El Rey Midas
Todos hemos oído alguna vez la historia del Rey Midas. Tras conseguir el don divino de convertir todo lo que tocase en oro, acaba dándose cuenta de que se trata más bien de una maldición.
No puede alimentarse porque cuando su legua toca cualquier alimento, éste también acaba convertido en oro. En algunas ocasiones se utiliza como ejemplo de cómo la avaricia desmedida termina poniéndose en nuestra contra.
El Rey Midas
Por supuesto el ilustre invitado queda encantado con la fiesta y cuando Midas lo lleva de vuelta ante Baco, éste se lo agradece dándole a escoger al Rey Midas el don que quisiese. Es aquí cuando Midas peca de avaricia y elige lo siguiente:
“haz que cuanto con mi cuerpo toque se convierta en resplandeciente oro”.
Baco concede ese poder al Rey Midas, el cual pone a prueba con resultados satisfactorios, convirtiendo variados objetos en oro. Sin embargo, cuando se dispone a comer se da cuenta, horrorizado, de que los alimentos se convierten en oro y el vino en el mismo metal fundido. Ovidio cuenta cómo
“Abundancia ninguna su hambre alivia. De sed árida su garganta / arde y como ha merecido le tortura el oro malquerido”.
El Rey Midas decide que ya no quiere ese don y suplica al dios que se lo retire. Baco le responde que acepta y que sólo tiene que ir hasta el nacimiento de río Pactolo y sumergirse en él. Cuando el rey así lo hace ve su poder traspasarse a las aguas del río:
“El rey sube al agua ordenada: su fuerza áurea tiñó la corriente / y de su humano cuerpo pasó al caudal”.
Una vez conocemos la narración mítica podemos preguntarnos ¿existió algún Rey Midas que sirviera como base a esta historia? La respuesta es afirmativa: existió un soberano llamado Midas que reinó sobre el pueblo de los frigios. Podemos situar su reinado aproximadamente entre el 740-739 a.C. y el 696-695 a. C. Su reino, Frigia, se extendía en lo que hoy es el centro de Turquía. Los frigios, no obstante, son originarios de Macedonia, habiendo emigrado a aquellas tierras hacia finales del II milenio a.C. Tanto en Macedonia como en Frigia existían yacimientos de oro, lo que explica que tuvieran fama de poseer enormes riquezas, dando pie a un origen mítico de las mismas a través de la fábula que analizamos.
Sabemos, también, que Frigia alcanzó su máxima extensión territorial e influencia política bajo el reinado de Midas. Las memorias del Imperio Asirio, la mayor potencia de la zona, nos informan de cómo Midas estableció un pacto con los luvitas de Karkemish, vasallos de los asirios, para alzarse contra ellos, tramando también distintos planes junto a otros vasallos de Sargón, el monarca asirio.
Aliado con los armenios, Midas consiguió que el temido Imperio Asirio pasase a la defensiva y estableciese una serie de fortificaciones como protección. Esta política dio un giro total cuando Midas decidió, entre los años 710 y 709 a. C., convertirse en vasallo de los asirios y solicitar su protección. El motivo de un cambio tan radical no era otro que el temor que le suscitaban los nómadas cimerios, un pueblo que habitaba el sur de la actual Rusia y Ucrania. El tiempo demostró que tal temor no era infundado, ya que dicho pueblo acabó invadiendo Frigia y Midas decidió quitarse la vida ingiriendo veneno.
La tumba de Midas se supone en la ciudad de Gordion. Allí encontraron los arqueólogos, en la década de 1950, un yacimiento con diversos muebles y un ataúd de madera. Lo bautizaron como el montículo de Midas. En otra ciudad turca, llamada Yazilikaya, se alza la llamada “tumba de Midas”, pero se trata de una fachada monumental que realmente es el resto de un templo dedicado a la diosa Cibeles. De hecho, Gordion fue la capital de Frigia durante el reinado de Midas, periodo que coincide con el esplendor de este Estado. Su prestigio lo atestigua la admiración que suscitaba entre la cultura helenística. El famoso historiador griego Herodoto cuenta cómo Midas hizo donación al santuario de Delfos de su trono real, el cual todavía se conservaba cual tesoro a mediados del siglo V a.C.
Autor: Santiago Pitarch para revistadehistoria.es
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