El caballo de Troya

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El inicio de la guerra de Troya fue una predicción de Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, la cual vaticinaba la destrucción de dicha ciudad por culpa de su hermano, el príncipe Paris. Debido a esa predicción, Paris fue abandonado para que muriese cuando era un bebe, lo cual nunca ocurrió porque fue rescatado y criado por un pastor. Cuando fue mayor y se enteró de su procedencia, volvió a la corte, donde fue recibido con los honores propios de un príncipe. Tras su vuelta, fue invitado a una fiesta en el palacio del rey Menelao, rey de la Esparta Micénica y recién casado con la considerada la mujer más bella de la tierra, Helena. En este encuentro Paris, con la ayuda de Afrodita, seduce a Helena y juntos se fugan a Troya, donde sería desde entonces Helena de Troya. Menelao considera la fuga como un secuestro y convoca a una coalición de polis griegas para atacar la mítica ciudad, tras haber pactado dichas polis la defensa del matrimonio de aquel que eligiese a Helena. Estos acontecimientos generaron el detonante de la Guerra, seguidamente Troya debía prepararse para ser atacada por una inmensa flota que velozmente llegaría a sus famosas e infranqueables murallas.

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El caballo de Troya

El ejército griego estaba liderado por Agamenón, hermano de Menelao, y contaba con la ayuda de Aquiles, el mejor guerrero de la antigüedad divinamente protegido, así como por su primo y discípulo Patroclo. También contaba con la ayuda del astuto Odiseo y de Ajax, un gigante de fuerza inusitada. Por su parte, los troyanos están al mando del príncipe Héctor, hermano de Paris, carismático y glorioso general. A pesar de que las murallas de Troya son una gran ventaja, los aqueos les superan en una proporción de diez a uno.

Despúes de un complicado periplo de la flota griega, con equivocaciones en el rumbo y con repentinas faltas de viento, la gran flota arriba en la costa de Troya, en cuyas playas se libra una importante batalla en la que el ejército troyano liderado por Héctor cosecha su primera derrota contra el ejército aqueo (ejército griego), siendo la actuación de Aquiles en la batalla especialmente importante. Los griegos pronto sitiaron la ciudad durante nueve largos años y arrasaron las aldeas cercanas donde tomaron multitud de esclavos, entre ellos a Criseida, la hija de Crises, sacerdote de Apolo. Crise imploró ayuda a Apolo, quien castigó a los griegos con una enorme plaga que diezmó a las tropas aqueas.

Tras varios años de asedio por parte de los griegos, Troya seguía sin poder ser tomada. A pesar de los esfuerzos y muertes que se habían sucedido en las innumerables batallas, los griegos sólo conseguían imponerse en pequeñas escaramuzas que no les reportaban más que triunfos parciales. Ante estos hechos se ideó una estratagema que permitiría a los helenos obtener el triunfo. Se trataba de construir un gigantesco caballo de madera en cuyo interior se encerrarían los más valerosos soldados griegos.

El resto de los soldados se haría a la mar con su flota después de haber incendiado las tiendas, e irían hasta la isla de Tenedos, donde vararían sus barcos y esperarían. Esta retirada provocó que los troyanos salieran a la playa, con la creencia de la definitiva deserción de sus enemigos. Allí encontraron el gigantesco caballo y a un único griego, Sinón, que les relató sus desdichas. Éste les contó como sus compañeros intentaron convertirle en la víctima de un sacrificio para conseguir los favores de Atenea y que ésta favoreciera su viaje de regreso a sus hogares. Sin embargo, había conseguido escapar de su destino refugiándose en el caballo, consagrado a la diosa.

El relato conmovió a los troyanos que en ningún momento dudaron de la veracidad del griego, y a pesar de los ruegos de algunos adivinos para que celaran del regalo heleno, decidieron introducir el caballo dentro de las murallas de la ciudad. Una vez que llegó la noche, el bravo Sinón ascendió hasta una torre y desde allí, con una antorcha, hizo la señal que las naves de Tenedos esperaban para emprender el regreso, luego descendió hasta la plaza, donde se encontraba el caballo y golpeó sobre él, dando el aviso para que sus compatriotas salieran de él. Cuando los griegos del interior del caballo salieron, abatieron a los centinelas de las puertas de la ciudad, lo que pemitió a sus compañeros entrar sin dificultad. Así Troya fue saqueada, sus mujeres violadas o asesinadas, los hombres y niños masacrados y, finalmente, fue pasto de las llamas durante una larga guerra que duró diez años. Sólo sobrevivieron algunas mujeres, entre ellas Helena, que no tardó en volver a gozar de los favores de su esposo Menelao; y Eneas, que bajo la proteción de Afrodita (su madre), consiguió huir de la ciudad junto a su padre y su hijo.

Algunas fuentes señalan a Odiseo como el precursor de la idea para la construcción del caballo que venció a la ciudad de Troya. Una de las más antiguas representaciones del caballo de Troya aparece en el llamado Vaso de Mikonos, del siglo VII a. C . Bajo las instrucciones de Odiseo o de Atenea, el caballo fue construido por Epeo el feocio, el mejor carpintero del campamento. Tenía una escotilla escondida en el flanco derecho y en el izquierdo tenía grabada la frase:

“Con la agradecida esperanza de un retorno seguro a sus casas después de una ausencia de nueve años, los griegos dedican esta ofrenda a Atenea”.

Los troyanos, grandes creyentes en los dioses, cayeron en el engaño. Lo aceptaron para ofrendarlo a los dioses, ignorando que era un ardid de los griegos para traspasar sus murallas.

Del caballo en la entraña escondidos, los otros en torno se agrupaban de Ulises ya en medio de Troya; los teucros por sí mismos lo habían arrastrado al alcázar y, erguido en mitad, discutían a su pie y en confuso alboroto. Tres sentencias allí se escuchaban: romper con el bronce implacable la hueca madera, llevarlo arrastrando a la cima y dejarlo caer por las rocas, guardarlo como ofrenda preciosa a los dioses. Y fue esta postrera la que luego se había de cumplir, pues conforme al destino la ciudad debería perecer una vez que albergase al caballo de tablas ingente en que estaban los dánaos más ardidos tramando a los teucros matanza y ruina. Y contaba después el saqueo que aquellos hicieron tras fluir del caballo dejando su hueca emboscada: cada cual por un lado pillaba el alcázar excelso, pero Ulises, dijérase Ares, marchó hacia las casas de Deófobo; al lado llevaba al sin par Menelao. Allí, dijo, empeñó su más duro combate, más pronto la victoria inclinó a su favor la magnánima Atena.

La Odisea, Canto VIII, 500-520

En iconografía, el tema del caballo de Troya se volvió popular en el arte de la Grecia clásica, helenística y en el arte romano, encontrándose con innumerables variantes. A lo largo de los siglos siguientes, el caballo de Troya continuó proporcionando inspiración a muchos artistas y escritores, constituyendo uno de los temas más trabajados de la tradición épica, llegando incluso ha extenderse al mundo del arte contemporáneo, aparece representado en la 11 Bienal de Arte de La Habana.

La historia de la guerra de Troya fue contada por primera vez en la Ilíada de Homero, pero el mencionado caballo no aparece hasta la Odisea, posteriormente otros escritores ampliaron el episodio. La Ilíada de Homero, está considerada uno de los poemas escritos más antiguos del mundo occidental, datando del siglo VIII a.C., varios siglos después de la famosa contienda.

El arqueólogo alemán Heinrich Schliemann comenzó a excavar la colina de Hisarlik (actual provincia de Canakkale en Turquía) en 1870, tras unas prospecciones iniciales realizadas por Frank Calvert siete años antes, distinguiendo nueve ciudades o estadios de ocupación del lugar.

Se asignó la fase de Troya II a la Troya homérica por haberse encontrado allí unas joyas similares a las de Helena. Misiones arqueológicas posteriores identifican a Troya VI como la Troya homérica porque coincide en el tiempo con la Ilíada. Algunos arqueólogos opinan que posiblemente la Troya de Homero sea la VI y la VII.

Cito la famosa exclamación que Laoconte, gran sacerdote de Neptuno en la ciudad de Troya, realizó al ver el caballo de madera, y que recoge el poeta latino Virgilio en la Eneida, libro II:

“Timeo Danaos ut dona ferentis”

(temo a los griegos aunque hagan regalos).

Autor: Mónica Montes Cruz para revistadehistoria.es

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