Eurico, un Godo guerrero y legislador

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El ascenso al Trono de Eurico se efectuó de forma violenta: hizo asesinar a su hermano Teodorico en Tolosa a finales de 466.

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Eurico (Ewrich, ‘rico en leyes’), era de temperamento enérgico y de gran inteligencia, dándose cuenta del estado en que se encontraba el Imperio Romano, no dudó en aprovechar estas circunstancias para crear un Reino gótico independiente.

Eurico

Eurico encontró poca resistencia en las Galias. Contra él fue Glicerio con un Ejército de ostrogodos mercenarios, también arrianos, que, en lugar de combatir, se unieron a los visigodos. Siagrio, General romano, le atacó con un Cuerpo de auxiliares francos, al mando de su Rey Hilderico, sucesor de Meroveo, el cual fue derrotado.

Eurico se anexionó las ciudades de Arlés, Marsella, Clermont-Ferrand y Burdeos. No menos afortunado fue Eurico en España, donde su Ejército, en menos de tres años se posesionó de casi toda la Península, excepto de los montes Vascos y de Galicia, que Eurico dejó a los suevos, como premio a su fidelidad. Eurico ya no conquistaba para Roma, como hicieron sus antepasados, sino para sí mismo. Fue el primer Rey independiente hispanogodo.  Con él, el Imperio Visigodo llegó a su máximo esplendor y expansión. La Galia, desde el Ródano y el Loira hasta el Océano, le perteneció.

Cuando el hérulo Odoacro fue proclamado Rey de Italia, el 23 de agosto del 476, el Imperio Romano, junto con su último César, Rómulo Augusto, había dejado de existir. El Senado declaró que el Capitolio abdicaba del Imperio del mundo. Cuando Odoacro confirmó a Eurico el derecho a la posesión de todas sus conquistas en Las Galias y en España, éste ya no lo necesitaba, pues consiguió ser el Soberano más poderoso de Occidente, dando a su pueblo una grandeza que jamás tendría. Burdeos, donde residía la Corte de Eurico, se convirtió en el centro del mundo Occidental. Allí acudían sicambros, sajones, ostrogodos, burgundios, bizantinos y persas en busca de ayuda y favores.

Sidonio Apolinar describe a los Príncipes y embajadores que acudían a la Corte de Eurico: “Vemos allí al sajón de ojos azules, al viejo sicambro, que, rapado después de la derrota deja crecer de nuevo su cabellera hacia el occipucio: el hérulo de mejillas verduscas como los golfos del Océano que habita: al borgoñón, alto de siete pies, que dobla la rodilla para pedir paz”. Había también un número considerable de galorromanos que actuaban como secretarios.

Eurico ya poseía un poder autónomo, y ni bárbaros ni romanos tenían escrúpulo en ponerse a su servicio. En cierta ocasión un amigo le pidió a Sidonio Apolinar que le compusiera una dedicatoria que pensaba grabar en una placa de plata que deseaba regalar a Ragnahilda, esposa de Eurico, con la esperanza de conseguir algún cargo. San Sidonio Apolinar consistió, rogándole que no revelase quién era el autor de la dedicatoria haciéndole ver que Ragnahilda quedaría mucho más impresionada por el peso de la placa que por la habilidad literaria de la inscripción.

Eurico añadió a la gloria de conquistador y guerrero la de legislador. Como en su Corte no faltaban los administradores romanos, los gramáticos, los retóricos, los poetas y, en particular, los jurisconsultos, encargó a su Ministro León, uno de los más sabios jurisconsultos de su tiempo, que dirigiera la recopilación y redacción del Codex Euricianus, que vino a conciliar la teoría romana con la práctica visigoda.

Eurico dio las primeras leyes a su pueblo, pero esas leyes fueron escritas en latín por jurisconsultos galorromanos y llenas de la influencia del Derecho Romano, pues Eurico, más que germanizar la Galia, sobre la que se asentaban los visigodos, pretendía romanizar a su pueblo. Eurico, arriano celoso, ejercicio la persecución contra los católicos (cristianos), especialmente en las Galias, y sobre todo en la guerra sin cuartel que desarrolló en la Auvernia (centro de Francia), en la que prevalecieron los motivos religiosos; sin embargo, este tipo de persecución ha de enmarcarse en el ámbito político, puesto que tras la caída del Imperio Romano de Occidente se produce el derrumbamiento de las instituciones y de las autoridades, siendo los Obispos los herederos de estas instituciones.

Así, el elemento visigodo, que es arriano, se vio obligado a luchar contra el creciente poder de la Iglesia. Cuando hacía los preparativos para invadir Italia y destronar a Odoacro, le sorprendió la muerte en Arlés.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

Lee más sobre el autor en:  sites.google.com/site/joseacepas/

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Bibliografía

RÍOS MAZCARELLE, Manuel. Diccionario de los Reyes de España.

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