Rodrigo, el último Rey Visigodo

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Al morir Witiza en el 710, las facciones más poderosas del Reino, representadas por las familias de Chindasvinto y Wamba, se enfrentaron para hacerse con la Corona.

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La elección recayó en Rodrigo, perteneciente a la primera de las familias citadas, pero el bando contrario, que apoyaba a los descendientes de Witiza, se opuso y proclamó Rey a Agila II. La situación no era nueva, pues las conjuras y rebeliones fueron una constante en el Reino visigodo, pero en esta ocasión propició la intervención de los musulmanes en la Península.

Muerto Witiza, su viuda intentó conseguir la elección del mayor de sus hijos, Olmundo, pero no lo consiguió. Un importante sector nobiliario eligió Rey a Rodrigo, duque de la Bética, con fama de excelente guerrero. La familia y clientela de Egica y Witiza, entre los que se encontraría algún duque provincial, procedieron al nombramiento de otro Soberano en la persona de Agila II, cuyo parentesco con Witiza no está muy claro ya que no hay pruebas contundentes de que fuera su hijo. Agila II, ayudado por Oppas, hermano de Witiza y Obispo de Sevilla, declaró usurpador a Rodrigo y se dispuso a destronarlo. La guerra civil estalló. Aunque Rodrigo llevó la mejor parte, no pudo dominar las Provincias de Cataluña y la Septimania, donde Agila II reinaba. Rodrigo perdió un importante aliado en el Norte de África.

Rodrigo, el último Rey Visigodo

Olbán u Olián, como le llamaban los árabes – para los romances españoles, el conde don Julián – era un bereber católico, que reconocía la soberanía de los Reyes visigodos y había conseguido rechazar la primera invasión del caudillo árabe Ocba. Cuando en el 708, Tariq Ibn Ziyad, uno de los Jefes militares de Musá Ibn Nusair, Muza, tomó Tánger, el conde Julián fue sitiado en Ceuta. La ciudad socorrida por mar por los visigodos resistió el asedio y no pudo ser tomada. Inesperadamente, sin que se sepan las verdaderas razones, el conde Julián se sometió a Muza. La leyenda dice que la causa de la actitud del conde Julián se debía al ansia de venganza por el ultraje que había recibido.

La hija del conde Julián, Florinda, a la que el romance llama la Cava, se educaba en la Corte del Rey, y éste, prendado de ella, la violó. El conde Julián, decidido a vengar la afrenta, incitó a los árabes a conquistar España prestándoles su ayuda. Este hecho, de ser cierto, debió de ocurrir durante el Reinado de Witiza, por lo que éste fue el violador y no Rodrigo, que aún no había accedido al Trono. De lo que no hay duda es de la existencia del conde Julián, que, después de la conquista, se convirtió al Islam, abandonó su mando en Ceuta y recibió tierras en España.

El conde Julián abrió las puertas de Ceuta a los árabes, y Muza, después de obtener la autorización del califa al-Walid, encomendó a Tarik Ibn Mulluk una expedición exploratoria. El conde les proporcionó cuatro barcos de transporte y, en medio de la oscuridad, 100 jinetes y 400 infantes pasaron el Estrecho. Este cuerpo expedicionario encontró poca resistencia, y, tras saquear varios pueblos cercanos a su punto de desembarque, regresó a Ceuta con el botín conseguido. Esto ocurrió en julio de 710. El Rey Rodrigo, ocupado en los preparativos que estaba haciendo para marchar contra los vascones, no consideró importante trasladarse al sur de España para hacer frente a esta razzia.

El desafío el que se enfrentaba Rodrigo en el Norte era similar a la rebelión de Paulo, con la que tuvo que enfrentarse Wamba al principio de su Reinado. En la primavera de 711, Rodrigo se dirigió al Norte para someter a los vascones; sin duda, tenía el propósito de atacar desde allí a Agila II, una vez los vascos hubieran sido reducidos a la obediencia. Mientras, los seguidores de Witiza habían enviado mensajeros a Muza para sugerirle la posibilidad de una intervención musulmana que les ayudara a recuperar el Trono. Una vez más, los visigodos iban a solicitar la ayuda extranjera para solucionar sus problemas internos. Muza accedió a la petición del partido witizano, aunque no se sabe la contrapartida que exigió el caudillo árabe.

Tras una incursión exploratoria en el verano de 710, en la noche del 27 al 28 de abril se realizó el desembarco de los primeros 400 hombres compuesto en su gran mayoría por bereberes (recién convertidos al Islam) en la roca de Calpe, concretamente en la isla de las Palomas o Isla de Tarifa, al sur del pueblo de Tarifa, procedentes de Ceuta, y el resto en el mismo Tarifa, y después, un Ejército de árabes, al mando de Muza, desembarcó en Gibraltar.

En abril de 711, Tarik tenía dispuestos unos 7.000 hombres. En los barcos proporcionados por el conde Julián atravesó el Estrecho, desembarcó y fortificó en el que desde entonces se conoció como el Monte de Tarik, Yebel Tarik (Gibraltar). Tarik desembarcó en la roca de Calpe, que cambió de nombre en adelante; los musulmanes la llamaron Yabal Tarik – la montaña de Tarik – y nosotros Gibraltar. Barcos de cabotaje, quizás de Olbán u Olián o Julián, afirmado por algún cronista arábigo, permitieron a Tarik, mediante sucesivas idas y venidas, transportar desde Ceuta hasta 7.000 berberiscos en el que tal vez sólo algunos Oficiales eran orientales; la derrota de los bereberes no podría causar daño grave al Señorío del califa en el Magreb; le libraría de unos miles de súbditos inquietos de su conversión reciente que habían resistido medio siglo a las huestes islámicas; su victoria, en cambio, les brindaría un campo de expansión y pillaje. Ocuparon enseguida la antigua Carteya, en el fondo de lo que hoy llamamos la bahía de Algeciras. Derrotaron a las tropas de cobertura que defendían el país, incluso a las fuerzas que mandaba Bando o Sancho, hijo de una hermana de Rodrigo. Mientras éste bajaba del Norte, Tarik, liberto de Muza, avanzó muy despacio por la vía romana que se dirigía a Sevilla. Pidió refuerzos a Muza, que le envió 5.000 hombres más, con lo que reunió de 12.000 a 17.000 soldados. Era el 28 de abril.

A primeros de mayo Rodrigo recibió noticias del desembarco árabe. Abandonó Pamplona y se dirigió hacia Córdoba. Es muy posible que se detuviera en Toledo y enviara emisarios para convocar a todos los nobles a que se reunieran con él. Mientras, Tarik avanzaba hacia el Norte, le salió al encuentro Evantius, duque de Córdoba e hijo de una hermana de Rodrigo. Pero Evantius fue derrotado y muerto, quedando paralizada la defensa de la Bética hasta la llegada de Rodrigo. Acudieron los hermanos y los hijos de Witiza a Córdoba, pero por temor, no entraron en la ciudad donde se encontraba Rodrigo, acampado en las afueras. Tarik ya había comunicado a Muza la llegada de Rodrigo al frente de un poderoso Ejército y le pedía refuerzos. La decisión de los witizanos de traicionar a Rodrigo ya estaba tomada, solo esperaban ver el Ejército de Tarik y calibrar el riesgo de su felonía, teniendo como modelo la traición de Sisenando contra Suintila con la ayuda de los francos. En la Crónica de Alfonso III, Oppas aparece como hijo de Witiza, y también como Obispo de Toledo en la versión Rotense, o de Sevilla en la versión Sebastianense.

Rodrigo, excesivamente confiado, dio el mando de las dos alas de su Ejército a los hermanos de Witiza, Sisberto y Oppas. Los hijos de Witiza, Olmundo, Ardabasto y Rómulo, junto con sus partidarios, se encargaron de propalar entre los soldados la animadversión contra Rodrigo, el usurpador. Los africanos – decían – no vienen más que por riquezas y luego se retirarán. Abandonemos el combate, y el mal Rey será vencido. Por la noche enviaron mensajeros a Tarik para confirmarle su propósito de traicionar a Rodrigo.

Durante algunos días, los dos Ejércitos primero se observaron, luego tantearon sus fuerzas mediante escaramuzas, a veces sangrientas. Según distintas versiones de los historiadores, el Ejército visigodo se componía de 30.000 a 100.000 soldados, mientras que el musulmán osciló entre 10.000 y 60.000 hombres. Tarik pensó que una derrota islámica ante la superioridad visigoda, especialmente por su Caballería, supondría el exterminio de los musulmanes, separados como estaban de sus bases africanas al otro lado del Estrecho. Tarik, esperaba además el cumplimiento de las promesas de traición witizanas. Éstos debieron de aprovechar los días de enfrentamiento y tanteos para minar la moral y la unidad de las huestes de Rodrigo, a fin de provocar la ansiada derrota de quien les había derrotado. Callaban sus secretos acuerdos con Tarik de entregar a los Príncipes la herencia de su padre, que ellos interpretaban como la inmediata cesión de la Corona y lograron atraer a algunos a su traidora decisión. Cuando comenzó la batalla el Ejército visigodo combatió con decisión, pero se desbarataron las alas al presenciar el paso al enemigo de los nobles involucrados en el complot, acompañados de sus siervos y patrocinados. El centro resistió, pero las huestes de Rodrigo fueron finalmente derrotadas, y el mismo Rey calló en la pelea. El anónimo mozárabe del año 754 registra la traición, así como otras crónicas cristianas y musulmanas.

Se ignora el lugar exacto de la Batalla (¿río Barbate?, ¿laguna de la Janda?, ¿río Guadalete?). En el desenlace desempeñó un papel importante la traición de los seguidores de Witiza, pertenecientes al bando visigodo hostil al Rey Rodrigo.

La Batalla de Guadalete fue un enfrentamiento militar entre el Rey visigodo Rodrigo y el Ejército musulmán dirigido por Tariq, en el 26 de julio del año 711. La Batalla concluyó con la aplastante derrota de los visigodos y la muerte del Rey Rodrigo. En lo más enconado de la lucha, Sisberto y Oppas con sus tropas, abandonaron sus posiciones.

El centro del Ejército visigodo, mandado por Rodrigo en persona, resistió, pero la superioridad del enemigo acabó por destruirlo. Rodrigo murió en la batalla o buscó salvación en la fuga. Sea como fuere, nada más se supo de él. Se dice en la crónica de Alfonso III que al apoderarse este Rey de la ciu­dad de Visceu (al norte de Lisboa), encontró la sepultura de Rodrigo con una sencilla inscripción

“Hic requiescit Rudericus rex gothorum”. “Aquí yace Rodrigo, último Rey de los godos”.

Tras la batalla, Tarik avanzó en dirección a Écija, donde lo que quedaba del Ejército visigodo, que intentaba controlar el paso del Betis, fue derrotado. En Écija, Tarik tomó una repentina decisión: envió una parte de sus fuerzas a Córdoba, mientras él mismo marchaba en dirección a Toledo. Cuando el Ejército árabe llegó a Toledo, Oppas llegó a un pacto con los conquistadores, pero fue expulsado de Toledo por la alta aristocracia que allí quedaba, lo que haría constar la falta de apoyos que allí tendría la facción de Witiza. Cuando las tropas árabes entraron en Toledo, ejecutaron a los nobles que se consideraron implicados en la huida de Oppas. En junio o julio de 712, Muza desembarcó en España, en el mismo lugar o cerca de donde lo había hecho Tarik, con ejército de 18.000 hombres. Tomó varias ciudades y puso sitio a Sevilla, que se rindió tras un corto asedio. Consolidada la ocupación de Sevilla, Muza se dirigió a Mérida, donde encontró una fuerte resistencia. Los emeritenses, resguardados tras sus poderosas murallas, resistieron hasta el 30 de junio de 713. En 714, Muza y Tarik partieron hacia Zaragoza, a la que sitiaron y tomaron. Mientras Muza permanecía en Zaragoza, Tarik avanzaba hacia Tarragona, Lérida, Barcelona y Huesca. Oppas ayudó a Tarik en su invasión de la Península, acompañándole en la toma de Écija, Córdoba, Úbeda, Jaén, Consuegra y Toledo, donde también fueron ejecutados los nobles partidarios de Rodrigo que se encontraban en la ciudad.

Nuevas expediciones llegaron hasta el interior de Galicia. Cuando en 714, Muza y Tarik fueron llamados a Damasco por el califa al-Walid para rendir cuentas de su gestión, la conquista de Hispania, excepto algunos focos del Norte, estaba casi acabada. La colaboración de los witizanos con los invasores, su interés en eliminar a la facción nobiliaria derrotada y la ayuda de los judíos contribuyó a la rapidez de la conquista islámica. Muza, al partir hacia Damasco, delegó el poder en su hijo Abd al-Aziz Ibn Musá. La viuda de Rodrigo, Egilona, se encontraba entre los prisioneros que Muza hizo en Mérida. Éste se enamoró de la joven y bella cautiva, convirtiéndola en su esposa, aunque no la obligó a abrazar el islamismo, por lo que ella pudo puso seguir siendo cristiana, aunque recibió el nombre árabe de Unm al-Isam, que significa Señora de los ricos collares.

Los musulmanes habían empeñado su palabra con los witizanos y la cumplieron. Fue el califa Suleiman el que tomó la decisión y encargó a al-Hurr, Gobernador de al-Ándalus, que la ejecutara. Los hijos de Witiza recibieron los fondos reales en pago por su traición, pero no pudieron recuperar la Monarquía visigoda. La intención de los traidores sería que el Rey fuera eliminado o muy debilitado, de tal modo que pudieran hacerse con el poder, que no era entregar el Reino a los invasores, sino conseguir el cambio de Rey. Los conquistadores de al-Ándalus, Muza y Tarik, fueron postergados y murieron oscuramente.

El pueblo, los siervos y esclavos no hicieron nada; simplemente dejaron pasar la oleada musulmana sin hacerle frente. Al fin y al cabo ¿Qué tenían ellos que perder? Maltratados por su Señor feudal, despreciados por sus amos y desconfiados del clero, respondieron con la pasividad. La Iglesia tenía bastante responsabilidad en el brutal derrumbamiento. Un clero fastuoso, intelectual, amigo de los nobles, elector de los Reyes, no había hecho gran cosa por mejorar la condición del pueblo. Abolir la esclavitud hubiera sido pedir demasiado en el siglo VII, pero intentar implantar ciertas medidas liberales, aunque ello disgustara a los Señores, hubiera sido más evangélico. Pero la oligarquía eclesiástica, demasiado ligada a sus prebendas, a sus bienes y a sus prerrogativas, no estaba dispuesta a provocar el enojo de los Príncipes y exponerse a perderlo todo. La derrota de Rodrigo, último Rey visigodo, en la Batalla de Guadalete, supuso el fin del Reino visigodo de Toledo.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

Lee más sobre el autor en:  sites.google.com/site/joseacepas/

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Bibliografía

RÍOS MAZCARELLE, Manuel. Diccionario de los Reyes de España.

DE LA CIERVA, Ricardo. Historia total de España.

ORLANDIS, José. La vida en España en tiempos de los godos.

ALVAR, Jaime. Historia de España y América.

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