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados, convocada por los legisladores del Partido Socialista (PS).

Por entonces gobernaba el hacendado Marcelo T. de Alvear de la Unión Cívica Radical (UCR), segundo presidente surgido del voto “universal” masculino. Su antecesor, Hipólito Yrigoyen, había tenido una política contradictoria: al mismo tiempo que llevaba adelante medidas de carácter popular y anti-imperialista, fue responsable de la masacre de obreros en la “Semana Trágica” de 1919 y el asesinato por parte de la Gendarmería de 1500 peones rurales en Santa Cruz en 1921.

El 29 de agosto el ex director de la Reducción de Napalpí, Enrique Lynch Arribálzaga, denunció que la policía estaba realizando matanzas para silenciar a los testigos que pudieran declarar ante la Comisión Investigadora.

Cuando fue citado a declarar, el gobernador Centeno justificó la masacre diciendo que se trató de un enfrentamiento, aunque no pudo explicar por qué no hubo muertos entre los uniformados ni entre los colonos criollos y europeos, y sí entre los indígenas concentrados.

Nuevos movimientos milenaristas pacíficos surgieron en la década de 1930 y tuvieron el mismo destino: fueron reprimidos por las fuerzas estatales y sus líderes arrestados o asesinados. Por ello algunas comunidades optaron por la resistencia armada para defenderse de los terratenientes y el Estado, pero fueron derrotadas y sometidas. En 1938 el Gobierno disolvió el Cuerpo de Gendarmería de Línea, declarando que las operaciones de “limpieza (étnica)” en el Chaco estaban concluidas y el territorio “pacificado” para los terratenientes y sus socios nacionales e internacionales.

Autor: Luciano Andrés Valencia para revistadehistoria.es

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GRDP
Bibliografía:

  • Asquini, Norberto; (2002) “La masacre de Napalpí en el Chaco”, Caldenia, suplemento cultural del diario La Arena, Santa Rosa, 15 de septiembre.
  • Hobsbawm, Eric J.; (1983) Rebeldes primitivos, Barcelona, Ariel.
  • Martínez Sarasola, Carlos; (2011) Nuestros paisanos los indios, Buenos Aires, Del Nuevo Extremo.
  • Salamanca, Carlos; (2008) “De las fosas al panteón: contrasentido en las honras de los indios revividos”, Revista Colombiana de Antropología, vol. 44 (I), enero-julio, 7-39.
  • Vicat, Mariana; (2008) Caciques indígenas argentinos, Buenos Aires, Ediciones Libertador.

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