Los caballeros fueron arrestados y acusados de crímenes que no habían cometido. Este hecho desencadenó en uno de los mayores escándalos públicos históricos. Las propiedades de Jacques de Molay fueron incautadas por el rey, así como la del resto de templarios.
La avaricia del monarca llamado apodado rey de hierro llevó a la destrucción de los templarios, porque la operación encubría la necesidad y la ambición de hacerse con todas sus riquezas y posesiones. Entre las acusaciones más severas fueron idolatría, apostasía, ritos abominables y prácticas sexuales vergonzosas para la época como podía ser la homosexualidad.
Las torturas del Rey de Hierro
Los cargos totales llegaron a más de un centenar. Algunos de ellos fueron la adoración a un gato, la negación de la eucaristía o besos obscenos. El mismo Felipe IV había acusado de fechorías similares al papa Bonifacio VIII cuatro años antes, solo por querer imponer en Roma a alguien más a su favor.
La detención de los templarios sin la autorización del pontífice, de quien dependía la Orden, hizo protestar a Clemente V, el actual Papa, pero el rey Felipe lo convenció con unas confesiones más que sospechosas obtenidas bajo métodos de tortura muy duros que obligaron a los templarios a confesar sus crímenes bajo el tortuoso dolor.
Le pidió personalmente la supresión de la Orden del Temple, en 1307, tras un juicio de siete años al que estuvieron sujetos cerca de quince mil hombres.
Finalmente los templarios cayeron bajo la tutela de la Inquisición, concedida por el papa Clemente V. Durante los cinco años siguientes al primer arresto, sus métodos de tortura fueron muy efectivos. Algunos de ellos eran mantener a los prisioneros colgados boca abajo o quemar sus cuerpos con carbón al rojo vivo, tal era la crueldad del Rey de Hierro.
Así, de los 138 templarios interrogados en parís, 105 admitieron haber negado a cristo durante sus ceremonias. Según el historiador George Smart:
«Muchas de las acusaciones se cebaron en lo que ocurría durante las ceremonias de iniciación, aunque nunca se encontró ninguna prueba física de mala conducta, ni testigos».
La iglesia aprovechó la vulnerabilidad de la Orden. El Propio De Molay tuvo que admitir los delitos imputados, pero dos meses después se retractó de su confesión asegurando que había sido vilmente torturado. Finalmente, junto con Geoffrey de Charney, maestre de Normandía, fueron quemados a orillas del Sena, en París.
Bernard Saisset, obispo de Pamiers, dijo, refiriéndose a Felipe IV:
«no es ni un hombre ni un animal, sino una estatua».
Sin duda organizó la redada con mano de hierro, sin importarle haber acabado con una institución de doscientos años de antigüedad.