Isabel la Católica, el Tratado de Barcelona, la Toma de Nápoles y su Testamento

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Justo después de la toma de Granada los intereses de Isabel la Católica y sobre todo de Fernando, se centraban en la recuperación de los territorios pirenaicos que su padre tuvo que ceder a los franceses.

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A través de la presión diplomática se consigue que Francia ceda los territorios del Rosellón y de la Cerdaña con la firma del Tratado de Barcelona en 1493.

Tratado de Barcelona

La estrategia de los Reyes consistió en formar una alianza con Inglaterra, que tenía el mismo tipo de problema territorial con Francia, ofreciendo en matrimonio a su hija Catalina, y otra con el Sacro Imperio Romano Germánico, con el fin de atenazar a Francia desde el norte de modo que se viera obligada a negociar la paz con España devolviendo los territorios reclamados.

Con este tratado las relaciones entre España (Castilla) y Francia volvían a la situación de 1463. El liderazgo de los Reyes Católicos, su alianza con los grandes de Europa y la potencia militar demostrada en la guerra de Granada hicieron temblar a Francia, que no estaba dispuesta a entrar en guerra con España.

El objetivo de Francia era invadir Italia y controlar todo el territorio peninsular, donde tenía muchos intereses. Con el Tratado de Barcelona creía que se aseguraba su intervención en Italia sin la oposición de España, debido a que en una cláusula se especificaba que España no apoyaría al rey de Nápoles en contra de los intereses de Francia. Pero Fernando detalló una excepción que aclaraba que si el Vaticano era atacado, España prestaría el apoyo preciso al pontífice.

El papa Alejandro VI tenía que contentar a las dos potencias que controlaban la zona para poder mantener el equilibrio en los Estados Pontificios de Italia, motivo por el cual se acercó a Carlos VIII de Francia con el pretexto de solicitar el apoyo del país galo contra el ataque turco.

Toma de Nápoles

Mientras, Carlos VIII preparaba la invasión por el norte para ocupar el reino de Nápoles y someter a toda Italia bajo el mando francés. El papa necesitaba la intervención de los Reyes Católicos para salvar la situación. Fernando, ante la petición papal no reaccionó y esperó acontecimientos, ya que no quería romper el Tratado de Barcelona y tampoco le interesaba ayudar a Alfonso II de Nápoles.

Francia invade Italia con facilidad, toma Roma y el reino de Nápoles se rinde sin apenas resistencia, es decir, cae por su propio peso en 1494. Fernando, como buen político y diplomático, buscó argumentos para denunciar a Francia por su incumplimiento del Tratado de Barcelona en lo referente al ataque al pontífice, y a la vez para reclamar la herencia de su tío Alfonso V y hacer valer su derecho legítimo sobre la corona de Nápoles una vez fallecido Alfonso II. Carlos VIII, ante la protesta de Fernando a través de su embajador, hace caso omiso y contesta que ya hablarían de sus derechos cuando terminara de ocupar Italia y todo el reino se hallara bajo su mando. La táctica de los Reyes Católicos era la de presionar a Francia mediante la Liga Santa orquestada por el papa, de forma que la participación de España en la guerra de Nápoles fue considerada una mera asistencia a la Liga Santa para salvar los Estados Pontificios. Los Reyes trabajaron intensamente para que la casa borgoñona del Imperio e Inglaterra entrasen en la Liga.

A pesar de la enemistad entre Inglaterra y la casa borgoñona, los Reyes Católicos convencen a ambos para que formen parte de la Liga, con el resultado de que Francia se queda sola como enemiga de la Liga, además de rodeada por tres potencias enemigas, causa de su retirada de Nápoles. Fernando sale triunfador de esta guerra por la vía de la negociación y de la alianza con los vecinos, aunque Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán) jugó un importante papel en el campo de batalla contra el ejército francés, que en aquella época se consideraba invencible. Pero formar una alianza militar, política y mercantil de ese orden era prácticamente imposible porque los intereses de los cuatro países (España, Portugal, Inglaterra y el Imperio borgoñón) nunca iban a coincidir para organizar una alianza duradera. Por ello la diplomacia diseñada por los Reyes Católicos tiene un gran significado histórico.

El acuerdo de la Liga Santa fue posible gracias a la mediación española, aunque aparezca el papa como su cabeza visible. Francia se presentaba como un invasor malvado que había que expulsar de la península itálica, y, por tanto, la guerra no fue entre Francia y España, sino de todos contra Francia. Fernando salió vencedor y pudo echar a Francia de Nápoles sin desgastar su ejército en demasía. Con esta alianza la situación de Europa, no solo de Italia, se estabiliza y se aborta el anhelo expansionista de Francia. El liderazgo de España se va consolidando poco a poco. Italia se oponía a la intervención extranjera, pero España entró en calidad de formante del reino de Nápoles que se enfrentaba a la potencia extranjera que representaba Francia.

Los estados italianos aceptaban a España como parte de su familia ya que les ayudaron a combatir al enemigo y a socorrer al papa, centro de equilibrio de toda Italia. A pesar de que el ejército francés era muy superior, gracias a la gran habilidad de Fernando, este pudo vencer a Francia con la firma de la paz favorable a España sin utilizar apenas la fuerza militar, tan solo la de pequeños grupos de guerrilleros. Se destaca la victoria de Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán) sobre Calabria en el verano de 1496, con la consiguiente derrota del ejército francés. Los rebeldes se rinden y Francia pierde casi todas las posiciones. Cuando parecía que la guerra iba a finalizar, en octubre de ese año el rey de Nápoles Ferrante II muere sin dejar heredero y le sucede su tío Fadrique, amigo de Francia y contrario a los intereses de la Corona de Aragón. El conflicto italiano aún continuará hasta 1504, año en el que se produce el triunfo definitivo de España. Francisco de Rojas, embajador ante el Imperio borgoñón, consigue el 20 de enero de 1495 el consentimiento del emperador Maximiliano de Austria para el doble enlace de Juana la Loca y Felipe el Hermoso y de Juan y Margarita (hermana de Felipe el Hermoso). No fue necesario el reconocimiento francés debido a la ruptura del Tratado de Barcelona.

Los esponsales (mutua promesa de casarse) de Juana y Felipe, y de Juan y Margarita se celebran en Malinas (Bélgica) y en Valladolid respectivamente, en 1495, aunque la propia boda no tendrá lugar hasta el 18 de octubre de 1496, la primera, y hasta 1497, la segunda. Por otro lado, la diplomacia española consigue la reconciliación entre Inglaterra y Escocia, jugando España el papel de mediador internacional de primer orden.

El año de 1498 no fue bueno para España debido a que el marido de Juana la Loca, el archiduque Felipe el Hermoso, por su condición de francófilo no actuó a favor de los Reyes Católicos, a pesar de ser su yerno, sino del rey francés. Al morir el príncipe heredero Juan, casado con la archiduquesa Margarita, en octubre de 1497, poco después de su boda, la ambición de Felipe por ser el heredero de la corona de España junto a su mujer Juana se precipita y pacta con el rey de Francia sin la autorización de los Reyes Católicos. Francia aprovecha la situación y se apodera de Milán. Fue un enorme disgusto para los Reyes conocer esta noticia y la personalidad nefasta de su yerno. Una desgracia que va a causar múltiples problemas en el futuro de España. Felipe actuaba sin el consentimiento de su padre, el emperador Maximiliano de Habsburgo, ni el de sus suegros, los Reyes Católicos, que eran realmente quienes tenían el poder de decisión. El 15 de agosto de 1498 Francia firma un tratado de paz con Felipe el Hermoso, quien lo suscribe en nombre del Sacro Imperio de su padre. Por dicho tratado presta vasallaje a Luis XII de Francia.

Esto repercute en un empeoramiento de la relación de los Reyes y su yerno. Se alcanza el punto más bajo de la alianza hispanoflamenca en 1498-1499.  Mientras tanto, la relación hispanoinglesa mejora con el acuerdo del enlace matrimonial entre la hija pequeña de los Reyes, Catalina, y el hijo primogénito de Enrique VII de Inglaterra, Arturo. Aunque Catalina sale de Granada, atraviesa toda Castilla, llega a Galicia y zarpa desde La Coruña el 25 de julio, no puede proseguir la navegación por causa del mal tiempo, lo que la obliga a hacer escala en el puerto de Laredo (Cantabria) hasta el 27 de septiembre, motivo por el que no llegará a Plymouth hasta el 3 de octubre. La boda se celebra el 14 de noviembre de 1501 en Londres. Los Reyes ordenan a Juana y a Felipe que regresen a España para ser coronados y jurados como príncipes herederos en las Cortes de Castilla y Aragón. Deciden acudir juntos una vez que obtengan el permiso de Luis XII. Se entrevistan los príncipes con el rey francés, quien, con motivo de su llegada, durante los festejos de bienvenida regala una cantidad de monedas de oro a Felipe el Hermoso, protocolo que simbolizaba el vasallaje por parte del que recibía la ofrenda.

Felipe recibe el donativo ritual, demostrando con ello su fidelidad y vasallaje. Llegado el turno de la reina, esta se dirige a Juana para el acto de la entrega, pero ella lo rechaza de forma tajante. Juana, siendo hija de los Reyes Católicos, sabía perfectamente que no tenía que recibir tal regalo ya que España no era vasalla de Francia; por el contrario, Juana debía ser tratada con el mismo rango que los reyes de Francia. Este pequeño incidente, no grave, demuestra el carácter y el orgullo de Juana, para quien, a pesar de ser la esposa de Felipe el Hermoso, era primero su dignidad como hija de los Reyes Católicos antes que como archiduquesa del Sacro Imperio. Durante esos años la hija mayor, Isabel, que había quedado viuda al fallecer su marido Alfonso de Portugal poco después de su boda (1491), vuelve a casar con el rey de Portugal Manuel el Afortunado en 1497.

Nace Miguel como heredero de España y Portugal, pero Isabel muere después del parto. Dos años más tarde fallece Miguel, muriendo con él la esperanza de los Reyes. De esta manera, con la muerte de Juan, Isabel y Miguel la desgracia familiar de Isabel la Católica se acentúa en la última fase de su vida. A pesar de todo, Isabel no cejará en su intento y no perderá la esperanza: ofrece su hija María, la última que le quedaba, al rey viudo Manuel el Afortunado (cuñado de María). El enlace tiene lugar el mismo año de la muerte de Miguel, en 1500. De este matrimonio nace Isabel, la nieta que va a ser la esposa del emperador Carlos V, otro nieto de los Reyes Católicos. Isabel, ya enferma, se enfrenta con un panorama muy poco alentador para el futuro del reino que tanto le había costado crear: tener que dejar toda la herencia a su hija Juana, quien no demostraba su capacidad de buena gobernante, y a su marido Felipe el Hermoso, que casi se consideraba un enemigo de España. Fuera del ámbito familiar, la política de expansión hacia los nuevos territorios occidentales prosigue; también lo hace hacia el sur de la Península, al norte de África, para impedir un posible ataque musulmán (conquista de Melilla en 1497).

Mientras, su marido Fernando se ocupa del conflicto con Francia por el reparto de Nápoles. En 1502-1503 se presenta la crisis tras la muerte del príncipe heredero Arturo de Inglaterra, que deja viuda a Catalina. Aunque se negocia el acuerdo de otro matrimonio con su hermano Enrique, la relación de España e Inglaterra estaba en peligro de irse a pique. Ante el debilitamiento del prestigio de los Reyes de cara a Francia, se firma el Tratado de Granada, un tratado secreto, por el que se acuerda el reparto de Nápoles con Francia. El motivo del Tratado fue que a España no le venía bien entrar en guerra con Francia en Italia porque el ejército francés era bastante superior y más disciplinado que el español, circunstancias que alejaban la posibilidad de ganar en un enfrentamiento armado. Era prácticamente imposible el mantenimiento del reparto territorial entre ambos países ya que chocaban en las líneas fronterizas, que no se podían fijar de forma precisa.

Estalla la guerra de Nápoles, donde el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, sale como gran vencedor derrotando a un ejército francés que se consideraba invencible en aquel momento. Será en 1502 cuando comience la segunda guerra de Nápoles, que finaliza en 1503 con la victoria fulminante de España. La táctica empleada por el Gran Capitán y la habilidad del ejército español, a pesar de enfrentarse a una potencia francesa abrumadora, acabaron aniquilándola. Fernando toma Nápoles como su nuevo rey y España se va a perfilar como una gran potencia en la Europa del siglo xvi.

Testamento de Isabel

En 1504, sintiendo próxima su muerte, Isabel empieza a preparar el testamento. No modifica la línea de sucesión para su hija Juana la Loca y su consorte Felipe el Hermoso, pero deja manifiesto que si Juana no demuestra su capacidad para el buen gobierno, el heredero del reino será su nieto Carlos, hijo mayor de los príncipes, dejando como regente a su marido Fernando como gobernador de Castilla durante la minoría de edad de Carlos. Felipe el Hermoso no hereda el trono de Castilla, a pesar de ser el consorte de la reina Juana, lo que provocará conflictos posteriores entre la nobleza porque Fernando es rey de Aragón, no de Castilla, y la nobleza castellana prefería tener a Felipe como rey por ser el marido de la reina Juana.

Aparece la figura del cardenal Cisneros como persona que se hace cargo de la regencia cuando muere Fernando hasta que Carlos llegue a la edad de ser proclamado. La última etapa de Isabel estuvo repleta de tristeza y desgracias: su hija Catalina y su nieta María estuvieron acosadas por la tiranía de Enrique VIII en Inglaterra. Normalmente se nace y se vive con una mezcla de buena y de mala suerte a lo largo de la existencia, más o menos larga. En el caso de Isabel, la suerte no fue nada buena en su infancia, pero con el tiempo la buena suerte fue apareciendo poco a poco hasta llegar a su máximo esplendor en 1492.

A partir de entonces su suerte comienza a tomar el camino contrario y la desgracia le acompañará hasta el final de su vida. Isabel como reina de Castilla contribuyó más que nadie a la creación del Imperio español de los siglos xvi y xvii, tanto en España como en el resto del mundo. Su vida personal fue sacrificada en bien del interés de España, lo que suele ocurrir cuando se trata de personajes de Estado, como fue el caso de Isabel. Muere a los 54 años en Medina del Campo (1504), dejando viudo a Fernando, el rey más importante de la historia de España.

Autor: Yutaka Suzuki para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Yutaka Suzuki. Personajes del siglo xv, Orígenes del Imperio español. ISBN 9788460690399. 2015