Los enigmas sobre la tumba de El Greco

Es por todos conocido que El Greco,  Domenikos Theotokopoulos falleció el 7 de Abril de 1614 y fue enterrado en el Convento cisterciense de Santo Domingo de Silos, el Antiguo. Sin embargo, donde reposan sus restos, al menos de manera fidedigna, es hoy un misterio.

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Luis de Castilla, protector de El Greco

Luis de Castilla fue uno de esos pocos amigos incondicionales a Domenikos que  le ayudaron a introducirse en los círculos locales.

Luis era hijo del Deán de la Catedral de Toledo, Diego de Castilla,y conoció a Domenikos en Italia, cuando ambos coincidieron en varias tertulias en el palacio del cardenal Farnesio, que ejercía mecenazgo sobre algunos artistas, entre ellos, El Greco.

 Tras el fiasco de las obras presentadas por el griego para el Palacio de El Escorial, Luis habla a su padre de Domenikos para realizar las pinturas de la iglesia del Convento de Santo Domingo el Antiguo, que se estaba redefiniendo siguiendo lo dispuesto en el testamento de su principal benefactora, María de Silva. El contrato para las 8 obras fue firmado el 8 de Agosto de 1577.

Este será también quien, en vida, presione para que los trabajos realizados por Jorge Manuel y su padre sean pagados por la orden, para que se le dé sepultura “graciosa”, es decir, gratuita, y para que se haga un contrato otorgándole una bóveda sepulcral para el enterramiento familiar. La muerte de Luis de Castilla hará que todo se precipite.

Domenikos enfermo

En 1612, dos años antes de su fallecimiento, se produce un primer contacto entre los Theotokopoulos y el convento de Santo Domingo el Antiguo. Jorge Manuel, tiene el consentimiento de su padre, que se encontraba muy enfermo, para que en su nombre negocie un lugar de enterramiento para sí. Será por tanto su hijo, quien mantenga los contactos con la abadesa Andrea de la Cerda. Ésta, según las fuentes, acuerda con Jorge Manuel dedicar una sepultura gratuita para que a la muerte del pintor se le entierre allí.

Lo cierto es que en ese año 1612, en concreto el 16 de Agosto, se acordó entre Jorge, en nombre de su padre, y la abadesa, un altar y una bóveda sepulcral para cada uno de ellos y “para siempre jamás”. A cambio, los Theotocopoulos se comprometían a pagar 3.600 reales.

Las relaciones  Greco – Convento se empiezan a enfriar

A la vez que se producía la negociación anterior, la abadesa le encargó a Jorge Manuel  un monumento para semana santa que el convento pagaría, comprometiéndose a acabarlo antes de un año y que este no llegó a terminar por empecinamiento de la abadesa y las monjas del convento. Jorge Manuel acudió a Luis de Castilla, para que mediara y este mandó a la abadesa que se le abonara a Jorge el dinero equivalente a lo realizado. Esto, no sentaría nada bien, y el ambiente entre las integrantes del convento, incluida la abadesa, se tensó cada vez más con los Theotokopoulos. Con estas tensiones, el séptimo día del mes de Abril de 1614 muere Domenikos Theotokopoulos.

La muerte de “El Greco”

Las características de su entierro fueron publicadas por Manuel Bartolomé Cossío en su obra “El Greco” y describe la salida desde su casa (situada en lo que hoy es el Paseo del Tránsito), y donde acompañaron al cadáver la cofradía de la Santa Caridad, la cruz y clérigos de Santo Tomé y la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias. El cortejo fúnebre se dirigió por las calles hasta Santo Domingo el Antiguo y allí, se cantó misa con diácono y subdiácono, hubo responso y vigilia, y durante 3 días se cantó misa. También se incluía un “cabo de año”, o lo que es lo mi una misa al año de la defunción, en la que intervinieron veinticuatro frailes franciscanos. Se rezaron 100 misas por su alma, de las cuales 25 se produjeron en Santo Tomé y el resto en Santo Domingo el Antiguo.

El problema de la tumba

En 1614 se entierra a “El Greco” en la bóveda sepulcral pactada, junto a la de los señores de Gomaras, y en 1617 a la primera mujer de Jorge Manuel, Alfonsa de los Morales. El problema empieza a ser evidente a partir de 1618 cuando Luis de Castilla muere. En ese momento, sin la protección del prelado, afloran todas las animadversiones del convento hacia los Theotokopoulos, y en concreto, ante el último que queda, Jorge Manuel.

Ana Sotelo de Ribera, La nueva abadesa desde 1615, conocida en su tiempo como “la virgen prudente”, abanderó esta lucha por expulsar a la familia del convento pues preferían albergar a la familia Alcocer, más generosos económicamente. Estos acabarían descansando en la iglesia, y se supone que serían los restos mortales encontrados por Guerrero Malagon.

El convento, a través de su abadesa, pidió al ayuntamiento licencia para exhumar el cadaver y fue concedida. También recibió la aprobación por parte del obispo de Troya para rescindir el contrato firmado en el pasado con Domenikos y su hijo. Ante esta situación, Jorge Manuel y el convento llegaron a un acuerdo de conformidad para rescindir el contrato suscrito en 1612.

Paralelamente a esta negociación, se produce otra entre Jorge Manuel y las monjas agustinas del Convento de San Torcuato, donde el hijo del Greco estaba trabajando en la fachada de la iglesia. Les explicará la situación en la que se encuentra y las monjas de San Torcuato acceden a acoger los restos de su padre y de su primera mujer.

Teorías sobre la ubicación de los restos de “El Greco”

Primera teoría: El Greco sigue en Santo Domingo el Antiguo

La teoría que ha estado vigente durante muchos años es la que exponía que los restos de Domenikos Theotokopoulos seguían estando en Santo Domingo el Antiguo.

Así lo defendían Francisco de Borja San Román en 1908, el pintor Guerrero Malagón en la década de los 60, Rafael Sancho San Román en 1984,o más cercanamente, Balbina Caviró, esta última sigue defendiendo esta postura.

Los primeros fueron incapaces de reconocer restos óseos en la cripta de Santo Domingo que corroboraran que fueran del pintor y su nuera. Porque partimos de la base de que si los restos del Greco no se movieron, tampoco lo harían los de Alfonsa de los Morales, su nuera. Tampoco se hizo por parte de estos una intervención arqueológica al uso, ni resultados forenses que marcaran que seguían allí.

Balbina Caviró por el contrario, funda su argumento, para defender que los restos siguen en Santo Domingo, en los dos años en que Ana Sotelo de Ribera, la abadesa, estuvo inhabilitada, 1618 y 1619. Esos serían los años en que, hipotéticamente, abarcaría el traslado. Según expone, no tendría potestad, al no haber abadesa titular y basándose también en que durante esos años no hay ningún documento importante con la firma de ninguna abadesa en funciones que atestigüe el traslado.

Sin embargo, a mi juicio, no es condición “sine qua non” para asegurar que el traslado a San Torcuato no se hiciera efectivo, ya que con anterioridad a su inhabilitación hay datos que indican que se podía producir sin problemas:

  •             Primero, el ayuntamiento había dado permiso para la exhumación.
  •             Segundo, se había roto el contrato firmado en 1612.
  •             Tercero, Jorge Manuel firma acuerdo con las agustinas de San Torcuato.

Por todo ello, esta teoría de la continuidad se ha ido desinflando y hoy casi en exclusiva la defienden solo el propio convento y la profesora Caviró.

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