Anatomía de un Asedio Medieval

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Por definición, un asedio es un bloqueo permanente a una determinada ciudad o fortaleza donde se pretende rendirla básicamente por asalto o por desgaste, produciendo que dicho objetivo sea pasto de su propio hacinamiento a raíz de un asalto o de sus propias carencias por falta de aprovisionamiento. El asedio es una contramedida de carácter estático para mermar aquellas posiciones denominadas defensivas tras los muros de una fortaleza, normalmente ejercido con maquinaria de asedio, artillería, túneles subterráneos e infantería para asaltar la ciudad y bloquear las cercanías. Las evidencias arqueológicas, véase Crickley Hill, Cloucestershire (Reino Unido), refieren que la práctica del asedio aparece ya en su forma más explícita hacia el 2800 a.C. utilizándose en dicho caso el ataque mediante flechas incendiarias. Lo mismo ocurre en zonas de Oriente Medio donde se observa un profesionalización en la construcción de murallas y fortalezas siendo su modernización arquitectónica ejemplo de particularidad cultural como militar.

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Anatomía de un Asedio Medieval

Partiendo de la tesis de que en la Antigüedad Tardía (200-750 d.C.) hubo claras muestras bélicas de enfrentamientos campales, desde el año 800 hasta aproximadamente 1450 pocas campañas se desarrollaron sin que se produjese algún asedio. Entre el nombrado período, el número de asedios sobrepasaron en gran cuantía el número de batallas campales. Algunos datos son claros e interesantes: Godofredo V de Anjoy, entre 1135 y 1145, conquistó Normandía bloqueando ciudades y sin entrar en batalla. Ricardo I, o más conocido como Ricardo Corazón de León, fue uno de los máximos exponentes del asedio durante su vida tanto en Francia como en Inglaterra. Las Cruzadas también fue un fenómeno donde se desarrolló ferozmente el asedio: Nicea, Antioquía, Jerusálem, Ascalón entre otros. Durante la plenitud del siglo X y siglo XI, la proliferación de castillos y fortalezas, provocaron sustanciales cambios en la forma de hacer la guerra en la conquista de territorios. Dicho fenómeno denominado “castralización”, donde las estructuras de dichos edificios manifiestan una construcción sólida y de calidad, viene concebida en términos generales por las tensiones en territorio europeo de la mano de vikingos, magiares y sarracenos, donde a través de los ríos, las cabalgadas y el pillaje fueron capaces de atacar y arrasar lugares del interior de Europa.

El asedio militar puede tener hasta cuatro desenlaces. Cuando una fortaleza ha conseguido romper el asedio sin ayuda externa, se dice que los defensores han mantenido la posición. Si los defensores sitiados han conseguido vencer el asedio con ayuda externa, se dice que han conseguido levantar el asedio. Si los hostigadores consiguen entrar en la ciudad o fortaleza y las fuerzas del interior han conseguido escapar, se denomina que la ciudad ha sido evacuada.

En cambio, si las fuerzas hostigadoras artífices del asedio han conseguido penetrar en la fortaleza capturando a sus defensores, se menciona que la ciudad ha caído. Asaltar una fortaleza no es tarea fácil. El ejército sitiador necesita fondos, hombres, maquinaria y suministros, por ende, después de los primeros ataques se busca una rendición negociada si el enemigo está en minoría y no espera refuerzos. Si las negociaciones no fluctuaban en acuerdo se ponían en marcha todo un entramado de operaciones militares donde una de las más conocidas y ejercidas son las partidas “a furto”. Se trataba de encontrar a un traidor que se vendiese dentro de la fortaleza para dar un golpe de mano y proceder a un ataque rápido con una fuerza de combate pequeña pero muy bien preparada, una especie de “fuerza de élite”.

Las constantes mejoras de los castillos y fortalezas obligaron a que las técnicas de asedio experimentaran mejoras sobretodo en la artillería. Entre los asedios medievales las armas de artillería más utilizadas fueron el Ariete, el Pavise y el Trabuco. A primera estancia, la utilización de escaleras en la primera fase del asalto a una fortaleza experimentaba su fácil neutralización por parte de los defensores, además de un alto número de bajas por parte de las fuerzas atacantes. Las lanzadoras de proyectiles y las catapultas jugaron un papel determinante en los asedios. Las más popular fue el Mangonel, donde a través de un brazo parecido a una cuchara, lanzaba piedras y proyectiles incendiarios con gran violencia después de liberarla de las cuerdas de tensado. Al final de la Edad Media, la introducción de la pólvora y de los cañones de asalto marcaría un nuevo porvenir en la práctica bélica encaminándose hacia la Edad Moderna. La utilización de cañones de asalto marcó el desequilibrio entre atacantes y defensores en los asedios.

El rey inglés Eduardo III hacía gala de ellos en el asedio de Calais en 1346 (XIV), pero no será hasta el siglo XV cuando los cañones obtengan un cariz potente y eficaz. Un buen ejemplo de ello fue la caída de una de las ciudades más inexpugnables de la historia, Constantinopla. Esta gran obra arquitectónica militar sucumbió a la potencia de fuego de aquellas armas innovadoras, que con precedentes en el siglo XIV y consolidadas en el siglo XV, marcarían hasta nuestros días las principales formas de hacer la guerra.

“Cuando te lances a la verdadera lucha, si la victoria tardase en llegar, las armas de los hombres perderán su filo y su ardor se amortiguará. Si pones sitio a una ciudad, agotarás su fortaleza”. SUN-TZU.

Autor: Daniel González Palma para revistadehistoria.es

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Bibliografía

– Tyermann, Ch. (2010). Las Guerras de Dios. Crítica. Barcelona.
– Odalric de Caixal, D. (2013). Tècniques de setge militar. El món medieval, 19, pp. 31-43.
– Keen, M. (Ed.) (2005). Historia de la guerra en la Edad Media. A. Machado Libros. Madrid.
– Sun-Tzu. (Ed.) (2009). El Arte de la Guerra. Colección de Libros Singulares.
– Garcia de Cortazar, J. (1980). Historia General de la Alta Edad Media. Editorial Mayfe. Bilbao.

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