La Rumanía de Ceausescu

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Nicolae Ceausescu (1918-1989) dirigió con mano de hierro Rumanía durante casi un cuarto de siglo. Era hijo de unos humildes campesinos y asistió poco tiempo a la escuela. Pronto dejó su pueblo natal en el norte del país para trasladarse a Bucarest, donde trabajó como obrero, entró en el mundo sindical y se afilió al entonces clandestino Partido Comunista. Por su adscripción política, durante la Segunda Guerra Mundial pasó una temporada en un campo de concentración. Fue allí donde conoció a su futura mujer, Elena, que no se conformó con ser la simple esposa del futuro dirigente comunista.

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A partir de 1947, cuando los comunistas rumanos se hicieron con el poder respaldados por Moscú, Ceausescu inició su carrera política hacia el poder. Secretario general del PCR en Bucarest, diputado en la Asamblea Nacional, miembro del Comité Central del PCR, viceministro de Agricultura y de las Fuerzas Armadas y, finalmente, el año 1965, máximo dirigente del país tras el fallecimiento del primer jefe de estado comunista de Rumanía.

La Rumanía de Ceausescu

Nicolae Ceausescu, el Conducator (“el que muestra el camino”) instauró en Rumanía un régimen comunista sui generis. Tres años después de ser nombrado máximo dirigente político de su país, condenó la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia, se distanció de la Unión Soviética, suavizó la represión iniciada por el gobierno anterior. Se acabaron los asesinatos, los campos de trabajos forzados y otras formas de violencia de estado. El Parlamento rumano incluso decretó una amnistía general para los presos políticos.

El líder rumano viajó a Londres, París, Washington… Se entrevistó con diversos presidentes norteamericanos. Era el dirigente comunista más respetado por las potencias occidentales.  ¿Sería Rumanía un caso aparte detrás del Telón de Acero? ¿Sería Ceausescu el De Gaulle del este, nacionalista e independiente?

En absoluto. El Conducator pronto mostró su rostro auténtico. Fue sobre todo a partir de principios de los setenta, cuando viajó a Corea del Norte y a la China de Mao Zedong. El culto a la personalidad debió de aprenderlo en aquellos países, donde se exhibían enormes retratos de Mao y Kim II Sung por doquier. Tras la visita a estos dos sátrapas orientales, la Securitate, la temida policía política rumana creada en 1948, se infiltró en todos los hogares del país. Sus miembros violaban la correspondencia, instalaban micrófonos en los teléfonos domésticos, dentro de ramos de flores, bajo las mesas de los restaurantes… La represión de las dos primeras décadas del régimen comunista rumano fue substituida por un estricto control de la sociedad.

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La Securitate era los ojos y los oídos del dictador. Medio millón de personas la mantenían informada. En términos relativos, Rumanía era el país con más espías del mundo; aproximadamente uno de cada cuarenta ciudadanos era un informador. Unos lo eran por propia voluntad, otros obligados. Había diversas formas de forzar la colaboración ciudadana con la policía política: amenazas, dinero, favores… La futura escritora Herta Müller fue instada a vigilar a sus compañeros y amigos de clase. Al negarse a ello, fue amenazada de muerte, después despedida de su lugar de trabajo como traductora. Incluso algunos obispos de la Iglesia ortodoxa fueron informadores de la Securitate. Ignoramos si lo fueron de grado o no.

La década más terrible del régimen de Ceausescu fue la de los ochenta. Entonces todos los rumanos pasaron a ser sospechosos. Incluso los que no tenían antecedentes. En el tramo final de la dictadura las prisiones de Rumanía se llenaron de presos políticos. Los detenidos sufrían torturas físicas y psicológicas. Muchos rumanos murieron entre rejas o en campos de trabajos forzados.

Rumanía siempre había sido un país pobre, pero a lo largo de los ochenta se precipitó hacia una pobreza extrema que rayaba en la miseria. Para enjugar el enorme déficit público que había contraído, el gobierno rumano sometió a un régimen de gran austeridad. Se exportaba casi todo lo que se podía exportar: carbón, petróleo, madera, alimentos… La escasez era manifestaba en los anaqueles de las tiendas y en los puestos de los mercados.  Mucha gente pasaba hambre y frío. Fue necesario racionar la harina, el azúcar, la carne, la gasolina. Incluso el agua, el gas y la electricidad, en un país rico en fuentes de energía. Llegó un momento en que en Rumanía no solo faltaba libertad; también faltaba pan.

Sin embargo, el dictador, su mujer y sus hijos no renunciaban a nada; vestían abrigos de piel, se desplazaban en una limosina negra, vivían en un lujoso palacio… El descontento popular crecía como la espuma.  Mientras las demás dictaduras comunistas se tambaleaban y caían una detrás de otra como fichas de dominó, Ceausescu se mantenía firme en el poder. Rumanía era una nave que se hundía y quien tenía ocasión de hacerlo la abandonaba. Entre muchos otros, lo hicieron Herta Müller y la gimnasta Nadia Comanesci, una heroína nacional tras su brillantísima actuación en los Juegos Olímpicos de Montreal.

Con la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 los hechos se precipitaron. Llegó un momento en que solo la Securitate y una parte de los oficiales del ejército eran fieles a Ceausescu. El 16 de diciembre de 1989 la Securitate disparó a discreción contra una multitud de manifestantes en la ciudad de Timisoara. Los días siguientes, el alzamiento popular se extendió por el país y llegó a la capital. En Bucarest, el dictador habló a una multitud congregada ante el palacio presidencial. Poco después de empezar a hablar se alzaron silbidos, voces, gritos.  “Abajo Ceausescu!”, gritaban muchos de los concentrados. Habían perdido el miedo al dictador, estaban hartos de resignarse. Detenidos cuando huían de la capital, Ceausescu y su mujer fueron ejecutados tras un rápido juicio. Quien había sido llamado Genio de los Cárpatos pasó a ser el Drácula de los Cárpatos.

Ceausescu dejó un país empobrecido, con miles de niños en la calle y en orfanatos fruto de su política natalista. Megalómano como muchos otros dictadores, dejó también un impresionante edificio – el segundo más grande del mundo después del Pentágono – en el centro de Bucarest. Es la Casa del Pueblo, actualmente sede del Parlamento. Para poder construirlo, Ceausescu ordenó la demolición de parte del casco antiguo de Bucarest, donde existían varias iglesias, monasterios y sinagogas de gran valor arquitectónico. Ceausescu no solo infligió muchos padecimientos a su pueblo. Desoyendo a la UNESCO, acabó también con una parte de la herencia cultural de Rumanía, y no solo en Bucarest. Era un déspota sumamente inculto.

En 1999, diez años después de la caída de Ceausescu, el gobierno rumano autorizó la abertura de los archivos de la Securitate. Entonces muchos rumanos descubrieron estupefactos que durante años habían sido espiados por sus amigos, vecinos, familiares incluso. En la Rumanía de Ceausescu no había lugar para la intimidad. Lo privado y lo público se confundían.

Autor: Josep Torroella para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Dan Stone. ¿Adiós a todo esto? Una historia de Europa desde 1945. Comares, 2018.

Tony Judt: Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Taurus, 2006.

C Durandin, Catherine / D. Tomescu: La Roumanie de Ceusescu. Guy Épand Éditions, 1988.

“La Roumanie de Ceausescu ou l’espionnage généralisé”. L’Exprés, 17/12/2009.

“Les enfants du diable”.  L’Exprés, 23/03/1999.

“El clan de los Ceausescu”. El País, 28/12/1989.