El culto a Vesta y las Vírgenes Vestales, luces y sombras

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En el centro de la península itálica, en las humildes cabañas de los primeros asentamientos del Lacio surgió el culto a Vesta, diosa del hogar. De este modo, se inició la devoción al fuego sagrado y su diosa protectora, el ritual para conservarlo e incorporarlo a la tradición religiosa romana y mistificarlo. Estamos delante de uno de los cultos más antiguos e importantes que abarcó gran parte de las etapas históricas de la antigua Roma y, en consecuencia, con más pervivencia en la sociedad romana.

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La antigüedad de Vesta se constata con la evidencia de su vinculación al asno, animal mediterráneo arcaico, siendo uno de sus atributos. También, Tito Livio nos dejó constancia sobre el establecimiento de su culto y la organización del sacerdocio de las vestales durante el reinado de Numa Pompilio, segundo rey de Roma (753 – 674 aC). Estos dos argumentos nos sitúan delante de una deidad y una institución religiosa femenina con una antigua tradición.

El culto a Vesta y las Vírgenes Vestales, luces y sombras

Inicialmente, Vesta recibió culto privado siendo la deidad femenina encargada de velar por el fuego sagrado que ardía, de manera incesante, en cada hogar romano para proteger a sus habitantes. Durante el Alto Imperio (27 aC – 285 dC) Vesta, junto a las grandes divinidades del panteón romano como Júpiter, Juno y Minerva, se convirtió en una de las deidades vinculadas al Estado romano, al establecerse el culto imperial con carácter público y oficial. Este impulso se sustentó en la figura del Emperador, que ostentaba también el título de Pontifex Maximus. No cabe duda que la religión en el ámbito familiar fundamentó la religión del Estado romano. Se estableció un paralelismo entre el pater familias de la familia tradicional romana y el Emperador como pater familias del Estado romano, en el cual se acogía a la población de Roma siendo el fuego eterno de Vesta la garantía de la protección del poder del Imperio.

¿Quiénes fueron las vestales? Inicialmente eran niñas de edad comprendida entre los 6 y los 10 años que pertenecían a la nobilitas romana y eran elegidas por el Pontifex  Maximus, principal sacerdote al cual estarían subordinadas, en un ritual en el que seleccionaba a las seis que serían las sacerdotisas de Vesta. La familia perdía la patria potestad y su manutención pasaba a ser sufragada por el Estado. A partir de su incorporación, formaban parte de una institución religiosa femenina para ejercer funciones sagradas abandonando a su familia en beneficio del pueblo de Roma. Desarrollaban un sacerdocio de treinta años de duración después de los cuales quedaban libres, recibían una dote y podían casarse. Su tierna designación aseguraba dos de los requisitos para ser una vestal: virginidad y castidad. A su ingreso, pronunciaban voto de castidad durante los treinta años de sacerdocio permaneciendo en el Atrium Vestae, casa de las vestales, situada en el Foro de Roma.
Sabemos por Plutarco que su ministerio se dividía en tres períodos: los diez primeros años aprendían los ritos, los diez siguientes los perfeccionaban y los diez últimos se dedicaban a transmitir su conocimiento sobre los rituales a las nuevas vestales. En la ceremonia de iniciación, que presidía la Virgo Vestalis Maxima, recibían una túnica blanca y las cintas sagradas. La indumentaria de las vestales se componía de una palla y la túnica blanca bordada con bandas infulae y bandas vitae. Su cabeza se cubría con un suffibulum, que era un velo blanco y, además, una banda blanca que cubría la cabeza denominada ínfula, que estaba dispuesta a modo de turbante en seis pliegues.

Función: garantes del fuego y el culto a Vesta

El templo de Vesta era el espacio sagrado donde las vestales vigilaban y mantenían el fuego purificador, que era renovado cada año, siendo su principal función. También custodiaban los objetos de la cámara sagrada que eran considerados inviolables; su conservación era un cometido de suma importancia, ya que los romanos creían que de la protección y custodia del fuego y de los objetos sagrados dependía la seguridad de Roma. Vesta era su protectora, por lo que es evidente que sobre las vestales recaía una enorme responsabilidad.

Realizaban la preparación de la sal u otras sustancias sagradas empleadas en rituales y celebraciones. Uno de los ritos más importantes fueron las Vestalias, fiestas en honor a la diosa Vesta, que se celebraban entre el 7 y el 15 de junio. Durante la festividad, las vestales participaban en distintos rituales y preparaban Mola Salsa que era una torta sagrada elaboraba mezclando harina y sal. Otra importante función la desarrollaron custodiando testamentos. Un claro ejemplo de ello nos llega de la mano de Suetonio, que nos expone la confianza que Julio César y Octavio Augusto depositaron en la Vestal Máxima, al encargarle la custodia del documento de sus últimas voluntades. También fueron depositarias de pactos privados de alto nivel político, por lo que dichas mujeres dispusieron de confianza, consideración
y respeto dentro de la sociedad romana. Su importancia social estaba directamente relacionada con su cometido sagrado en el que se sustentaban simbolismos políticos e ideológicos que se proyectaban en el imaginario del pueblo romano. Además, su distinción se hacía extensiva por su consideración como mediadoras  pudiendo expresarse en el Foro o ante un tribunal, como atestigua Tácito.

Luces: prestigio y privilegio social.

Las sacerdotisas de Vesta dispusieron de un estatus especial. Sus prerrogativas en el ámbito civil no estaban al alcance del resto de mujeres de la sociedad romana, por lo que estaban en una situación privilegiada. Sus honores se equiparaban a los que disfrutaban los hombres. Por esta razón, jurídicamente podían prestar testimonio ante la justicia y podían redactar testamento; en el terreno económico podían disponer libremente de sus bienes y administrarlos sin necesidad de un tutor. En sus salidas de la casa vestal, disponían de la protección de un lictor, funcionario que las escoltaba, poseían una litera para desplazarse y les era cedido el paso en la vía pública. En referencia a los espectáculos públicos, ocupaban un lugar preferente y fueron invitadas a asistir a los combates de los atletas en Olimpia.
Teniendo en cuenta las limitaciones sociales y culturales de las mujeres de la antigüedad, en el ámbito religioso la mujer de la nobilitas romana alcanzó cierto grado
de protagonismo y responsabilidad social. Éste fue el pilar de su importancia, la relevancia y posiblemente un espacio de poder. Aunque ligadas a la esfera religiosa,
destacaron de manera sobresaliente al ser su gestión muy considerada proporcionándoles visibilidad social.

Sombras: el precio de transgredir la norma.

Diversos autores clásicos atestiguan que las vestales estaban sujetas a estrictos preceptos cuya vulneración podía ocasionarles graves consecuencias. Dichas infracciones estaban relacionadas con la extinción del fuego sagrado, la prohibición de tener presencia masculina en el Atrium Vestae y la transgresión de su voto de castidad. El incumplimiento del reglamento suponía severos castigos físicos e incluso podían suponer su cruel ejecución. En este sentido, están documentados por distintos autores clásicos como Tito Livio y Plutarco algunos procesos y condenas contra las vestales que fueron consideradas transgresoras, aunque en ocasiones las pruebas estuvieran sustentadas en suposiciones o dudosas apariencias. Sin duda, el precio por infringir la norma fue severísimo, ya que estaba directamente relacionado con la caída del símbolo que representaban para Roma. Este hecho fue socialmente inadmisible cayendo todo el peso de la ley sobre la vestal que fuera
considerada una transgresora de la norma y el castigo debía ser ejemplar. Ningún tipo de rebeldía de una sacerdotisa podía poner en peligro el equilibrio y orden social del momento.

Estado-religión, en femenino.

Durante el Alto Imperio, es evidente la buscada conexión entre el Estado de Roma y la religión. Una de las estrategias de propaganda de esta vinculación fue la incorporación de la figura femenina de la Domus Imperatoria a la propaganda imperial. Dicha acción se entiende con una clara voluntad difusionista de la oficialidad del culto y de su sacralidad institucional. La vinculación estatal con Vesta y su significación fue explotada desde el inicio de la etapa imperial. A Livia Drusilla, tercera esposa de Augusto, se le encargó a la muerte de éste el sacerdocio de su culto imperial que incluía un conjunto de rituales religiosos realizados en honor al emperador difunto. Así mismo, se decretó que cuando la emperatriz entrara en el teatro se sentase entre las vestales.

La numismática verifica la continuidad de la relación estado-religión en femenino, con la evidencia de la emisión de moneda con la efigie de Vesta asimilada a distintas emperatrices de Roma de manera continuada. Fue una forma de propaganda muy efectiva y una estrategia política que consolidó el vínculo entre los valores del Estado y el imaginario religioso en una estrecha, larga y duradera relación entre política y religión. A través de las monedas, se presentaba a la sociedad romana la institución gubernamental y su adscripción a la esfera divina asegurando, al mismo tiempo, su difusión territorial.

Epílogo

El culto a Vesta y la institución religiosa de las vestales tuvo un fuerte arraigo entre la población romana. Por esta razón, posiblemente fue uno de los últimos ritos en
sucumbir ante el cristianismo, ya que perduró hasta el año 394 dC, cuando el Emperador Teodosio decretó su disolución junto con el resto de cultos considerados
paganos. Es indiscutible la luz que proyectaron en la sociedad romana, su visibilidad, la destacada trascendencia e influencia social, su reconocida labor y su elevado prestigio, aunque la sombra del precio que pagaron fue, también, muy alargada y con rincones oscuros. Transgredir la norma fue siempre considerado un ataque al Estado romano y su castigo fue implacable. Se desconoce la evolución que las vestales hubieran podido alcanzar como institución religiosa femenina, si la legislación teodosiana no las hubiera disuelto, pero lo que sí sabemos es que, con la progresiva implantación del cristianismo, el papel de la mujer en la institución religiosa quedó y sigue relegado más de 2.000 años después.

Su cometido tiene visibilidad social, pero se las mantiene alejadas de los cargos eclesiásticos. Dichas mujeres siguen consagrando su vida a la religión, continúan subordinadas a la figura masculina y el celibato se mantiene aparentemente como una premisa, por lo que pasados los siglos, siguen trazándose algunos claros y significativos paralelismos.

Autor: Montse Guallarte Salvat para revistadehistoria.es

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