Tomás de Torquemada, Inquisidor general

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Nacido en Valladolid o en Torquemada (Palencia), fue hijo de Pedro Fernández y de Mencía Ortega, descendientes de conversos. Su padre fue regidor de la villa de Torquemada y tuvo panteón familiar en la capilla del Crucifijo de la iglesia del convento de San Pablo de Valladolid.

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El hermano de su padre, Juan Torquemada, cardenal y prior del convento dominico de San Pablo de Valladolid, influyó en la vida de Tomás. Siguiendo los pasos de su tío, Tomás toma el hábito dominico en el convento de San Pablo de Valladolid. Más tarde será elegido prior del convento de Santa Cruz de Segovia. No hay datos fidedignos sobre su juventud.

Tomás de Torquemada, Inquisidor general

A través de Hernán Núñez Arnalte, tesorero de los Reyes Católicos, pudo relacionarse con la princesa Isabel. Formó parte del bando de Isabel antes de la muerte de Enrique IV. En 1478 Isabel y Fernando suplican al papa Sixto IV que conceda a fray Tomás ser confesor real y entra así en la corte. En 1479, cuando ya gozaba del favor de los monarcas, se ocupa de la fundación del monasterio de Santo Tomás de Ávila.

Se convierte en consejero del gobierno por su capacidad organizativa y su forma rigurosa de trabajo en los asuntos del Estado. Su Memorial de 1479, que entregó a la reina, hace hincapié en tres aspectos importantes:

  1. 1) La vigilancia y control de los regidores de las ciudades y villas.
  2. 2) La cura de la epidemia o peste de blasfemos, hechiceros y adivinos.
  3. 3)  Encerramiento de los judíos en aljamas para evitar enfrentamientos con los cristianos.

Tomás de Torquemada, en cuanto consejero del gobierno de los Reyes Católicos, jugó un papel importante en la creación del nuevo Estado, en el que la monarquía pretendía controlar a los funcionarios públicos para el mejor funcionamiento del reino. Algo inexistente en la Edad Media hasta la llegada de Isabel y Fernando. El consejero Torquemada crea un estado moderno sobre la sólida base de la unidad política, la unidad geográfica y la unidad religiosa. Es decir, una corona, un reino y una religión. En 1480, en las Cortes de Toledo, se acuerda aislar a los judíos en barrios habilitados para ellos.

La medida no surtió el efecto deseado, ya que más adelante se expulsará a los judíos por decreto del 31 de marzo de 1492. En 1480 Sixto IV nombra a Miguel de Murillo y a Juan de San Martín inquisidores y abre el primer tribunal del Santo Oficio en Sevilla. En 1482, por bula del 11 de febrero de 1482, Tomás de Torquemada fue nombrado uno de los siete inquisidores para hacerse cargo del Santo Oficio, que no estaba funcionando adecuadamente desde su implantación en 1478. La Inquisición como tal fue fundada por el papa en el siglo xiii, pero no se implantó oficialmente en Castilla hasta 1478.

En 1483 fue investido como inquisidor general de Castilla y a continuación, por mediación del cardenal Mendoza, fue nombrado para ejercer el mismo cargo en Aragón, Valencia y Cataluña. Isabel y Fernando piden a Sixto IV que el control de la Inquisición en España sea mixto, que se reparta entre el papa y la corona: esta se encarga de eligir a los candidatos para inquisidores y el pontífice los nombra. Los judíos, para poder ejercer sus actividades y prosperar, tenían que convertirse en católicos, razón por la que empieza a crecer la población conversa. Los conversos se consideraban cristianos nuevos, aunque muchos de ellos seguían practicando el judaísmo en la clandestinidad.

Tomás de Torquemada, siendo él mismo converso, sabía muy bien distinguir quiénes eran falsos conversos y los detectaba con facilidad. Equiparaba a los falsos conversos con los falsificadores de moneda, que desestabilizan y hunden a su país. Informaba a los Reyes de la situación crítica que se estaba gestando, sobre todo en la zona sur de la Península. Para que la Inquisición funcionara bien y fuera eficaz creó un procedimiento inquisitorial que usaba, entre otras herramientas, el método de acusaciones anónimas, el interrogatorio bajo tormento y la pena de muerte en la hoguera. También ordenó quemar los libros de literatura no católica.

Al terminar la guerra de Granada, el inquisidor general Tomás de Torquemada aconseja a los Reyes la expulsión de los judíos. Su recomendación, después de ejercer durante diez años como inquisidor general, tuvo mucho peso. La mayoría de los historiadores europeos y americanos tienen una mala opinión sobre la persona de Tomás de Torquemada y le relacionan con la leyenda negra de la España del siglo xvi. Según ellos, fue un intolerante y un fanático que rayaba en la locura. Sin embargo, olvidan la Inquisición existente en otros países del entorno, donde la crueldad para perseguir y castigar a los herejes fue peor que la de España en muchos casos. Todos los países soberanos tienen el derecho a decidir su política religiosa para mantener el orden y la paz de su pueblo. En la Edad Media, en la Moderna y hasta hace bien poco no existía el concepto de libertad y de democracia que hay ahora, y tampoco se hablaba de derechos humanos. Hoy aún existen países que no respetan estos derechos.

En la Europa de entonces la Inquisición fue algo normal y, por tanto, criticar a la de España no tiene sentido. En cualquier reino el gobernante tiene que defenderse de sus enemigos y castigar a la población que no cumple con las normas de convivencia. En la época feudal los reyes y la nobleza tenían poderes para ejercer sobre la población y eso no era ningún crimen. Si un reino decidía imponer una religión para todo el pueblo, podía hacerlo y de hecho la historia demuestra esa práctica sin excepción. Toda civilización estaba basada en sus respectivas religiones.

No existió la libertad religiosa en el pasado. Sin ir más lejos, en el Japón del siglo xvii, el gobierno del shogun aniquilaba a los japoneses que practicaban el catolicismo introducido por los españoles y no dejaba entrar a ningún extranjero en territorio japonés. Se prohibió cualquier religión que no fuera el budismo o el sintoísmo. Nadie criticó la actuación del gobierno del shogun, porque lo era de un país soberano. La España de los Reyes Católicos era asimismo un país soberano, resultado de la unificación de los distintos reinos peninsulares y, como es lógico, tenía que unir no solamente los territorios, sino también la religión y la lengua. Con todo esto no se quiere decir que Tomás de Torquemada fuera un héroe, pero sí que fue un muy buen servidor de los Reyes para el bien de España.

La Inquisición fue necesaria en aquella época porque sin ella la sociedad española habría sufrido continuas guerras entre judíos y cristianos, ya que la situación era caótica y no habría sido posible llevar adelante el proyecto de gobierno de los Reyes Católicos. A pesar de la situación crítica sobrevenida por la expulsión de los judíos, España se recupera de la pérdida de población judía, que controlaba numerosos negocios, y consigue levantarse como la nación más poderosa de la tierra en el siglo xvi.

La decisión tomada por los Reyes, recomendada por Tomás de Torquemada, no fue errónea, sino acertada. Esto quedó demostrado de sobra durante el reinado de los Austrias. Tomás de Torquemada fue un hombre de sólida virtud, defensor implacable de la religión, serio, muy austero y poco accesible a cierta clase de blanduras. Una vez retirado en Ávila, los Reyes ofrecieron a Tomás el arzobispado de Sevilla, pero declinó dicha invitación y continuó su retiro en el convento de Santo Tomás de Ávila, aunque siguió ejerciendo como inquisidor general.

El 16 de septiembre de 1498 fallece en Ávila a los 78 años de edad. No se conoce la causa de la muerte, pero parece ser que padecía alguna enfermedad que él mismo intentaba curar tomando medicamentos que compraba desde hacía tiempo. Fue enterrado en el convento de Santo Tomás de Ávila.

Autor: Yutaka Suzuki para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Yutaka Suzuki. Personajes del siglo xv, Orígenes del Imperio español. ISBN 9788460690399. 2015

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