Leovigildo, visigodos, hispanorromanos y bizantinos

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Leovigildo (Lew-gild), joven ilustrado y vigoroso, fue asociado al Trono en calidad de corregente por su hermano Liuva I, en el segundo año de su reinado. Antes de su acceso al Trono, Leovigildo estuvo casado con Teodosia, hija de Severiano, Gobernador bizantino de la Provincia de Cartagena, de la que tuvo dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, nacidos probablemente hacia el año 560. En 568, cuando falleció su esposa, contrajo matrimonio con Godesvinta, viuda de Atanagildo, con lo cual conseguía la fidelidad de la poderosa clientela de su predecesor. Godesvinta aportaba a su nuevo marido, y futuro Rey, una considerable influencia sociopolítica representada por la facción nobiliaria que apoyó a Atanagildo.

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Leovigildo

Seguramente, Leovigildo pensaría que Toledo bien valía una misa arriana, pues durante su Reinado Toledo se consolidaría definitivamente como la capital del Reino visigodo, tras las tentativas de Teudis y Atanagildo. Estratégicamente, Toledo dominaba una red radial de calzadas romanas, en el centro del gran eje Sevilla- Mérida-Zaragoza-Barcelona, lo que la convertía en el punto ideal para quien pretendiera dominar el Noroeste y Mediodía de España. Además, Toledo tenía otra ventaja: su reducido y escarpado perímetro la hacía fácilmente defendible con pocos efectivos militares.

Leovigildo ya había cosechado éxitos militares estando aún asociado al Trono. El más resonante, que le dio gloria y poder, fue la toma de Córdoba mediante un ataque nocturno en 572, que terminó definitivamente con las posibilidades de expansión bizantina. Poco después, falleció Liuva I y Leovigildo asumió el poder. En el transcurso de su Reinado, Leovigildo desterró la practica tribal según la cual el Rey comía con sus amigos y trataba a los nobles como iguales. Adoptó por primera vez los signos de la Realeza: manto, cetro o corona, rodeando a su Trono de algo de la pompa bizantina. Posteriormente, las coronas fueron conservadas como ofrendas votivas, como las de Recesvinto encontradas en Guarrazar (Guadamur, Toledo). Fue el primer Rey visigodo que acuñó monedas de oro, en las que aparecía su imagen cubierta con una capa corta, el palusamentum, junto con el nombre del lugar de la acuñación. Bajo su Reinado se llevó a cabo la revisión del código de Eurico; se suprimieron las leyes que estaban atrasadas añadiéndose otras nuevas. En un intento de solucionar el siempre difícil problema de sucesión al Trono, asoció en 573 a sus dos hijos.

Ya asentado en el Trono, la atención de Leovigildo se centró en resolver los problemas que la Monarquía visigoda tenía pendientes. En 574 penetró en Cantabria, tomó Amaya, que a partir de entonces sería un baluarte militar de primer orden para la vigilancia de la zona, y dominó la región. Al año siguiente, efectuó una incursión en la región de Orense, donde hizo prisioneros y se apoderó de un rico botín. En 576 traspasó las fronteras del Reino suevo y su Rey, Miro, se vio obligado a concertar una tregua con Leovigildo. Tuvo que desviar su atención del Norte, porque en 577 se produjo una rebelión rural en Sierra Morena que sofocó atacando Oróspeda, entre Guadix y Baza, y ocupando las ciudades y los castillos de la zona, hasta que quedó totalmente controlada la situación. En 578, Leovigildo había resuelto positivamente sus problemas militares, sofocando todas las revueltas; incluso había eliminado a los usurpadores en potencia, desterrando o matando a todos aquellos que tenían por costumbre organizar conjuras para asesinar a los Reyes. Leovigildo ejercía ya un Gobierno sobra la Septimania y sobre toda España, exceptuando las posesiones bizantinas, el Reino suevo y el País Vasco, que los visigodos nunca pudieron dominar.

Leovigildo fue también el primer Rey que fundó una ciudad, al sur del pueblo de Zorita de los Canes a unos 50 kilómetros de Guadalajara, llamándola Recópolis en honor a su hijo Recaredo. Leovigildo, consciente de los errores cometidos por sus predecesores, dedicó estos años a consolidar el poder real y llevar a cabo la tan necesaria reforma político-administrativa. Los métodos que empleó fueron drásticos e implacables, pero después de los años de debilidad de sus antecesores, se hizo necesario proceder como él lo hizo. En cierto modo, fue el arquitecto del edificio hispano visigodo. De hecho, ni la dramática guerra civil que el país iba a vivir daría al traste con su obra. Leovigildo pensó que una alianza con Reino central franco, Austrasia, garantizaría la seguridad de la Galia visigoda.

Muerto Sigeberto, su esposa Brunequilda se hizo cargo del Gobierno durante la minoría de edad de su hijo Childeberto. Leovigildo solicitó en matrimonio a una de las hijas de Brunequilda para su hijo Hermenegildo. Ingundis, nieta de Gosvinda, fue conducida a Toledo en una impresionante carroza, seguida por su dote de carros cargados de adornos y riquezas. A su paso por Adge (Occitania francesa), en la Septimania, le salió al encuentro el Obispo Frominio para darle la bienvenida y recomendarle que nunca aceptase la fe arriana. La ceremonia tuvo lugar en Toledo, concelebrada por Obispos de ambas confesiones. Gregorio de Tours nos presenta en su Crónica a Leovigildo como a un acérrimo arriano, lo que está bastante lejos de realidad, y también retrata a Godesvinta como una arpía del arrianismo que intentó convertir a Ingundis a este credo, pero la joven Ingundis, que apenas si tenía 13 años, era una furibunda católica y de nada valieron las humillaciones a que la sometió Godesvinta. Al no conseguir nada con buenas palabras, su abuela le cortó los cabellos, la arrojó al suelo y la pateó, pero como esta terapia no diera resultado, ordenó que la desnudaran y la sumergieran en una piscina de agua bautismal. Todo fue en vano, Ingundis no estaba dispuesta a reconocer la desigualdad entre el Padre y el Hijo. No se tienen noticias de que Leovigildo molestara a su nuera con esta cuestión, ni tampoco tuvo motivos para desconfiar de su hijo.

Fue en este momento cuando tomó la decisión de asociar a sus hijos al Trono, encargando a su hijo Hermenegildo el Gobierno de la Bética, Provincia limítrofe con las posesiones bizantinas. Si Leovigildo hubiera sospechado los problemas que esta decisión iba a traerle, no hubiera depositado tal confianza en Hermenegildo, ni hubiera permitido que partiera junto a su esposa para Sevilla. Leandro, hermano de Isidoro de Sevilla, e Ingundis convencieron a Hermenegildo para que abrazara el catolicismo, que al ser bautizado adoptó el nombre de Juan. Cuando Leovigildo se enteró del abandono de su hijo, intentó la vía del dialogo, antes de adoptar una actitud violenta. Ante la llamada de su padre, Hermenegildo se negó a acudir a Toledo.

La guerra civil se perfilaba como un conflicto entre visigodos, y no de visigodos contra hispanorromanos. En Sevilla, Hermenegildo, como si fuera Rey por derecho propio, acuñó moneda. Envió una embajada a Constantinopla, presidida por Leandro, encargada de solicitar ayuda a los bizantinos, que no pudo materializarse debido a las dificultades en que ese momento atravesaba Bizancio. Al mismo tiempo, cerró pactos con el Rey suevo, Miro, que tenía miedo de la activa política que Leovigildo desarrollaba en las fronteras de su Reino. Intentó, además, estimular la ayuda de los francos, aunque por diversos motivos, (Brunequilda seguía ejerciendo un fuerte poder sobre ellos), no pudo recibirla. Desde un principio, se vio que Hermenegildo no deseaba la expansión territorial, sino mantener y consolidar un Reino a expensas de dividir el visigodo en dos, como así lo demuestra la pasividad del rebelde durante los dos años que transcurrieron, del 579 al 581, hasta que Leovigildo se dedicó de lleno a resolver este problema.

Estos dos años los ocupó Leovigildo en sendas campañas contra los vascos, para poner freno a las correrías que venían protagonizando desde tiempo atrás. Las acciones de Leovigildo fueron rápidas y expeditivas, y se saldaron con la ocupación de Victoriacum, que se convirtió en la actual Vitoria.

Pacificados los vascos, se dedicó a resolver el problema de la Bética. En el año 582, tomó Mérida, que se había declarado partidaria de su hijo, con lo que consiguió pacificar toda la Lusitania. En 583 entró en la Bética poniendo sitio a Sevilla, la capital de Hermenegildo, donde éste residía. Miro y su Ejército suevo acudieron en auxilio del rebelde, pero fueron derrotados por Leovigildo, que les obligó a huir, falleciendo Miro poco después. En el sitio de Sevilla se emplearon todos los métodos militares de la época: el hambre, el hierro y el cierre del Betis (Guadalquivir). Hermenegildo llamó en su ayuda a los bizantinos, pero éstos, comprados por Leovigildo por 30.000 sueldos, le abandonaron en pleno campo de batalla. En el verano de ese mismo año, Leovigildo asaltó Sevilla, y sus agotados habitantes apenas si opusieron resistencia. Hermenegildo huyó para refugiarse en Córdoba. Pocos meses después, tras someter todas las plazas de la comarca, Leovigildo entró en Córdoba. Hermenegildo se refugió en una iglesia, y su padre envió a Recaredo para convencerlo para que se entregara. El rebelde se postró ante su padre, que le levantó y le besó. Más tarde le despojó de las insignias reales, le desterró a Valencia y posteriormente a Tarragona. Poco antes de su muerte, Leovigildo envió al Jefe de la Guardia Real, el protospatharius Sisberto, que lo estranguló en su celda (585). El motivo es obvio: Leovigildo no quería que, después de su muerte, su hijo Recaredo se enfrentara a una nueva guerra; si Hermenegildo hubiera seguido con vida, podría haber vuelto a ser el centro de su partido. Ingundis murió en el viaje a Constantinopla, mientras que su hijo Atanagildo fue utilizado por la política bizantina, como instrumento de presión sobre el Rey franco Childeberto de Austrasia, para que éste interviniera militarmente en Italia contra los lombardos y en beneficio de Bizancio.

Terminada la guerra civil, Leovigildo se dedicó a atacar a sus otros enemigos. Muerto el Rey suevo Miro, le sucedió su hijo Eborico, que tuvo que pagar el precio de su sumisión a los visigodos, pues, al poco tiempo, un tal Andeca se sublevó y le derrocó, le tonsuró – ceremonia con que los pueblos germánicos inhabilitaban a un Príncipe para Reinar -, le encerró en un monasterio casándose con su viuda, Sigunta. En 585, Leovigildo penetró en Galicia, derrotando y capturando al usurpador, que a su vez fue depuesto, tonsurado y encerrado en un monasterio de Beja (Sur de Portugal). Así terminó la independencia del Reino suevo.

Los francos, siempre ansiosos de expulsar a los visigodos de la Septimania, promovieron nuevas guerras. Gontran, Rey de Borgoña, ordenó a su Ejército ocupar la Septimania y marchar sobre España. Leovigildo envió a su hijo Recaredo para que les hiciera frente. Recaredo tomó la fortaleza de Caput Arieti, cerca de Carcasona, devastó la región de Tolosa, que había pertenecido a sus antepasados, e infligió a los francos una seria derrota. Los francos intentaron de nuevo invadir Narbona, siendo Recaredo victorioso. Ante las noticias que le llegaron de la gravedad de su padre, Recaredo tuvo que abandonar Narbona y trasladarse a Toledo. Leovigildo falleció a principios de mayo. Recaredo, sin oposición, heredó la Monarquía visigoda.

Leovigildo legó a su hijo una herencia sustancialmente superior a la que él recibió, y dejaba el Reino visigodo a un paso de la unificación. Meses antes de su muerte Leovigildo comprendió la imposibilidad de que la población hispanorromana se convirtiera al arrianismo, a pesar de las esperanzadoras posibilidades que abrió el Concilio arriano del 580. Según San Gregorio Magno, Leovigildo abrazó el catolicismo antes de fallecer, aunque su decisión no fue hecha pública por temor a los problemas que hubiera provocado. Es muy posible que así fuera, a la luz de los acontecimientos posteriores, cuando comprendió que era ésta la única posibilidad de unificar, política y religiosamente a su Reino; de acabar con la separación de los dos pueblos, el hispanorromano y el visigodo; de terminar con la prohibición de los matrimonios entre godos e hispanorromanos; de que les separara la religión; de que los cargos públicos sólo fueran para visigodos.

Leovigildo fue un excelente guerrero, que supo restablecer la disciplina del Ejército; anexionarse el Reino suevo; contener a los francos y extender el Reino visigodo. Como administrador, dotó a su pueblo de un sistema de hacienda, creando el Fisco Real; como legislador, modificó el código de Alarico y promulgó nuevas leyes. Leovigildo, en suma, fue uno de los Monarcas más grandes que tuvo el Reino visigodo, pero también fue avaro y cruel.

No obstante, el reforzamiento del poder real con que Leovigildo dotó a la Monarquía visigoda sería imposible desterrar los choques con el poder nobiliario, fuertemente anclado en las tradicionales clientelas militares que hundían sus raíces en las tradiciones germánicas.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

Lee más sobre el autor en:  sites.google.com/site/joseacepas/

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Bibliografía

RÍOS MAZCARELLE, Manuel. Diccionario de los Reyes de España.