Teodosio I, el gobierno consciente y consecuente

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Teodosio fue el basileus que dio forma a un Imperio romano en ocaso, en medio de convulsiones religiosas internas y amenazado físicamente por las invasiones godas, dándole cohesión por medio de la imposición del Credo Niceno, que se convierte en dogma, fortaleciendo el Cristianismo como religión estatal por medio de edictos.

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En el ámbito político promueve pactos o foedus con los pueblos godos, que aceptarán defender a Roma a cambio de ser insertados dentro de la romanidad. Fue un hombre consciente de su tiempo y como veremos sus decisiones son en consecuencia a lo que acontece en este período. Tras una nefasta derrota en Adrianopolis (378 d.C.), Teodosio, que se hallaba en Hispania dedicándose a sus tierras, es convencido para tomar las riendas del Imperio.

Teodosio I, el gobierno consciente y consecuente

Teodosio asume la responsabilidad, poseía conocimientos y experiencias sobre el campo de batalla, habiendo sido militar años antes. Lo primordial en este momento era reconstruir la moral y el número de bajas que el ejército había recibido tras la derrota de Adrianopolis. Y en su primera actuación vendrá a practicar lo que sin duda fue un acierto: reformó el ejército exclusivamente con ciudadanos romanos, quizás por aquello de que protegieran con más patriotismo los limes del Imperio, pero lo novedoso fue que en esta reconstrucción refuerza la caballería con jinetes godos, que pasarán a formar parte de la romanidad como defensores. Esta es la política de pactos o foedus con los godos. El foedus pactado consiste en la entrega de tierras dentro del Limes, que permiten la alimentación básica de los godos que, a cambio, defienden bélicamente la región demarcada como su propiedad.

Se llega a hablar de varios miles de individuos que empiezan a engrosar las filas del ejército romano, los foederatus, que recibirán también un pago en moneda. Se trataba de “usar godos contra godos”. La táctica funcionó y se vino repitiendo en lo sucesivo, permitiendo así un periodo de paz relativa que nos lleva a adentrarnos en el siglo VI, un periodo extenso después de tanta inestabilidad.

Esta estabilidad en el campo bélico permitió a Teodosio legislar para reducir la inestabilidad religiosa interna del Imperio: es así como surgen los edictos recogidos en el Codex Theodosiano. En resumidas cuentas diremos que los edictos de Teodosio se referirán a la erradicación del paganismo y, sobretodo, de la herejía. Sus enemigos serán las diferentes sectas religiosas y grupos que no son del todo afines al Cristianismo Católico, pero no con la idea de aniquilarles sino con la intención de la conversión de éstos al Catolicismo y en la única dirección de dar cohesión a la masa diversa de la sociedad.

En 379, el edicto de Milán promulgado por Teodosio revoluciona la cuestión de la convivencia pacífica de las diferentes confesiones religiosas -que venía dándose desde tiempos de Constatino- y comienza a restar privilegios a los herejes hasta el punto de prohibirles ejercer sus rituales. Esto no será una “caza de brujas”, con ello se perseguía que los disidentes de prácticas heréticas abrazaran el Cristianismo como única verdad. Serán frecuentes las referencias a lo dictado en los edictos como leyes de voluntad divina y, en no pocas ocasiones, el basileus se muestra como portador de esta voluntad divina y ejecutor de la ley, algo así como un sumo pontífice.

A este edicto le siguieron otros varios que enmendaban y daban forma a lo que Teodosio pretendía llegar en lo que a cohesión social se refiere. En 380, se promulga el edicto de Tesalónica, donde se realza la figura de la Santísima Trinidad como entidad divina única. Esto podemos verlo como ejercicio dogmático, ya que además de castigar la herejía se mete de lleno contra el paganismo proclamando la Trinidad como única deidad. Arremete nuevamente contra los cultos heréticos y refuerza el espíritu del concilio de Nicea de 325: es aquí que se enluce el Credo, pero esto debe verse siempre en una dirección de dar forma (cohesión) a la sociedad y en la línea de establecer un Cristianismo fuerte, definido e incluso generándolo como medio del control de masas.

Atacó con mano dura a los arrianos. El arrianismo es un problema que perseguirá a los gobernantes de éste largo periodo que va desde inicios del siglo IV con Constantino y vendrá dando coletazos con mayor o menor éxito hasta época de Teodosio. Valga recordar el caso de Constancio II y de Valente o la apostasía de Juliano en la Galia. En la Pars oriental, dividía a la sociedad entre arrianos y entre los contrarios a este creencia.

En 381, Teodosio cosecha varios edictos en Constantinopla. En estos edictos se alude con fuerza al espíritu de Nicea y al de Tesalónica, como machacando a todo lo contrario al Cristianismo. Se recrudecen las medidas contra los herejes y arrianos. Aquí lanzó la culpabilidad sobre sectas o grupos de sectas como los maniqueos y dentro de estos a los encratitas (de encratismo), quienes tendrán un protagonismo nefasto: En 382, se promulga un edicto que declara la pena de muerte a los encratitas. ¿Por qué se actúa así? Teodosio siempre fue “indulgente”, pero este grupo desoye todo aviso hasta el punto de rebelarse y convertirse en un problema civil, que lleva al emperador a tomar esta decisión fatal.

Paralelo a la obra de Teodosio, vemos como va tomando forma la jerarquía eclesiástica y cómo se crean los elementos dogmáticos del Cristianismo (Credo, Trinidad, ritual), así definidos en tanto que están dando contorno a la que va a ser la Fe cristiana: se está estructurando el Cristianismo de masas. De aquí hasta el final de su gobierno, Teodosio emprendió una legislación que condenaba todo tipo de paganismo. Asistimos así a la actuación de un Teodosio algo pasado de rosca, pero es innegable la eficiencia con la que consolidó el Imperio que le fue adjudicado. Un trabajo a conciencia junto con sus colegas en el gobierno y los obispos nicenos, en lo que sería un primer estadio de la Iglesia y el Estado caminando juntos hacia el Medievo y la época de las clientelas y el vasallaje.

Autor: José Alejandro Ortiz Correro para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

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