El Concilio del Terror

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Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: “no tardaré en volver. El día y la hora, nadie las sabe”.

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Así comienza El gran inquisidor, de Los hermanos Karamazov. Efectivamente, ni la propia Iglesia ni sus fieles saben cuándo llegará el Juicio Final. Pero mientras, hubo un papa que creyó posible juzgar a los muertos…

El Concilio del Terror

Parece que hablamos del juicio póstumo, la conocida acción “legal” de la ejecución póstuma. Pero este caso va más allá, y puede ser catalogado como estrafalario, morboso: el juicio que acusó al cadáver del papa Formoso de haber accedido en vida a su cargo de manera irregular. Es el Sínodo del terror, o Concilio cadavérico, del que es, quizá, el juicio más macabro de la Historia.

Formoso, entonces obispo de Oporto, que había actuado como embajador del papado en Constantinopla por el cisma de Focio y en Bulgaria, se verá involucrado en un problema legal. Según los cánones no se podía pasar de una diócesis a otra, una excusa para juzgarlo. En realidad, desde Juan VIII había miedo a su creciente poder.

Juan siempre confió en él, pero su relación se enfrió tras convertirse Formoso en legado de Francia y buscar emperador. Un rumor fuerte recorrió Roma, aún hoy no se sabe si con motivos: estaba traicionando al papa, pues su apoyo para rey de Italia no fue para Carlos el Calvo, favorito del papado, sino para Arnulfo de Carantania, hijo de Carlomán. Un desafío en toda regla. Que Formoso huyera de Roma no contribuyó a calmar a Juan VIII, famoso por sus excomuniones… y lo excomulgó.

Solo con la llegada del papa Marino I, Formoso recupera crédito y obispado. Todavía sería un hombre importante, pero no papa, bajo los pontificados de Adriano IIIy Esteban V. Como fuera, tras la muerte de Carlos II el Gordo, los carolingios decaen en Italia. Se perfilan dos candidatos a rey: Berenguer, marqués de Friuli, y Guido, duque de Spoleto. Guido es el que se impone coronado por Esteban V. Formoso, elegido ya pontífice en 891, lo coronará emperador, e incluso será presionado para que elija luego a su hijo, Lamberto. Y así lo hace, coronándolo en 894.

Harto de tejemanejes, y de las pretensiones sobre Italia, Formoso se rebela y corona por fin a Arnulfo de Carantania. Esta fue la mecha de la venganza que incluso muerto no podrá evitar.

Hasta aquí hay cierta explicación. Sin embargo, que Esteban VI, hijo de un sacerdote, obispo experimentado, hombre de la Iglesia, se prestara a ello, tiene menos explicaciones. Porque el sucesor inmediato de Formoso, Bonifacio VI, no abrió ningún tipo de juicio, si bien murió en quince días. Seguro que Lamberto, como especifica el profesor Olaf, presionó; de hecho, es la explicación oficial. Pero ese acto de odio, ese acto de juzgar a un cadáver, parece inaudito.

Terror en Roma

Situación: 9 meses tras morir. Lugar: San Juan de Letrán, “madre de todas las iglesias”. Acusación: haber dejado su puesto por otro de manera irregular. Esteban VI, en petición estrambótica, exhuma el cadáver de su predecesor y, vestido el muerto de pontífice y sentado en el trono de San Pedro, comienza a ser juzgado. Y cuando decimos un juicio decimos un juicio: un tribunal acusó al putrefacto cuerpo mientras un diácono respondía en nombre de Formoso, como voz de ultratumba.

El veredicto: perjurio. Y se declara ilegal el papado retroactivamente. Ante arzobispos, obispos y hombres fuertes de Roma, le van retirando insignias, le amputan tres dedos de la mano derecha (los de bendecir), cambian sus ropajes pontificales por otros laicos para demostrar que no es santo y anulan las actas de su pontificado y ordenaciones.

El cuerpo se arrastró por los pies y se enterró donde se enterraban los peregrinos anónimos que morían en Roma. Pero al poco, Esteban VI entendió que esto no era suficiente y para acabar la profanación, los restos serán arrojados al Tíber.

¿Y qué pasó con el cuerpo?

La leyenda dice que unos pescadores lo recuperaron; otros, que un monje lo hizo tras la aparición espectral en sueños de Formoso:

“¡Saca del río mi cuerpo, que fue arrojado a él!”.

Y se enterró en secreto.

Tras el asesinato de Formoso, pontificado de cuatro años, el caos: Bonifacio VI duró quince días; Esteban VI, quince meses; Romano, cinco; Teodoro II, veinte días.

Romano y Teodoro II intentaron restituirle. Ya con Juan IX en 898, en el sínodo de Rávena, se rehabilitó parte, reconociéndolelos actos oficiales, exceptuando la coronación de Arnulfo, y se prohibió juzgar a los muertos. Luego llegaría Sergio III en 904. Anuló los concilios y se dice realizó un nuevo juicio al cadáver; aquí es donde algunos autores apuntan que se tiró el cadáver al río, no anteriormente. Hasta que Sergio III deja el pontificado no se vuelven a recoger los restos y se entierra definitivamente en San Pedro. Hay quien niega que hubiera nuevo juicio al cadáver, pero las fuentes son confusas.

Como ocurrió en su etapa obispal, cuando huyó, recuperó su honor en dos ocasiones. Este papa, de quien desconocemos nombre completo, pareció luchar contra todo. Pero la leyenda continuó: el año del asesinato de Esteban VI, se hundió la fachada de San Juan de Letrán, el lugar del juicio, y, en 1464, el cardenal Barbo (Pablo II), quiso denominarse Formoso II, pero fue conminado a abandonar tal idea por maldita.

Desconocemos si fue juzgado o enterrado una vez o dos. No importa. El hecho es que con su enterramiento culminó uno de los espectáculos más bochornosos de la Iglesia.

Autores: José David y Pablo Eugenio Rodríguez Vázquez para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

DONADO VARA, Julián y ECHEVARRÍA ARSUAGA, Ana (2014), Historia Medieval I, Ramón Areces, Madrid.

DOSTOIEVSKI, F. (2013), Los hermanos Karamazov, Alba, Barcelona.

FIELD, Jacob F. (2014), Discursos que inspiraron la historia, Edaf, Madrid.

LABOA GALLEGO, Juan María (2013), Historia de los papas. Entre el reino de Dios y las pasiones terrenales, Esfera de los Libros, Madrid.

LOYN, H. R. (1998), Diccionario de Historia medieval, Akal, Madrid.

RADER, Olaf B. (2006), Tumba y poder, Siruela, Madrid.

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