Nacidos para reinar, inidóneos antes de suceder

Nacidos para reinar, inidóneos antes de suceder

En el inaprehensible universo de las ucronías, son muy apreciadas las especulaciones en torno a lo que hubiera acaecido si tal o cual hecho histórico se hubiere o no verificado: desde la no extinción de los dinosaurios hasta la derrota de los aliados en la II Guerra Mundial, pasando por el empleo de la máquina del tiempo para evitar magnicidios, conjeturas todas ellas profusamente noveladas, guionizadas y filmadas a lo largo de los años.

En el presente artículo se sugiere, en esta misma línea de alternatividad histórica, una mirada acerca de lo que podría denominarse el negativo del linaje real español. Un breve recuerdo de los que, naciendo legitimados para portar la corona, no llegaron a hacerlo por diferentes razones. Un relato, en suma, de los «No Reyes» en la historia de la monarquía española, que arroja un saldo estupefaciente entre los que accidentalmente se sentaron en el trono y los que, teniendo el derecho, por unas circunstancias u otras, no lo lograron.

Nacidos para reinar, inidóneos antes de suceder

Desde Sancho Alfónsez en 1108, primogénito de Alfonso VI y primer «No Rey» hasta el conde Barcelona o Juan III para los juanistas, que renunció a sus derechos dinásticos en favor de su hijo Juan Carlos en 1977, la línea sucesoria en la monarquía española, más que línea debería calificarse como una verdadera concatenación de meandros sucesorios, algunos con decisivos efectos políticos para la historia de España.

Infantes muertos al nacer o mientras jugaban; príncipes caídos en combate; herederos fallecidos súbitamente; reyes asesinados; bastardos coronados; jóvenes enclaustrados por su propio progenitor; renuncias a los derechos dinásticos; enfermedades invalidantes; presiones políticas o, finalmente, llamados a suceder que hubo que declararlos incapaces por una tóxica consanguinidad endogámica, todos ellos forman una dinastía tan legítima como alternativa de extraordinario interés tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo.

Políticas, decisiones y estrategias de Estado tuvieron que modificarse o adaptarse ante la prematura muerte, la caída en desgracia o la incapacidad del legítimamente heredero, provocando incluso la sustitución de casas reales en el trono, como ocurrió con los Borgoña, que sí no es por la reina Urraca no habrían reemplazado a los Jimena; los Trastámara, si se tiene en cuenta que ni Pedro I ni su hermanastro Enrique fueron primogénitos o los Borbones, que se beneficiaron de la decadencia cromosómica de los Austrias. Y aún hoy, algunas de esas ramas frustradas en su día perviven, como la Casa de Medinaceli, depositaria de la herencia de los reivindicativos de la Cerda o mantienen sus aspiraciones dinásticas como los Borbón Martínez-Bordiú.

Y desde el punto de vista cuantitativo, resulta acentuadamente ilustrativo comprobar como de los treinta y nueve monarcas reinantes entre Sancho II (1065), primer rey castellano, y Felipe VI (2014), actual soberano, dieciséis de ellos, es decir, nada menos que el cuarenta y uno por ciento, no deberían haberlo sido si la lábil línea sucesoria se hubiese mantenido incólume. Un linaje completo. Un verdadero negativo real. Una historia, seguro, radicalmente distinta.

Autor: Raúl C. Cancio Fernández, Letrado del Tribunal Supremo, Académico Correspondiente Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Doctor en Derecho para revistadehistoria.es

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