Alexis Saint Martin, el extraordinario caso del hombre probeta

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Hay desgracias individuales que suponen una bendición para la ciencia, infortunios que aceleran el avance del conocimiento. Un rápido vistazo a la historia de la medicina basta para convencernos de que los ejemplos se multiplican por centenas, si no por millares: Henry Molaison, Anatoli Bugorski, Phineas Gage o, si se quiere, en el mundo de la ficción, el paciente examinado a corazón abierto por el Dr. Robert Merivel (1). Alexis Saint Martin es otro de esos desdichados que han pasado a la historia como cobayas involuntarias de la medicina.

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Alexis Saint Martin, el extraordinario caso del hombre probeta

Corría la mañana del 6 de junio de 1822 cuando Alexis Saint Martin, un trampero canadiense de apenas veinte años de edad, fue accidentalmente alcanzado por un disparo mientras trabajaba en un puesto de venta de pieles de la isla Mackinac, en la región de los Grandes Lagos. La bala perdida entró en su cuerpo bajo las costillas a la altura del abdomen. El herido fue rápidamente trasladado a un cercano cuartel del ejército, donde recibió los primeros auxilios de manos del doctor William Beaumont, el otro protagonista de esta historia. Hijo de un granjero y sin formación superior, Beaumont, que intervino como cirujano de campaña en la guerra anglo-estadounidense de 1812, había sido recientemente destinado al destacamento militar de la isla Mackinac.

La falta de una educación médica formal era común en un ejército y en unos tiempos convulsos necesitados de curanderos. El aprendizaje era consecuencia de la práctica. Además, las escuelas de medicina escaseaban en Norteamérica por aquel entonces. Buena parte de los estudiantes de medicina aprendían leyendo tratados bajo la dirección de un doctor reconocido. Tal fue el caso del joven Beaumont.

De vuelta a Mackinac podemos decir que, tras las primeras exploraciones, el diagnóstico del cirujano estaba lejos de ser halagüeño, pero, contra todo pronóstico, Saint Martin pudo sobrevivir gracias a que su cuerpo se las arregló para desarrollar una fístula gástrica entre el estómago y la piel. Durante los primeros diecisiete días, parte de los alimentos ingeridos por el paciente escapaba por los labios de la herida. Solo a partir de entonces el estómago empezó a plegarse sobre sí mismo para tapar el agujero.

La herida sanó, pero sin cicatrizar. Insólitamente no llegó a cerrarse por completo, de modo que era posible observar a simple vista lo que sucedía en el interior del estómago del paciente. Fue entonces cuando Beaumont comprendió que aquella hendidura representaba una ventana abierta a lo desconocido. En efecto, los fisiólogos de la época ni siquiera sabían si la digestión respondía a procesos químicos o mecánicos.

Incapaz de volver a su trabajo, Saint Martin fue contratado por Beaumont para desempeñar labores de mantenimiento, pero detrás de la decisión del cirujano estaba la voluntad de retener en su casa a un paciente tan extraordinario, incluso cuando fue trasladado a Fort Niagara en agosto de 1825, donde se mudaron ambas familias. Hacía tiempo que Beaumont venía practicando una serie de experimentos usando el estómago de Saint Martin como un tubo de ensayo vivo.

Por lo común, los experimentos consistían en atar una pieza de comida al extremo de una cuerda y en introducir el alimento en el estómago a través del hueco abierto por la herida. Pasados unos minutos, horas a veces, el curandero tiraba de la cuerda y comprobaba los efectos que el ácido gástrico había causado en la comida. Asimismo, Beaumont recogió algunas muestras de jugo gástrico, que analizaba posteriormente haciéndolo destilar sobre una porción de comida colocada en una taza.

Aquella materia de estudio, puesta a disposición de un investigador preparado para interpretarla adecuadamente, permitió que Beaumont sentara importantes conclusiones, entre las que destaca el descubrimiento de que la digestión no se rige solamente por procesos mecánicos, sino también y sobre todo químicos, protagonizados por lo que hoy conocemos como enzimas digestivas.

En 1833, el doctor publicó el resultado de sus investigaciones en un libro significativamente titulado Experiments and Observations on the Gastric Juice and the Physiology of Digestion. Pese a su precaria formación en fisiología, Beaumont sentó las bases del conocimiento moderno sobre el estómago y su manual se convirtió en el vademécum de la disciplina hasta bien entrado el siglo XIX. La mayor aportación de este tratado consiste en la identificación del principal responsable del proceso digestivo: el ácido clorhídrico. Sin embargo, algunos registros testimonian que observaciones similares a las de Beaumont se habían realizado en Europa años antes. Es el caso de Jacob Anton Helm, un médico vienés que en 1797 también recurrió a métodos experimentales para estudiar el estómago de una de sus pacientes, Therese Petz of Breitenwaida, que había desarrollado de manera espontánea una fístula gástrica parecida a la de Saint Martin. Lo mismo ocurrió en 1801, cuando dos médicos parisinos, Guillaume Dupuytren y Xavier Bichat, atendieron la fístula de Madeline Gore; pero, tras someter el jugo gástrico a un análisis químico, llegaron a la conclusión de que este líquido era similar a la saliva.

Solo después de publicar el tratado con el que ha pasado a la historia, el cirujano estadounidense permitió que su tubo de ensayo humano hiciera vida por cuenta propia. Beaumont se estableció en Saint Louis, Missouri; mientras Saint Martin volvía a su hogar en la región de Quebec, Canadá. Habían saldado su deuda mutua para siempre.

En 1853, Beaumont falleció de manera fortuita al resbalar en un escalón helado y golpearse en la cabeza mientras salía de la casa de uno de sus pacientes en Saint Louis. Por su parte, Alexis Saint Martin sobrevivió a pesar de su alcoholismo hasta la edad de 86 años, en 1880, cuando murió. Su familia dejó que el cadáver se descompusiera exponiéndolo cuatro días al sol y, acto seguido, lo enterró en un profundo foso sin más seña que un puñado de piedras amontonadas a ras de tierra junto a la iglesia quebequesa de St. Thomas de Juliette.

Autor: César Rodríguez Orgaz para revistadehistoria.es

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Referencias:

(1) Henry Molaison (1926-2008) sufría graves crisis de epilepsia. En la operación con la que se pretendía curarle este mal los cirujanos le extrajeron el hipocampo. Como consecuencia de ello, perdió de por vida la memoria a corto plazo.

El científico ruso Anatoli Bugorski (1942-) trabajaba con un acelerador de partículas cuando el sistema falló y su cabeza fue bañada por un haz de protones emergentes, lo que le causó diferentes trastornos faciales y craneales para el resto de sus días.

Phineas Gage (1823-1861) fue un trabajador de ferrocarriles inglés. Su cráneo fue atravesado por una barra de hierro. Sobrevivió al accidente, pero su personalidad después de lo ocurrido cambió por completo.

El Dr. Robert Merivel es el protagonista de la novela Restoration, escrita por Rose Tremain en 1989, donde figura como un médico inglés del siglo XVII. En un pasaje de la novela, el doctor Merivel atiende a un paciente con un boquete tan grande en el pecho que deja ver el corazón latiendo a través de él.

Bibliografía:

Beaumont, W., 1838, Experiments and Observations on the Gastric Juice and the Physiology of Digestion, Maclachlan and Stewart, Edinburgh. En línea: https://archive.org/details/2543009R.nlm.nih.gov [4-03-2017]

Gould, G. y Pyle, W., 1986,  Anomalies and Curiosities of Medicine, W. B. Saunders, Philadelphi,. En línea: https://archive.org/details/anomaliescuriosi00goul [4-03-2017]

Karlawish, J., 2013, Open Wound. The tragic obsession of Dr. William Beaumont,
University of Michigan Press, Michigan.

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