Los primeros años de Isabel la Católica

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La reina más importante y famosa de toda la historia de España y quizá de Europa nace (en la tarde del 22 de abril de 1451) en una localidad hoy desconocida por la mayoría de la gente, Madrigal de las Altas Torres, situada en el norte de la provincia de Ávila. Era hija del matrimonio de Juan II de Castilla con Isabel de Portugal, segunda esposa del rey castellano.

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El nacimiento de Isabel pasó casi desapercibido porque no estaba en la primera línea de sucesión al existir un descendiente del primer matrimonio del rey con María de Aragón: el heredero, con el título de príncipe de Asturias, se llamaba Enrique (futuro Enrique IV de Castilla).

Los primeros años de Isabel la Católica

La infancia y juventud de Isabel transcurre entre Madrigal y Arévalo. Su padre fallece cuando ella tenía 3 años de edad. Su madre, la reina viuda, es apartada en Arévalo después de la muerte de su marido. A sus hijos Isabel y Alfonso les tocará vivir de forma austera sin recibir trato de infantes. A pesar del testamento de su padre, no recibían fondos suficientes para poder mantener los gastos que se requerían para la subsistencia de la reina viuda y de sus hijos. El hermanastro de Isabel, Enrique, sube al trono de Castilla el mismo año de la muerte de su padre (1454) y comienza una etapa difícil y triste para Isabel hasta su matrimonio con el príncipe aragonés Fernando en 1469. El carácter de Isabel se define principalmente por cuatro aspectos, según el historiador Luis Suárez: inteligencia despierta, piedad, justicia y aspecto humano. Ella misma no imaginaba que un día iba a ser la reina de Castilla porque Enrique IV, su hermanastro, tenía una hija heredera, Juana la Beltraneja.

Aunque Juana se consideraba ilegítima, Isabel estaba en tercera posición en la línea sucesoria, después de su hermano Alfonso, por ser hijo varón. Hasta el último momento no tuvo la seguridad de ser reina, a pesar de que gran parte de la nobleza no aceptaba a Juana como sucesora por considerar que no era hija legítima. Finalmente, Enrique IV, presionado por los nobles, acuerda apartar a Juana de la sucesión y nombra a su hermanastra Isabel como princesa heredera en el Tratado de los Toros de Guisando el 18 de septiembre de 1468. A pesar de dicho acuerdo formal, el rey lo incumple y vuelve a nombrar a Juana como heredera legítima cuando se entera de que Isabel se había casado con Fernando sin su consentimiento. El monarca pretendía casarla con Alfonso V de Portugal o con el príncipe francés (duque de Guyena), mientras que su poderoso valido el marqués de Villena pergeñó y finalmente consiguió el visto bueno del rey para la boda de su hermano, el maestre de Calatrava Pedro Girón, con Isabel. La suerte estuvo del lado de Isabel, ya que unos días antes de la boda Pedro Girón murió. Él era un hombre mayor y no era de sangre real, por lo que habría sido una calamidad para Isabel ser la esposa de ese noble y poderoso caballero por el hecho de ser el hermano del valido de Enrique IV. No había salida para evitar tal boda, pero la muerte repentina del novio salva a Isabel del fatal enlace. Hubo otras propuestas de matrimonio que Isabel no aceptó. Ella quería casarse con el príncipe Fernando de Aragón.

El rey decide encerrar a Isabel en Ocaña, una localidad cercana a Madrid, para quitarle libertad de movimientos, cuando es informado de que una de las propuestas venía de Aragón, ya que no le convenía tal enlace. Los partidarios de Isabel la ayudan a escapar de su encierro para celebrar el matrimonio con el príncipe Fernando, todo ello organizado por Juan II de Aragón, padre del príncipe. Al final los novios se reúnen en Valladolid y se celebra la boda de forma clandestina, con pocos asistentes, en 1469. Alonso Carrillo, uno de los nobles más importantes, arzobispo de Toledo y amigo de Juan II de Aragón, apoyó este enlace. Junto a él estuvieron Fadrique Enríquez (abuelo del príncipe), Gómez Manrique, Gonzalo Chacón y Gutierre de Cárdenas. En 1470, año difícil, el conde de Benavente se apodera de Valladolid, obligando a los príncipes a refugiarse en Ávila. En octubre del mismo año, en la localidad de Val de Lozoya, tiene lugar una ceremonia donde se reconoce a Juana (la Beltraneja) como hija legítima de Enrique y por lo tanto sucesora. La boda prevista con el duque de Guyena no se materializó por no recibir la autorización papal. Se crea una situación de guerra civil, pero varios nobles empiezan a apoyar a los príncipes, entre ellos el conde de Haro, el de Ayala, el marqués de Treviño, Mendoza y Velasco. Por otro lado, el papa Sixto IV (inmortalizado en la Capilla Sixtina), con la ayuda de Rodrigo Borja (sobrino de Calixto III), legitima el matrimonio de los príncipes enviando la bula en noviembre de 1471. También nombra a Borja legado papal de España. Este movimiento decisivo fue gestionado por el padre de Fernando, Juan II de Aragón. Borja llega a Barcelona y mantiene conversaciones con Fernando. La misión de Borja era la defensa del Mediterráneo contra los turcos.

El pontífice, a través de su legado, dio a Isabel el título de princesa. En 1472 Borja prosigue su viaje y en Valencia se reúne con Pedro González de Mendoza, conocido como el Tercer Rey por su poder militar, y le nombra cardenal. Mendoza, tras este nombramiento de Borja, decide apoyar la causa de Isabel y Fernando. Con el patrocinio del papa y de Mendoza los príncipes reciben el impulso de la Iglesia, cuya influencia fue la clave del éxito frente a los partidarios de Juana la Beltraneja. Fernando estaba en Cataluña resolviendo los problemas de las revueltas e Isabel manda allí tropas castellanas para ayudar a su suegro Juan II de Aragón, quien después de diez años de guerra consigue someter a Barcelona poniendo fin al conflicto. Mientras, Fernando se perfila como futuro rey de Aragón al conseguir el apoyo del papa, de Inglaterra, de Borgoña y de Nápoles. El marqués de Villena sigue con su tarea de engrosar su patrimonio personal aprovechando su posición como valido del rey. Ahora se apodera de dos capitales muy importantes, Madrid y Segovia. Enrique IV decide recibir a su hermanastra Isabel y a su marido Fernando en Segovia el 1 de enero de 1474. Esta reconciliación entre el rey y los príncipes fue preparada por el legado papal Rodrigo Borja y por Andrés Cabrera. El mismo año 1474 mueren el marqués de Villena, Juan Pacheco, en octubre, y dos meses después, en diciembre, Enrique IV de Castilla.

Isabel se encontraba en Segovia y Fernando en Cataluña por la guerra del Rosellón. Isabel se proclama reina de Castilla, con 24 años de edad, al día siguiente de la muerte del rey, el 13 de diciembre de 1474, sin esperar a la vuelta de su marido Fernando. Comienza la guerra civil por la sucesión entre los distintos sectores de la nobleza: los que apoyan a Juana y los que lo hacen a Isabel. La madre de Juana la Beltraneja, Juana de Portugal, la reina viuda de Enrique IV (aunque en la práctica casi divorciada), intenta, con la ayuda de los nobles partidarios de su hija, lograr el enlace de su hija con su hermano Alfonso V de Portugal. A pesar de que se trataba de un matrimonio entre tío y sobrina, Alfonso decide acudir en ayuda de su sobrina con el propósito de que ella sea la reina de Castilla y él el rey consorte.

La guerra civil se convierte así en una guerra entre Portugal y Castilla. El rey portugués cuenta con el apoyo del sector de la nobleza partidario de la causa de Juana en numerosas localidades de la Península, invade Castilla por la frontera cercana a Plasencia, toma fácilmente varias ciudades (Toro, Zamora, Arévalo…) y llega hasta Burgos. Los isabelinos, aunque en número eran superiores, no estaban bien organizados y no pudieron detener el avance de los portugueses, con la consiguiente pérdida de territorios en la primera fase. En ese momento Isabel aún no podía estar segura de llegar a ser la reina de Castilla porque su destino dependía del resultado de la guerra, que se estaba complicando. Alfonso V de Portugal y su sobrina y esposa Juana la Beltraneja se proclaman reyes de Castilla en Plasencia en 1475. En 1476 los partidarios de Isabel y Fernando consiguen recuperar Burgos, a continuación varias localidades alrededor de Toro y finalmente terminan ganando en Toro, el cuartel general de Alfonso V, finalizando esta primera fase con su triunfo sobre los juanistas. Los rebeldes se incorporan pacíficamente a su obediencia y lealtad a la corona ya que no hubo castigos ni represalias contra los derrotados. Esta política de reconciliación con los rebeldes es la que van a seguir los Reyes Católicos durante estos años hasta completar la tarea de pacificación total del territorio.

Alfonso V retrocede hacia la frontera de Portugal concentrando sus tropas en localidades cercanas como Cantalapiedra, a la espera de recibir la ayuda de refuerzos. Su hijo, el príncipe Juan (más tarde, Juan II de Portugal), que ya reconocía la derrota, viaja a Francia con la misión de convencer a Luis XI para que intervenga en la guerra contra Castilla atacando por Fuenterrabía: de tal manera Castilla se vería acometida por el norte (por el ejército francés) y por el oeste (por el ejército portugués).

La guerra, que no terminará hasta 1480, políticamente supuso la victoria de los Reyes Católicos, aunque militarmente no, porque aún quedaban juanistas en varias zonas del territorio. Comienza un proceso de reestructuración entre los nobles que apoyaban la causa de Juana. En 1475, tras recibir el apoyo de la mayoría de los nobles, se crea el Consejo Real, compuesto de juristas y técnicos, con el propósito de sustituir el poder de la nobleza. En aquella época un tercio de las rentas del país se repartía entre la nobleza (grandes) y el resto entre la corona y la Iglesia. Ante la grave situación socioeconómica y el desastroso orden social creado por Enrique IV, la nobleza castellana tuvo que hacer el gran esfuerzo de reconocer a Isabel y a Fernando para poder sacar adelante el reino. No obstante, los grandes linajes seguirán conformando la base de la monarquía. Los únicos grandes que aún seguían apoyando a Juana eran los Estúñiga y los Pacheco, y quizá Carrillo, quien después del nombramiento de Mendoza como cardenal se sintió despreciado y no quiso recibir a Isabel cuando fue a visitarle a Alcalá.

Ya en 1476 nobles como el marqués de Cádiz, Estúñiga, el duque de Arévalo y Pimentel reconocen a los Reyes Católicos y se ofrece el perdón general a todos los rebeldes que había apoyado a Juana y a Alfonso V de Portugal. En octubre de ese año termina la guerra civil con la reconquista de Toro y los principales responsables de la guerra, el arzobispo Carrillo y el marqués de Villena, también aceptan reconocer a los Reyes Católicos mediante la firma del acuerdo de obediencia a la corona. Este pacto, además de que les permitió conservar parte de su posición económica y territorial, no supuso ninguna represalia ni castigo en concepto de los daños causados al reino durante la guerra. Se convocan las Cortes de Madrigal en 1476, las primeras que celebran los Reyes después de subir al trono y que van a establecer unos pilares fundamentales para años sucesivos. Se aprueban tres grandes ordenamientos o instituciones: la Hermandad General, la Audiencia o Chancillería y la Contaduría. La Hermandad estaba encargada de poner orden en la sociedad civil mediante policías locales pertenecientes a la corona con la función de sofocar la delincuencia que abundaba entonces, a la vez que servían como ejércitos para salvaguardar el reino. La Contaduría era una especie de Hacienda para recaudar impuestos y administrar la economía, que se encontraba en un estado ruinoso debido a que antes todo había estado en manos de la nobleza. La Audiencia se ocuparía de los asuntos legislativos y legales de cara a sustentar el autoritarismo real.

En 1476, durante la celebración de las Cortes de Madrigal, continuaron produciéndose nuevas incorporaciones de los disidentes a la obediencia a la corona, nobles que venían de todos los rincones del territorio. Una muestra del éxito de la política de reconciliación de los Reyes Católicos con los rebeldes. En los años de 1476 a 1479, mientras Isabel se dedicó a erradicar los últimos flecos de la guerra civil que aún continuaba a pequeña escala en algunos territorios limítrofes del reino, Fernando se puso a trabajar en los asuntos de política exterior. El tema principal lo constituyó la ruptura con Luis XI de Francia, que apoyaba a Enrique IV ya que Castilla era aliada de Francia desde 1368, época del fundador de la dinastía Trastámara, Enrique II el de las Mercedes. Esta ruptura y consecuente guerra contra Francia estuvo provocada por la invasión francesa a través de Fuenterrabía solicitada por Alfonso V de Portugal durante la guerra civil. Fernando consigue agrupar a las principales potencias europeas contra Francia: se alía con Inglaterra, Bretaña, Borgoña y la Corona de Aragón y consigue firmar la paz con Francia. Por otro lado, el reino de Navarra se convierte en protectorado de Castilla después de intensas negociaciones diplomáticas de Fernando, implicando a su padre, Juan II de Aragón, y llegando a la reconciliación entre agramonteses y beaumonteses. También consigue Fernando la concordia con el papa Sixto IV en 1477. Como político hábil con un altísimo nivel de diplomacia, Fernando completa el restablecimiento total del prestigio de la monarquía, la reconstrucción del antiguo sistema de alianzas. El resultado será el fin de la guerra civil, la paz con Francia, el restablecimiento del prestigio real y la paz con Portugal. Con la Santa Hermandad y la Contaduría se consolida el régimen monárquico que el antepasado de los Reyes Católicos, Enrique II, había deseado alcanzar.

La nobleza no veía bien el movimiento de la Hermandad porque disminuía su influencia y su poder, motivo por el cual la rechazó. La persistencia de los Reyes continuó y se fue consolidando la institución hasta llegar a constituir un ejército, una policía y unas fuerzas armadas que velaban por el centralismo de la corona como poder absoluto de la monarquía frente a la nobleza. En 1477 aún proseguían algunos focos rebeldes en Extremadura, Andalucía y en localidades cercanas a la frontera portuguesa tales como Castronuño, Siete Iglesias y Cantalapiedra. Fernando se encarga de derrotar a estas fortalezas portuguesas pro Juana que aún resistían. Isabel comienza su viaje a Andalucía pasando por Guadalupe con motivo del entierro de su hermanastro Enrique IV. Después obligará a Pacheco a cumplir lo acordado respecto a la entrega del castillo de Trujillo a la corona. Varias localidades de Extremadura se van rindiendo a medida que Isabel va pasando por la zona, con el resultado final de la pacificación de toda Extremadura, aunque aún proseguirá la guerra en la frontera portuguesa. La siguiente tarea, la más problemática y conflictiva, era la de pacificar Andalucía antes de comenzar la guerra de reconquista contra el reino granadino. Tanto en Córdoba como en Sevilla los nobles estaban investidos de excesivos poderes y las rivalidades surgidas entre ellos planteaban serios problemas que Isabel tuvo que resolver. En Sevilla las familias Guzmán y Ponce de León se enfrentaban de manera continua y no cedían ni obedecían a la corona porque los territorios estaban bajo su total control y nadie podía intervenir.

La Hermandad que los Reyes querían introducir significaba el fin de su fuerza, por lo que se opusieron a ella de forma tajante ya que hasta entonces nadie había mermado su poder y toda Andalucía era un coto de la nobleza donde la corona no tenía ni voz ni voto. Isabel entra en contacto con esos nobles para que entreguen sus posesiones a la Corona y que obedezcan a los Reyes como súbditos.  Mientras Isabel estaba por tierras andaluzas se estaban gestando movimientos en contra del establecimiento del poder monárquico de los Reyes Católicos, sobre todo en tierras de Extremadura, Galicia y Toledo. Alfonso Carrillo, el arzobizpo de Toledo, estaba haciendo el último intento de desbancar del poder a los Reyes invitando a Alfonso V de Portugal a trasladarse a Talavera de la Reina con sus tropas, lo que provocó una segunda invasión portuguesa. Hubo varios nobles que secundaron la iniciativa de Carrillo ya que no eran afines a la política de los Reyes. Asimismo, durante la larga ausencia de la reina se produjeron ciertos malentendidos entre los nobles en lo relativo a las promesas incumplidas que se habían pactado en los días de la reconciliación.

Por otro lado, Alfonso V de Portugal, como estaban en juego su orgullo, su honor y su prestigio, se sintió obligado por el compromiso adquirido a continuar la guerra contra Castilla defendiendo la causa de Juana. Dada su avanzada edad, encargó a su hijo la tarea de continuar la guerra, pero el príncipe no tenía interés en seguir la política de su padre ya que no le parecía sensato alargar la lucha y pensaba que ese conflicto que ya se alargaba demasiado no le convenía a Portugal. Los exiliados castellanos en Portugal y los nobles de las zonas de Galicia, Extremadura y Toledo animaban a Alfonso V a dilatar la guerra contra los Reyes Católicos para conservar sus intereses y su poder. Poco a poco la situación se fue poniendo en su contra y los Reyes alcanzan plenamente el poder dentro de Castilla, causa de que casi todos los nobles rebeldes se transformen en vasallos de Isabel y Fernando y abandonen la causa de Juana. Alfonso V se queda sin posibilidades de continuar la lucha y decide terminarla. Elige a su familiar Beatriz de Braganza para que negocie el fin de la guerra con Isabel, proponiendo las condiciones para un acuerdo de paz. El conflicto estaba localizado en las zonas fronterizas de Portugal con Andalucía, Extremadura, León y Galicia. Los nobles rebeldes partidarios de Juana que contaban con el apoyo de las tropas portuguesas seguían creyendo poder ganar la guerra y se resistían en sus fortalezas. Galicia iba a ser el último foco de la revuelta a favor de la nueva invasión portuguesa. La influencia de la Hermandad no llegaba a esa zona ya que Isabel y Fernando estaban solucionando los problemas del sur y no podían ocuparse de esa región tan lejana, pero las noticias de la segunda invasión portuguesa desde Galicia alarmó a los Reyes y Fernando abandona Sevilla y acude al norte. Alfonso de Monroy, clavero de la Orden de Alcántara, se pasa al bando enemigo cuando estalla el conflicto en Galicia. El conde de Camiña junto con el alcaide de Castronuño encabezan las tropas portuguesas.

El 7 de enero de 1479 Carrillo firma un documento con su rendición y se retira definitivamente a sus tierras. La diócesis de Toledo se somete a la autoridad de los Reyes. Entre los principales enemigos que ahora se someten se hallan Juan de Estúñiga, que recibe el maestrazgo de Alcántara a cambio de su obediencia, y el duque de Arévalo, que llega a un acuerdo con los Reyes, deja Arévalo y obtiene el ducado de Plasencia. Pacheco, marqués de Villena, el máximo responsable de esta guerra civil y el último rebelde y el más importante de todos, accede a la firma del acuerdo el 8 de marzo de 1480. En Galicia se extiende la Santa Hermandad y se promulgan cartas de perdón general y de restitución de los bienes, acordados por el Tratado de Alcaçovas para que los rebeldes entren a formar parte del vasallaje de la corona. No obstante, el conde de Camiña, Álvarez de Sotomayor, seguía resistiendo. Los Reyes nombran a Fernando de Acuña encargado del gobierno de Galicia y empieza a poner orden y justicia en la zona. Destruye cuarenta y seis torres. Mil quinientas personas abandonan el país. La disciplina de Acuña fue tan severa que partidarios de la banda isabelina como Alfonso de Fonseca, arzobispo de Santiago, protestan indignados por recibir el mismo trato que los rebeldes.

En 1479 muere Juan II de Aragón a los 81 años de edad y su hijo Fernando hereda los seis reinos que conforman la Corona de Aragón: Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Cerdeña y Sicilia. El legado Rodrigo Borja es elegido papa con el nombre de Alejandro VI (1492). El nuevo pontífice otorga el título de Católicos a los Reyes. Es la primera vez que unos reyes van a reinar de forma directa en lugar de servirse de validos o de la alta nobleza. Para conseguirlo necesitaban realizar grandes cambios, aunque la fusión de los dos reinos (Castilla y Aragón) por la unión de los jóvenes reyes Isabel y Fernando ayudará a crear una comunidad promonárquica, teniendo en cuenta que anteriormente la mayoría de los validos y de los nobles no se habían preocupado por los intereses del reino y del pueblo, sino por sus intereses particulares, que solo buscaban engrosar su poder y su patrimonio.

Isabel, al igual que Fernando, velarán por la prosperidad de su reino. El mismo año de 1479 termina la guerra con la derrota de Portugal y comienza la negociación en una localidad cercana a la frontera: Alcántara. Beatriz de Braganza, tía de Isabel, es la interlocutora que negocia con Isabel. Trae cuatro propuestas. La primera trata del matrimonio del príncipe Joao (Juan o Alfonso de Portugal, hijo de Juan II de Portugal) con Isabel, hija primogénita de los Reyes. La segunda consiste en la propuesta de matrimonio entre Juana la Beltraneja y Juan de Aragón y Castilla, hijo de los Reyes Católicos, príncipe de Asturias y de Gerona (títulos que se daban únicamente al heredero de Castilla y de Aragón respectivamente), aunque este tenía menos de un año. La tercera, la devolución de bienes, honores y oficios a todos los exiliados castellanos en Portugal. La cuarta y última, el reconocimiento del monopolio portugués de navegación por la costa africana. Isabel acepta todas las propuestas excepto la segunda, que deniega de forma intransigente.

La negociación dura varios meses y solo se firma el acuerdo el 4 de septiembre de 1479 en Alcántara y luego en Trujillo. Dicho documento fue uno de los más importantes de la moderna historia de Europa en cuanto que ponía fin a quince años de guerra y conflictos. Realmente no se trató de un acuerdo, sino de un intercambio de propuestas entre ambos lados, por lo que más que un tratado fueron cuatro puntos puestos sobre la mesa que con el paso del tiempo acercarían las posiciones contrarias.

La importancia del tratado radica en que, mediante los matrimonios de los príncipes, los dos países estrechan la amistad y los demás conflictos se resuelven por las buenas relaciones creadas a través de dichos enlaces familiares. La muerte de Alfonso V de Portugal en agosto de 1481 abre el camino para las buenas relaciones de alianza y amistad entre Castilla y Portugal.

Autor: Yutaka Suzuki para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Yutaka Suzuki. Personajes del siglo xv, Orígenes del Imperio español. ISBN 9788460690399. 2015.

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