Dioses de Hispania. La religión en la Iberia antigua

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Antes de que el cristianismo se impusiera como religión dominante en la Península Ibérica, los múltiples pueblos indígenas y las influencias recibidas por comerciantes y colonos mediterráneos habían configurado un complejo mosaico de dioses, cultos y creencias en los territorios de Hispania. La religión y los dioses romanos se extendieron sobre estos pueblos asimilando a un gran número de creencias indígenas, en un profundo proceso de sincretismo que permite tanto analizar el carácter sincrético e integrador del panteón romano, siempre que las otras formas de religión no entraran en contradicción con el culto imperial.

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Dioses de Hispania. La religión en la Iberia antigua.

Entre los pueblos celtas y celtíberos, la religión era en gran parte similar a la procesada por los celtas de la Galia y las Islas Británicas, aunque destaca la ausencia de una casta de druidas fuerte y organizada como en el resto de Europa. Se sabe que los rituales celtas se realizaban al aire libre, generalmente en parajes cercanos a ríos, arroyos o fuentes de agua. También es frecuente la adoración a elementos del paisaje natural, como el caso de un roble sagrado en Burandón o un monte en Galicia, del que estaba prohibido extraer oro con herramientas de hierro. Estrabón dejó constancia de rituales y bailes celebrados en las noche de luna llena a una deidad sin nombre. Tito Livio, por su parte, afirmó que el dios principal de estos Hispanos era Marte, en una forma de identificación del dios de la guerra celta con el romano que ha sido confirmada por la epigrafía de la época. Son también frecuentes en la geografía de la mitad norte peninsular topónimos relacionados con el dios pancéltico Lugus, una clara muestra de la difusión de su culto desde época prerromana. El culto a las Matres, deidades celtas de la fertilidad, estuvo así mismo muy implantado entre los indígenas así como el culto a los ancestros, sobreviviendo este último mismo en una forma romanizada como el culto a los Lares, Manes o Tutela.

Menos datos tenemos sobre la religiosidad de los iberos del Levante peninsular. Sabemos de la extensión por esta zona del culto a Artemis Efesia desde las colonias griegas de Masalia (Marsella), Rodes (Rosas) y Emporion (Ampurias). Los púnicos, por su parte, introdujeron la adoración a Baal Amón y a la diosa Astarté/Tanit, que los romanos asimilaron a Cronos y Juno respectivamente. Las figuras representadas en algunas cerámicas iberas han sido interpretadas como diosas de la fertilidad y deidades guerreras asociadas a los caballos de origen indígena.

El sur peninsular fue la región de mayor influencia fenicia y oriental. Se han hallado santuarios prerromanos vinculada a la diosa fenicia de la fertilidad Astarté en varios lugares del valle del Guadalquivir, y exvotos a la diosa en muchos más puntos de la península. La figura de esta diosa de la fertilidad y la guerra fue bien acogida por las sociedades agrarias y guerreras de estas tierras, que la asimilaron a sus propias deidades nativas. Un ejemplo de esto es el culto a la diosa Noctiluca, que tuvo una isla consagrada frente a las costas de la actual Málaga y que se encuentra vinculada a la fertilidad marina. El culto a Melqart, que los romanos asociaron a Hércules, también fue traido por los colonos fenicios, que levantaron un templo al dios en Gades y le consagraron una isla frente a las costas onubenses, sirviendo ambos puntos como lugares organizadores del comercio entre colonos y nativos.

La implantación del panteón romano hubo de hacerse sobre este sustrato de creencias de los habitantes de Hispania. Aunque fue común, como ya hemos visto, la asimilación de las deidades preexistentes a sus equivalentes romanos, ambos sistemas de creencias y cultos presentaban diferencias. El principal era el hecho de que la religión romana se organizaba en torno a templos urbanos y no en espacios naturales, tal como tenían por costumbre los indígenas. Por otro lado, hubo determinadas divinidades que, al encajar con los cultos indígenas, fueron recibidos muy cómodamente por estos, especialmente aquellas como Diana, que en su imagen de diosa lunar entroncaba con los cultos a la luna célticos y cuyos rituales han sobrevivido en algunas zonas hasta hace relativamente poco tiempo. A través de los soldados se extendió el culto a Marte entre los belicosos pueblos hispanos, en ocasiones asociado al culto imperial, pues era este uno de los principales elementos legitimadores del Estado romano. Las actividades de los comerciantes, que implicaban un intenso contacto con los indígenas, eran protegidas por las diosas Demeter y Ceres, cuyos templos vigilaban estas transacciones comerciales. El dios Mercurio, asociado al poder político, fue igualmente potenciado en las nuevas provincias romanas.

La unificación política del mundo mediterráneo permitió la introducción en Hispania de una nueva oleada de cultos orientales, traídos por soldados, mercaderes y esclavos. Uno de los de mayor éxito, especialmente entre las mujeres, fue el culto a la diosa egipcia Isis, cuya adoración esta atestiguada por los numerosos iseos encontrados y sabemos de las procesiones realizadas en su honor. También se encuentran indicios de adoración al greco-egipcio Serapis o al iranio Mitra, divinidades traídas por los legionarios que habían servido en las campañas orientales del Imperio.

Sería mediante esta influencia de la religión oriental como penetraría el cristianismo en la Hispania, no hallándose muestras claras de su implantación hasta al menos el sigo III d.C. Al igual que haría el panteón romano, la nueva religión acudiría al sincretismo religioso con respecto a algunos cultos y deidades, cuyas funciones se asociarían a los nuevos santos y no pocos lugares de culto precristiano serían ocupados por los nuevos fieles.

Autor: Javier Campos para revistadehistoria.es

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Bibliografía

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