Las guerras celtibéricas y lusitanas

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Dos grandes guerras que se producen casi a la par y duraron mucho tiempo por las adversidades de unos y otros. Tratos rotos y un cúmulo de circunstancias que hacen de estas guerras unas de las más largas conocidas. Es impresionante la tenaz resistencia mostrada por los celtíberos frente a Roma.

Expansión territorial y el ejercicio del poder son, a mi juicio, los valores que mueven ambas guerras y su duración en el tiempo. Se ve claramente una “ideología imperialista” no solo de Roma sino también de los pueblos sometidos.

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Las guerras celtibéricas y lusitanas

Según las fuentes clásicas, las guerras lusitanas se plantearon contra los bandoleros de Viriato. Las Celtibéricas se plantean sobre un enemigo concreto que demuestra una gran resistencia. Sea como fuere, lo cierto que las circunstancias de ambas guerras influyeron en las estructuras romanas.

Unas guerras cruentas donde hablaremos constantemente de paz, estabilidad, y justicia. Los tres pilares fundamentales para hablar de ambas guerras. Pero lo ciento que ni la paz, ni la estabilidad ni la justicia estuvo garantizada por las ansias de poder y por esa ideología imperialista de la que hablábamos al comienzo.

            “Guerra de fuego es llamada  a lo que los romanos hicieron contra los celtíberos. Extraordinaria fue la naturaleza de esta guerra, así como la interrupción de sus encuentros. Pues las guerras de Grecia y del Asia generalmente suele terminarlas una sola batalla, rara veces dos; y las mismas batallas suele decidirlas un solo momento. Pero en esta guerra sucedió todo lo contrario. Pues la mayor parte de las batallas las terminaba la noche y los hombres resistían animosamente sin que sus cuerpos cediesen a la fatiga, sino que desistiendo de retirarse, renovaban la lucha. Y apenas si el invierno suspendió esta guerra y la serie interrumpida de sus batallas. Realmente, si alguien quiere imaginarse una guerra de fuego, que no piense en otra guerra sino en ésta”, Polibio XXXV, 1.

La preparación de los guerreros celtibéricos, por ejemplo, su apreciación como mercenarios, el arraigo que la función militar tiene en las creencias religiosas o el poder social que alcanzan los jefes militares son algunos elementos que nos dejan ver la relevancia que la guerra ha podido tener no solo en determinados sectores sino en el conjunto de la sociedad. Los romanos encontraron una gran resistencia celtibérica. Como describe Polibio se aprecia un gran ardor guerrero que solo la noche hace paralizar para reanudar durante el día.

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Por ello había que buscar una decisión inteligente y moderada y esta decisión la encuentra Graco. En la provincia Citerior Tiberio Sempronio Graco se lanzó a luchar entre los celtíberos y al final se llegó a unos “pactos” llamados pactos de Graco”: se mantendrá la paz siempre y cuando los celtíberos paguen un tributo a Roma: aportando caballos en abundancia y capas típicas (sagis). Además, los celtíberos debían comprometerse a no edificar ciudades y a no fortificar las ya existentes. Existe un periodo de paz casi interrumpida de unos veinticinco años hasta el 153 a. de C., fecha en la que de nuevo comenzaron las hostilidades entre pueblos indígenas y romanos.

¿Por qué? ¿Qué sucede? ¿Cual es la causa para romper el pacto de paz? ¿Qué pasó? Realmente no sabemos con certeza total cuales fueron las causas precisas que motivaron el comienzo de las hostilidades. Lo que si sabemos es que los lusitanos en ese año invadieron el territorio conquistado por Roma. Esta operación fue dirigida por Púnico. Los romanos, al mando de Mamilio y Calpurnio, perdieron en el enfrentamiento 5000 hombres y el questor T. Varrón perdió la vida en el combate. Este hecho victorioso dio a Púnico la oportunidad de conseguir una alianza con el pueblo vetón, y así emprender una campaña de largo alcance que incluyó la devastación de la Beturia, llegando hasta el mar, y en la que se apoderó de las antiguas colonias fenicias que vivían pacíficamente en sus relaciones con los romanos. Y este parece el motivo que llevó a los celtíberos a romper el tratado

La causa de la nueva guerra sucede en Segeda. Los celtíberos se movieron impulsados por las acciones de los lusitanos de los cuales eran aliados, y vieron una gran oportunidad de unirse a la rebelión contra Roma. Por ello, los Belos propusieron que las gentes de las vecinas ciudades se consagrasen en Segeda, su capital, a la que pensaron rodear de una muralla de cuarenta estadios (unos 8 km) de circunferencia. Según Diodoro de Sicilia, Segeda sufrió un aumento de población y ésto pudo ser el motivo por el cual los segedenses decidieron ampliar el perímetro de la ciudad.

¿Qué provoca ésto? Pues el fin del estado de paz. El Senado romano, enterado del asunto contestó con la prohibición absoluta y terminante de que se siguiese haciendo el muro recordando el tratado pactado con Graco que comprometía a los celtíberos a no fortificar sus poblados. El Senado, enfurecido, añadía que no olvidasen pagar los tributos establecidos en el mismo tratado, e incluso les recordaba su promesa de unirse a las tropas romanas como auxiliares en un momento dado. La respuesta de los segedanos no se hizo esperar. Aunque fue una respuesta hábil y diplomática, demuestra su intención decidida de hacer ver a los romanos que no estaban dispuestos a seguir sumisamente sus imposiciones. Le hicieron saber que el pacto con Graco suponía no construir nuevas ciudades, pero que con respecto a las antiguas no preveía nada, con lo cual no estaban incumpliendo el tratado pactado con Graco y por lo tanto era lícito fortificarlas puesto que  no contravenía ninguna de las cláusulas del tratado. Y con respecto a los tributos y colaboración con las tropas romanas, se apoyaron en el hecho de que los mismos romanos, después de Graco, les habían rescindido dichas obligaciones. Todo el pueblo ratificó esta decisión y los enviados así se la transmitieron al Senado de Roma. Las consecuencias fueron letales. El Senado consideró roto el pacto de paz y declaró la guerra. Si el Senado permitía a los celtíberos continuar libremente con esta declaración de independencia respecto al conquistador, Roma corría el riesgo de perder todos los avances que había conseguido en sus guerras en la Península Ibérica. Por lo tanto se declara nuevamente la guerra.

El historiador romano Floro declara la guerra injusta:

“Y no es por casualidad, a fuer de ser sincero, que el motivo de aquella guerra fuera de lo más injusto. Los segedenses habían acogido a sus aliados y parientes que habían escapado de manos de los romanos. De nada sirvió la intercesión por ellos. A pesar de haberse abstenido [los numantinos] de participar en acción militar alguna, recibieron la orden de entregar las armas como condición para un tratado oficial, lo cual fue recibido por los bárbaros como si se les amputasen las manos. En consecuencia, se aprestaron al punto a la guerra a las órdenes del valerosísimo Megarávico” [i].

Los celtíberos por su parte no carecían de razones: el mal comportamiento de los gobernadores romanos, la experiencia de las recientes victorias lusitanas y la posibilidad de enfrentarse a un ejército romano desentrenado en la acción bélica, constituían los factores principales que pudieron influir en la decisión de los pueblos celtibéricos.

A partir de ahora los romanos no pararon en su lucha de hostigar a los celtíberos con Nobilior al frente de la Hispania Citerior y L. Mumio al frente de la Ulterior.

El campamento romano era inmejorable dominando toda la llanura numantina y controlando las principales vías de comunicación que unía Numancia con el río Ebro.

Ambos, Nobilior y Mumio, se presentaron en la Península el 1 de enero del año 153. Nobilior  trajo un numeroso contingente  de tropas, Apiano habla de unos 30000 hombres. A los segedenses le cogió de sorpresa que no le dieron tiempo de terminar las labores de ampliación y reconstrucción de la muralla, lo que provocó que huyeran con sus familias al territorio de sus vecinos los arévacos. Una primera victoria para los romanos, lo que no esperarían éstos que Numancia se convertiría ahora en la gran pesadilla de Roma.

Los arévacos, refugiados en la fortaleza de Numancia, eligieron como jefes a Ambón y Leucón. A Nobilior le entró un poco el pánico, con lo que le solicita ayuda a Manimissa, rey de Numidia, el cual, en calidad de aliado de Roma, envió a Numancia 300 jinetes: tropa famosa por su excelente adiestramiento y eficacia en el combate con arco sobre una montura y 10 elefantes.

¡Empieza así la guerra!

En un primer asalto, Nobilior escondió los elefantes tras el grueso de las tropas: llegados al enfrentamiento directo, las filas romanas se abrieron y aparecieron las bestias que, en un principio, atemorizaron a los celtíberos, los cuales huyeron despavoridos ante el pánico y el desconcierto al ver por primera vez estos animales.

Los romanos aprovechando la situación se acercan a la muralla, pero lo que se imagina es lo que viene a posteriori. Una enorme piedra hiere a uno de los elefantes que, enfurecido, se volvió contra sus propias tropas romanas, dando un vuelco a la situación, que ahora es aprovechada por los nativos. Una coyuntura inesperada que hace que la situación para los romanos se tuerza del revés, porque ahora los indígenas salen de la ciudad y persiguen a los romanos, alcanzando a matar a un número considerable de romanos y a tres elefantes, logrando también apoderarse de las insignias y armas del enemigo.

Pero Nobilior no cesa. Y pretende a toda costa evitar el aprovisionamiento de los refugiados en Numancia, atacando las ciudades de las cercanías, pero lo cierto que no tuvo el éxito esperado porque los celtíberos, crecidos ante sus victorias fueron haciendo la defección en masa a los romanos.

Llega el invierno y se da una tregua a la guerra. Una tregua, pero no desistir en el intento del sometimiento. Desistir no estaba en los planes de un Senado que no podía permitir que se sublevaran.

Durante este tiempo de tregua, el Senado empieza a preparar otra campaña pero esta vez con Claudio Marcelo al mando, prudente militar y buen conocedor de la Península Ibérica. Pero al parecer Marcelo no conocía muy bien las bajas humanas con las que se había quedado Nobilior, porque se presentó en la Citerior solo con 8000 infantes.

Marcelo no se dirigió en primer lugar a Numancia, sino que decidió castigar antes la rebelión de los habitantes de Ocilis, en la Celtiberia citerior. La ciudad se rindió sin resistencia. Pero Marcelo se muestra clemente y no la castiga duramente, sino que prefirió exigir rehenes y una suma de 30 talentos. De allí se dirigió a Nertobriga, creyendo que también caería y se rendiría sin resistencia. Pero se equivocó. Los nertobrigenses, a pesar de haber prometido los 100 jinetes,  no estaban por la labor de aceptar la paz y atacaron la retaguardia de Marcelo, lo que provocó que éste rompiera el pacto. Marcelo tomó como prisioneros a los jinetes, vendió sus caballos y se dirigió a Nertobriga con la intención de ponerle sitio. Pero en vez de eso, nuevamente se mostró clemente y benevolente e intentó pactar una paz. Paz que negó el Senado. El Senado ansiaba la sumisión total de los indígenas sin ningún tipo de contemplaciones. Quería acabar con ellos y obtener la conquista absoluta.

Así que Marcelo fue sustituido por Lucio Licinio Luculo que emprende una nueva campaña bélica. Lúculo no quería paz. Lúculo ansiaba un triunfo. Lúculo ansiaba la gloria: Lúculo ansiaba enriquecerse.  Así lo describe Apiano:

            “Luculo, como ansiaba la gloria y tenía necesidad de dinero por causa de su pobreza, atacó a los vacceos, otra tribu de los celtíberos, que son vecinos de los arévacos, sin que le hubiese llegado decreto alguno ni los vacceos hubiesen hecho la guerra a los romanos ni hubiesen cometido falta alguna contra el propio Luculo. Después de cruzar el río denominado Tagus llegó ante la ciudad de Cauca y montó junto a ella su campamento. Por su parte ellos le inquirieron sobre las motivaciones que la hacían llegar hasta ellos o la clase de necesidad que le impulsaba a la guerra, y al responderles que se disponía a prestar ayuda a los carpetanos que habían sufrido injusticias por parte de los vacceos, entonces se retiraron hacia la ciudad, pero mientras se dedicaba a recoger madera y a forrajear le atacaron y aniquilan a muchos y a los restantes los persiguen hasta el campamento. Pero cuando tuvo lugar una batalla en regla, los de Cauca, muy parecidos a tropas ligeras, se impusieron sobre Luculo durante mucho tiempo hasta que todos los dardos se les agotaron; y entonces huyeron al no estar habituados a aguantar el combate a pie firme, y al amontonarse en torno a las puertas fueron masacrados alrededor de los tres mil”. Apiano, Iberiké, 51.

Este era Luculo. Un hombre sin escrúpulo que resultó la vergüenza de Roma.

Cuando Luculo llega a Hispania se encontró con una desagradable sorpresa, la cual era, que la guerra contra titios, belos y arévacos, había concluido. Esto no podía ser para un Luculo que lo único que quería era enriquecerse a toda costa y fue por ello por lo que Luculo decide quedarse en la Península para acrecentar el dominio romano en ella, y enriquecerse al mismo tiempo. Una decisión poco acertada e injusta. Lo que podía haber sido una guerra leal, pasó a convertirse ahora en una guerra de conquista y explotación que avergonzaba a los propios romanos.

¿Por qué Luculo se dirige contra los vacceos, una tribu que no había intervenido para nada en las guerras anteriores? Pues porque no podía irse con las  manos vacías. Quería un control imperialista, un triunfo, una gloria, una riqueza.

Luculo se presenta ante las puertas de la principal ciudad de los vacceos, Cauca. Los nativos no entendía el por qué de aquella inesperada presencia hostil y se lo hicieron saber. A lo que Luculo respondió que venía en auxilio de los carpetanos a los que los vacceos habían atacado. Los ancianos del lugar salieron para pedir la paz llevando una corona y ramos de vegetales. Pero Luculo quería más. No se conformaba con unos vegetales y una corona, quería, exigía más bien, 100 talentos de plata, rehenes, tropas auxiliares  y además la posibilidad de que una guarnición romana de 2000 hombres se instalase en la ciudad.

Pero… Una vez dentro, desde exterior, Luculo dio la orden de ataque y entró a saco en Cauca, degollando a casi todos sus habitantes, llenando así de infamia a los romanos.

Todo un acto de injusticia que provocó una reacción de resistencia y venganza que iba a empeorar más la lucha y la rivalidad entre ambos contendientes.

Pero la cosa no se queda ahí. Luculo no se detiene y continua su marcha llegando a los muros de Intercatia (cerca de la actual Villalpando), a la que ofreció un pacto o alianza, que los intercatenses, recelosos por los sucesos acaecidos en Cauca, rechazaron. Esto provocó la ira de Luculo poniendo sitio a la ciudad y devastando la campiña vecina. Pero ya cansado los indígenas de tanta injusticia por parte de Luculo, cuenta Apiano que uno de esos indígenas se alía de valor y montado a caballo, se presentó ante los dos ejércitos, vestidos con sus armas resplandecientes y retando a cualquiera a combate singular. Un momento de incertidumbre porque nadie se atrevía, hasta que Escipión Emiliano salió a su encuentro y aceptó el duelo que acabó favorablemente para el romano. Pero en esta ocasión Escipión garantizó a los vacceos que, si se concluía un pacto de paz, éste sería respetado. Los indígenas confiaron en él, se firmó el tratado y con él la paz.

En estas fechas, Viriato consigue importantes victorias en la Lusitania, y su ejemplo llega a los celtíberos.

En el año 147 Viriato aparece ya como líder principal de su pueblo después de su victoria sobre Vetilio.

La desigualdad social entre los lusitanos queda contrastada en varias ocasiones. En el 151, los lusitanos aceptan firmar la paz con los romanos bajo la promesa de Sulpicio Galba, de concederles tierras.

La conquista y anexión del territorio lusitano abrió a los romanos la posibilidad de penetrar en el noroeste peninsular.

Concluyendo, se ve una clara intención de magnificar al enemigo vencido, para hacer más grande la victoria romana y a Escipión. Constituyendo para los celtíberos la última fase de su independencia real, al final de la que pasarán a ser civitates stipendiariae controladas directamente por Roma, al igual que la Lusitania.

Autora: Carolina Caramés Posada para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Pierre Moret y Fernando Quesada Sanz: La guerra en el mundo ibérico y celtibérico (ss. VI – II a. de C.). Seminario celebrado en la casa de Velázquez (marzo de 1996). Actas reunidas

Adrian Rivas Bonilla y Gabriel Sopeña Genzor:  La “Guerra de fuego” : Interacción institucional entre las ciudades estado celtibéricas y Roma (154 – 133 a. C.). Universidad de Zaragoza, Máster Universitario en Ciencias de la Antigüedad. Curso académico  2012 – 2013.

José Manuel Roldán Hervás y Fernando Wulff Alonso: Citerior y Ulterior: Las provincias romanas de Hispania en la era republicana. Edit. Itsmo, 2001

[i](Traducción de José Antonio Beltrán Cebollada, en SOPEÑA, G., 2013: 525)  recogida en La “Guerra de fuego” : Interacción institucional entre las ciudades estado celtibéricas y Roma (154 – 133 a. C.). Universidad de Zaragoza, Máster Universitario en Ciencias de la Antigüedad. Curso académico  2012 – 2013. p 15