Sagunto, el juego político de Roma y Cartago
Sagunto recibió el nombre de Arse de sus fundadores, y fue conocida por los romanos como Saguntum.
Era una ciudad edetana famosa por su comercio y su prosperidad, si bien pasó a la posteridad como objeto de algunas de las intrigas políticas más enigmáticas de la antigüedad y desencadenante en la Segunda Guerra Púnica entre cartagineses y romanos.
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Sagunto, Arse-Saguntum
Aunque la influencia griega fue la de mayor intensidad, la comunidad saguntina de origen extranjero era más amplia, componiéndola también fenicios y muy probablemente, ya en el Siglo III, por italianos, aunque esta última comunidad es una conjetura ya que los griegos de Masilia fueron los principales distribuidores de productos italianos a este lado del Meditarráneo y pudieron hacerles ellos mismos el favor.
Curiosamente, llegaron a acuñarse monedas con ambas denominaciones, Arse y Saguntum. Algunos autores pensaron en la posibilidad de la existencia de una dipolis pero lo más probable es que, al igual que ocurrió en otras ciudades importantes ligeramente alejadas de la costa, se constituyera un puerto en el cual se estableciera una colonia de mercaderes extranjeros dependiente de la propia Arse.
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Ésta zona portuaria, o emporion, podría haber sido la denominada Sagantha por los griegos, y Sagunto por los romanos, aunque la cuestión del origen de las denominaciones no está clara.Sagunto. La Expansión Cartaginesa y El Tratado del Ebro
Tras la I Guerra Púnica, los cartagineses fundaron Carthago Nova con una intención: controlar políticamente las zonas que controlaba comercialmente… y más allá. Roma vio el expansionismo púnico como una amenaza a sus socios comerciales en intereses y forzó a Cartago a firmar un tratado de delimitación de áreas de influencia, el conocido como Tratado del Ebro, por el cual Cartago no podía cruzar el Ebro con sus ejércitos. No nos ha llegado el contenido del tratado salvo de manera sesgada a través de referencias, y todas desde la perspectiva romana pues las referencias púnicas se perdieron, así que hay cuestiones políticas que permanecen oscuras.
En algún momento tras la fundación de Carthago Nova, hubo una disputa en el seno de la ciudad de Sagunto, que se había dividido en dos bandos. Uno de ellos mandó a sus representantes a la propia Carthago Nova para reunirse con los embajadores romanos y pedirles arbitraje. La razón de todo esto es que una parte de los saguntinos, probablemente los de origen griego o con afinidad o intereses con éstos, les inquietaba el expansionismo cartaginés y el resultado del Tratado del Ebro, que les situaba dentro de la zona de influencia cartaginesa.
Así pues, sus intereses se veían amenazados, así como temían por su propia independencia ya que, según Apiano, el tratado garantizaba la independencia de Sagunto junto a Ampurias y Rosas, aunque esta cláusula no está confirmada por otros autores. Por otro lado, otros saguntinos no opinaban así y veían la aproximación de los cartagineses como una oportunidad. La cuestión estaba en qué lado alinearse, dado el creciente poder de ambas potencias.
Sagunto, el juego político de Roma y Cartago
La intervención de Roma en aquellos asuntos fue, por tanto, bajo una legitimidad que la propia oligarquía saguntina les concedió, y recibieron pleno poder para arbitrar el asunto. Así pues, Roma intervino y se resolvió mandando ejecutar a algunos miembros de la élite saguntina que estaban a favor de la alineación con Cartago. Los cartagineses reaccionaron inmediatamente frente a lo que consideraban una intrusión romana. Polibio relata así un discurso de Aníbal sobre los romanos:
“…como si fuera él el encargado de velar por los saguntinos, de que aprovechando una revuelta que había estallado en la ciudad hacía muy poco, habían efectuado un arbitraje para dirimir aquella turbulencia y habían mandado ejecutar injustamente a algunos prohombres. Dijo que no vería con indiferencia a los que habían sido traicionados. Pues era innato en los cartagineses no pasar por alto ninguna injusticia.”
Roma se defiende alegando que debía proteger a sus “aliados”, que le habían pedido ayuda, y su sentido del honor le obligaba. Esta alianza se piensa que nunca se tradujo en un tratado y que sólo se basaba en supuestas relaciones de parentesco debido a un supuesto origen griego de la ciudad.
De ahí que, en la práctica, no apoyaran militarmente a Sagunto cuando fue sitiada por Cartago. Dado que el pacto del Ebro sugiere la protección entre aliados, Roma debió acogerse a este precepto a la hora de defender su intromisión y recordar a Aníbal que recordase el pacto, tratando así de eludir una intervención militar en la ciudad.
No conforme con ello, Aníbal forzó el tratado para justificar su próximo movimiento: sus aliados turbuletas denunciaron hostigamientos de los saguntinos en sus tierras, así que Cartago marcharía sobre Sagunto para castigarla. Los saguntinos, que se habían jactado de su alianza con los romanos, nunca verían el apoyo de éste durante el sitio.
Tras la conquista de Sagunto, una delegación romana compareció ante el senado cartaginés, ofreciendo una posible paz si aclaraba el senado si Aníbal había actuado por su cuenta o fue una orden del senado. El senado apoyó la actuación de Aníbal, tratado en mano, el cual fue leído varias veces, denunciando que el arbitraje romano lo había violado y la actuación de Cartago había sido la correcta.
Autor: Alejandro Pradas para revistadehistoria.es
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