La Odisea Patagónica de Hilario Tapary

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En el siglo XVIII el indígena paraguayo Hilario Tapary cruzó la Patagonia caminando hasta llegar a Buenos Aires, en una travesía que duró más de dos años.

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Esta historia comienza a fines de 1752, cuando el rico comerciante porteño Domingo Basavilbaso intentó explotar las salinas situadas en las cercanías del puerto San Julián (actual provincia de Santa Cruz) con el objeto de abastecer de sal a la ciudad de Buenos Aires. Para ello envió a la nave San Martín, comandada por el capitán Jorge Barné.

La Odisea Patagónica de Hilario Tapary

Tras 24 días de travesía, arribaron a las costas de San Julián el 10 de enero de 1753.   Una vez en tierra firme, el capitán escribió:

“La primera cosa que hicimos al dar fondo en San Julián fue ir en busca de las Salinas, y estuvimos día y medio antes de que hallásemos la mas chica de las dos, y la grande la hallamos después. Agua buena no pudimos hallar mas que un pocito en el Camino de la Salina Grande”

[i]. El ambiente comenzaba a conspirar contra los aventureros.

El 14 de marzo de 1753, cargado de sal, el San Martín emprendió el regreso a Buenos Aires. Pero decidió el capitán que alguna gente se quedara para cuidar a los animales y el galpón con herramientas, y tuvieran listo el siguiente cargamento para cuando el barco regresara. La elección recayó sobre el español Santiago Blanco, el asiático (“indio oriental”) José Gombó y el indígena paraguayo Hilario Tapary. Si a eso sumamos un negro de Angola que había huido veinte días antes,

“se puede decir que se quedan en este tierra uno de cada parte de las cuatro del mundo”

[ii], comentaría el capitán. Les harían compañía dos perros cuzco.

Pero cuando la expedición regresó el 17 de noviembre, no encontraron rastro de los tres hombres dejados. Hicieron contacto con algunos indígenas tehuelches, que no les dieron información sobre los mismos. El barco partió un mes después, pero naufragó el 9 de enero de 1754, salvándose la tripulación pero perdiéndose la totalidad de la carga.

El 17 de enero de 1754 llegó a Buenos Aires un grupo de veinte indígenas pertenecientes al cacique Bravo, para dar cuenta al gobernador de un enfrentamiento con otra tribu. Basavilbaso los recibió en su casa, y aprovechó para preguntarles, por medio de un intérprete, acerca de sus hombres. Uno de ellos le respondió que los indios de esa zona eran de su nación “tehuelche” de la que se había separado de pequeño para unirse al cacique Bravo, y prometió traer de vuelta a los hombres en caso de hallarlos.

¿Qué había sucedido con los hombres dejados en San Julián? A los pocos días de haber zarpado el primer barco rumbo a Buenos Aires, el español Blanco sufrió una crisis nerviosa causada por el temor a los indígenas y huyó, abandonando a sus compañeros. Los últimos días de marzo o los primeros de abril, aprovechando la baja del mar, veinte indígenas atacaron el refugio y robaron el almacén. Al día siguiente regresaron por lo poco que quedaba, junto con toda la ropa que no llevaban puesta. No demostraron ninguna intención de dañarlos, solo tomaron los escasos objetos y, tras abrazarlos, se retiraron.

Atemorizados, Hilario Tapary, José Gombó y los dos perros iniciaron la huída hacia el norte, dispuestos a recorrer a pie los 2.265 kilómetros que los separaban de Buenos Aires, bordeando la costa del mar.

Con los perros pudieron cazar algunos animales pequeños para alimentarse e hicieron coladores para poder filtrar la sal del agua de mar. Pero el asiático Gombó bebió en exceso agua salada y cayó con el estómago destrozado, sin poder dar un paso más. Tapary se quedó dos días a su lado, pero comprobó que no había nada que pudiera hacer por el, ya que su cuerpo no contenía la más leve humedad y no halló agua dulce para reanimarlo. Entonces se despidió llorando y continuó trayecto acompañado por los perros.

La travesía no estaría exenta de penalidades. Llegó a pasar los labios por el barro de una laguna seca para refrescarse, y mató un lobo marino para comer su carne, beber su sangre y hacer cantimploras con la piel. Cuando halló un manantial, pensó en regresar a socorrer a Gombó, pero lo consideró inútil ya que era imposible que hubiera sobrevivido tantos días en su estado.

Pasado un largo trayecto dejó de encontrar lobos marinos y perdió a uno de los perros que huyó tras unos ñandúes. Tras varias semanas de hambre y falta de agua dio con un pequeño riachuelo, en el que permanecieron dos días reponiéndose de la deshidratación. Para cruzarlo debió proveerse de algunas ramas secas de sauce ya que no sabía nadar. Se alimentaron de lo que pudieron hallar: plantas, almejas, pescado:

“por inmundo que fuese, para él, todo le era comida deliciosa y gustosa”[iii].

Su suerte cambio cuando arribó al Río Negro. Allí se le aproximaron un grupo de indígenas blandiendo sus lanzas. Pensó que se lanzarían sobre él pero, al contrario, le indicaron que los siguiera a sus tolderías. Allí logró reabastecerse alimentándose de ñandúes, caballos y ciervos. Cuando estuvo en condiciones de montar, le hicieron entrega de un caballo para que pudiera participar de sus cacerías. Después de un tiempo, la comunidad cruzó el río y acamparon en la orilla opuesta, dedicándose a la caza y al juego. Pasados unos días se mudaron a otro lugar, siempre buscando aguadas para ellos y sus animales.

Allí Hilario comenzó a notar que se estaban acercando a la campaña bonaerense por la abundancia de caballos cimarrones. Un día, se destacaron doce hombres e Hilario preguntó,

“aunque por señas porque nunca se entendieron”[iv],

si se dirigían hacia aquella zona, y al recibir una respuesta afirmativa, pidió unirse a la expedición. Partió con ellos, pero quedó rezagado y se perdió. Al verse solo nuevamente decidió dirigirse a la costa y continuar con su plan inicial de bordearla. Esta vez no contaba con su compañero canino que había quedado con los indígenas, pero sí con un caballo que le permitía recorrer mayores distancias.

Al poco tiempo conoció a un hombre perteneciente a la tribu del cacique Bravo y partió con él. Luego de permanecer un tiempo con ellos, decidió regresar a Buenos Aires, por lo que le dieron todo lo necesario para el viaje.  El 6 de enero de 1755, tras casi tres años de travesía, Hilario Tapary regresaba a la capital del Virreinato. El comerciante Basavilbaso decidió escribir su historia para que no se perdiera y el historiador italiano Pedro de Angelis la publicó en 1836 en su colección de documentos.

Lo más curioso es la forma en la que finaliza el relato:

“Llegando a esta ciudad el 6 de enero  de este presente año de 1755, en donde se halla con ánimo de volverse a embarcar para el tráfico de la sal y el descubrimiento de la costa”[v].

¡Como si no la hubiese descubierto a lo largo de la travesía!

Hilario Tapary continuó viviendo en Buenos Aires donde murió, ya anciano, en 1807 combatiendo contra los invasores ingleses. Su nombre no figura entre los muertos ilustres de aquella jornada a los que el Municipio porteño les dedicó una calle al año siguiente[vi].

Autor: Luciano Andrés Valencia para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

[i] “Viaje que hizo el San Martín desde Buenos Aires al puerto de San Julián, el año de 1752 y del de un indio paraguayo, que desde el puerto vino por tierra a Buenos Aires”, en: De Ángelis, Pedro; (comp.) Colección de Obras y documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las provincias del Río de La Plata, tomo IV, Buenos Aires, Plus Ultra, 1969 (1836), p. 77.

[ii] “Viaje que hizo el San Martín…”, op. cit., p. 80.

[iii] “Relación que ha hecho el indio paraguayo nombrado Hilario Tapary, que se quedó en el Puerto de San Julián desde donde vino por tierra a Buenos Aires”, en: De Ángelis, Pedro; (comp.) op. cit. P. 97.

[iv] “Relación que ha hecho el indio paraguayo…”, op. cit., p. 98.

[v] “Relación que ha hecho el indio paraguayo…”, op. cit., p. 101.

[vi] Balmaceda, Daniel; Oro y Espadas, Buenos Aires, Marea, 2006, p. 170.