Sulpicia, poetisa romana

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 Sulpicia fue una de las pocas mujeres escritoras de la Antigüedad cuya obra ha llegado hasta nosotros. Seis poemas de amor, escritos al estilo de los poetas elegíacos como Catulo o Propercio, y dedicados a su amado Cerinto, son todo lo que conservamos de su producción literaria. No obstante, son suficientes como para haber producido una gran cantidad de material historiográfico sobre la figura de esta mujer que vivió en el s. I d.C.

Vida de Sulpicia

Sulpicia vivió bajo el gobierno de Augusto en Roma. Su padre era el orador Servio Sulpicio Rufo, hijo del jurista Servio Sulpicio Rufo. Su madre, Valeria, era hermana de Marco Valerio Mesala Corvino, compañero de estudios de Cicerón y patrono de Tibulo.

Sulpicia, poetisa romana
Sulpicia, poetisa romana

En este ambiente intelectual que la rodeaba, Sulpicia adquirió una educación que, como era el caso de todas las mujeres romanas de la élite, cubrió diversos aspectos; no obstante, y debido al círculo de poetas que se creó en torno a su tío Mesala, con literatos como Ovidio, Tibulo o Ligdamo, Sulpicia debió aprender el arte de la poesía desde niña.

Huérfana de padre, Sulpicia se crió bajo la potestas de su tío materno, quien parece que la crió dándole una libertad que no era típica de las mujeres romanas. Es por ello que suele hablarse de Sulpicia como de una mujer “emancipada”, que fue capaz de escoger a quién amar y rechazar la constricción que el matrimonio suponía para las romanas.

Obra de Sulpicia

La obra de Sulpicia ha llegado hasta nosotros de forma accidental, ya que no constituye un corpus propio, sino que se inserta dentro de la obra de Tibulo. Este hecho puede deberse a que las mujeres tendrían en Roma poca o ninguna oportunidad de publicar sus escritos y de difundirlos. Por otro lado, integrar sus poemas dentro de la obra de Tibulo garantizaba a Sulpicia que sus creaciones no pasarían al olvido y se seguirían copiando como parte de los poemas de alguien afamado. Los seis poemas que conservamos, un total de 40 versos, son los que siguen:

Al fin me llegó el amor, y es tal que ocultarlo por pudor

antes que desnudarlo a alguien, peor reputación me diera.

Citerea, vencida por los ruegos de mis Camenas,

me lo trajo y lo colocó en mi regazo.

Cumplió sus promesas Venus: que cuente mis alegrías

quien diga que no las tuvo propias.

Yo no querría confiar nada a tablillas selladas,

para que nadie antes que mi amor lea,

pero me encanta obrar contra la norma, fingir por el qué dirán

me enoja: fuimos la una digna del otro, que digan eso.

 

Aborrecible se acerca el cumpleaños, que en el fastidioso campo

triste tendré que pasar, y sin Cerinto.

¿Hay algo más grato que la ciudad? ¿Es apropiado para una chica

una casa de campo y el frío río del lugar de Arezzo?

Descansa de una vez, Mesala, preocupado por mí en demasía;

a veces, pariente, no son oportunos los viajes.

Me llevas, pero aquí dejo alma y sentidos

por mi propia decisión, aunque tú no lo permitas.

 

¿Sabes que el inoportuno viaje ya no preocupa a tu chica?

Ya puedo estar en Roma en tu cumpleaños.

Celebremos los dos juntos el día de tu aniversario

que te viene por casualidad, cuando no lo esperabas.

Está bonito lo que te permites, despreocupándote de mí,

seguro de que no voy a caer de repente como una tonta.

Sea tuya la preocupación por la toga y la pelleja que la lleva,

cargada con su cesto, antes que Sulpicia, la hija de Servio.

Por mí se preocupan quienes tienen como motivo máxima de cuita

que no vaya a acostarme con un cualquiera.

¿Tienes, Cerinto, una devota preocupación por tu chica,

porque ahora la fiebre maltrata mi cuerpo cansado?

¡Ay!, yo no desearía librarme de la penosa enfermedad,

si no creyera que tú también lo quieres.

Pero, ¿de qué me valdría librarme de la enfermedad, si tú

puedes sobrellevar mis males con corazón indiferente?

Para ti no sea yo, luz mía, un ansia tan ardiente

como parece que fui, hace algunos días;

si alguna falta cometí, tonta en mi exceso de juventud,

de la que confieso que me arrepiento más,

es haberte dejado solo ayer por la noche

deseando disimular mi ardiente pasión.

Todos los poemas, como se puede comprobar, tienen como tema central el amor de Sulpicia por Cerinto. Rechazada ya la antigua teoría de que Cerinto sería el prometido de Sulpicia, la historiografía ha apostado por la opción de que sería más bien su amante, lo que destaca la valentía de los poemas de la poetisa, que se atreve a expresar un amor que en Roma se encontraba prohibido para las mujeres, que debían limitar su sexualidad al matrimonio.

Sulpicia, poetisa romana
Sulpicia, poetisa romana

No sabemos si, como aventuran algunos autores, la relación acabó con un feliz matrimonio, sobre todo si tenemos en cuenta que probablemente Sulpicia ya se encontrase prometida con algún hombre y Cerinto no perteneciera a la clase social adecuada para unirse a ella. Lo que sí se desprende de sus poemas es que Sulpicia era una mujer inusitadamente libre para la época en la que vivió, y que mostraba sus sentimientos sin importarle lo que la sociedad romana opinase al respecto.

Otra Sulpicia poetisa

A finales del mismo siglo en el que escribió Sulpicia, y concretamente en época de Domiciano (51-96 d.C.), vivió otra poetisa del mismo nombre. La conocemos gracias a Marcial, quien alaba su obra, llegando a compararla con Safo. De esta Sulpicia nos han llegado dos obras: un volumen de poemas, en los que describe los métodos empleados para conservar el afecto de su esposo Caleno, y un poema-diálogo entre la escritora y la musa Calíope, en el cual se protesta contra el edicto de Domiciano del año 94 en virtud del cual se expulsaba a los filósofos de Roma.

Una muestra, en definitiva, de que las mujeres de la Antigüedad podían convertirse en grandes poetisas.

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