Navas de Tolosa, punto de inflexión

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La historia está compuesta por momentos únicos y memorables que deciden el destino de una nación o, incluso, del mundo entero. No sólo la relación entre dinastías o la alianza entre naciones configuran una etapa histórica o dan paso al surgimiento de otra sino que cualquier acción bélica marca el destino de la humanidad con un coste que puede llegar a ser incalculable e invalorable.

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Eso fue precisamente lo que sucedió en Navas de Tolosa en julio de 1212, donde el apogeo islámico en la península fue mitigado por la confluencia de unos ejércitos cristianos que pusieron en valor elemento aglutinador que los unía (la Fe católica) en detrimento de cualquier diferencia o elemento disgregador que pudiera echar a perder una oportunidad única de poner restablecer los valores fundamentales que identifican a España como nación única e indivisible. En estos momentos críticos de desunión y zozobra, donde en algunas ocasiones se infravalora cuando no ningunea o desprecia nuestra historia e idiosincrasia creyendo que somos una nación decrepita con un pasado oscuro o una permanente tragedia donde (como afirman muchos odiadores de nuestra verdadera historia) nunca hemos estado plenamente unidos, es esencial tirar de vez en cuando de hechos históricos que, como el acaecido en Navas de Tolosa allá por el siglo XIII, ponen de relieve que España ha sabido resurgir en los momentos más convulsos e inasequibles de su historia cuando hemos depuesto nuestras diferencias e impulsado lo que nos une e identifica como nación milenaria.

Antecedentes de la batalla de Navas de Tolosa

La trascendental cita de los ejércitos cristianos había sido fijada por el rey de Castilla Alfonso VIII en Toledo para la fiesta de Pentecostés de 1212. Como hemos mencionado en párrafos anteriores, era una cruzada en toda regla y contó con el concurso de muchos caballeros de Europa. La situación de los ejércitos de los cristianos pintaban bastos a raíz de la estrepitosa derrota años antes en la batalla de Alarcos, que supuso un duro varapalo para las aspiraciones de los ejércitos cruzados de restaurar la unidad perdida cinco siglos con la llegada de los musulmanes a la península. Pero la vitalidad de Castilla fue capaz de superar tan duro contratiempo. Esta es la época en que el rey castellano arrebata al de Navarra el dominio de las Provincias Vascongadas e incluso trata de anexionarse a Gascuña después de ocupar casi todo el territorio vascofrancés en 1205, excepto las ciudades de Bayona y De Burdeos, guarnecidas por los ingleses.

En 1199 falleció el califa almohade Abu Yusuf y le sucedió su hijo Abu Abd Allah, que adoptó, emulando los pasos de su progenitor, el título de amir-al-muminin, que usaba preferentemente, y que los cristianos adaptaron como “Miramamolín”. Era un joven impetuoso, belicoso y ardiente, llegó al extremo de considera que recae sobre él la misión de la jihad o guerra santa contra el infiel, y para ello estaba resuelto a acabar de una vez por todas con las revueltas berberiscas al sur del Imperio y con los restos de la resistencia almorávide, acantonada aún en Baleares con el apoyo de la Corona de Aragón.

El milagro del Pastor o de San Isidro Labrador: evitan la emboscada

El 20 de julio de 1212, las tropas de Alfonso VIII salen de Toledo, hacia el frente de batalla donde le espera el ejército invasor. El ejército estaba compuesto por unos 80000 soldados. Al frente, don Diego López de Haro, el señor de Vizcaya. Mientras tanto, el califa Al-Nassir esperaba tranquilamente en las cercanías de Sierra Morena con más de 120000 soldados para emboscar a las huestes cristianas en Despeñaperros. Cuentan las crónicas castellanas que quien reveló a las tropas cristianas la existencia de este camino fue un pastor de la zona, que algunos historiadores lo han asociado con la figura de San Isidro Labrador, a la sazón patrón de Madrid. El avanzado de don Diego López de Haro comprobó que la senda existía y que el pastor, por ende, no les había traicionado. Para aquella trascendental se hacía necesaria la unión de todos los reinos contra el ejército invasor, para lo cual no faltó al mencionado envite Sancho VII, rey de Navarra, que se unió a la expedición cristiana el 7 de julio con una jugosa aportación de más de 200 caballeros y unos 2000 peones. El paso les condujo hacia un lugar llamado la Mesa del Rey, donde se estableció el campamento cristiano.

Navas de Tolosa: El resurgimiento de las cenizas

En la madrugada del 16 de julio, tras una víspera de escaramuzas y tanteos, el arzobispo de Toledo al frente de una marabunta de capellanes militares repartió, de madrugada, la comunión a los soldados de todos los reinos que horas más tarde entrarían en combate para cambiar el rumbo de la historia. Acto seguido, al rayar el alba se adoptó la posición de combate. Los vascos con los cruzados restantes y a las órdenes del señor de Vizcaya se situaron en punta de vanguardia. Los musulmanes, que superaban con creces a los ejércitos cristianos, realizan la misma estrategia que en tiempos pasados les había dado tan buenos resultados. Los voluntarios y arqueros de la primera de línea, mal equipados pero ligeros y raudos, fingen una retirada inicial frente al ataque cristiano para posteriormente rehacerse y contraatacar con el núcleo de su tropas de élite situadas en el centro. Por otro lado, la caballería mora, equipada con arco, tratan de cercar por todos los medios a los ejércitos cristianos, que en aquel momento pecaron de ingenuidad al creer que la caída del ejército musulmán era una empresa asequible, ejecutando una extraordinaria labora de desgaste, provocando multitud de bajas en el ejército cristiano y mermando la capacidad de un ejército que estuvo a punto de zozobrar en aquella formidable maniobra. Sin embargo, haciendo gala de una enorme valentía e incluso un formidable heroísmo, don Diego López de Haro, junto a su hijo, se mantiene gallardamente en combate cerrado junto a Núñez de Lara y las órdenes militares.

La carga de los tres Reyes

Para tratar la hemorragia de perdidas constantes de soldados en el frente de batalla y ante el temor de una derrota inminente y aplastante por el ejército invasor, los reyes cristianos insuflaron ánimos a sus huestes lanzando una crucial carga con la última línea de sus tropas. Según fuentes fidedignas cristianas, el rey Sancho de Navarra se valió de que la tropa cristiana estaba luchando a su costado para lanzar sus 200 caballeros contra el califa Al-Nasir. Junto a los caballeros, atravesaron el último bastión moro, los Imesebelen, una tropa de élite seleccionada por su valor y coraje, que se enterraba en el suelo o se anclaba con cadenas para mostrar que no iba a huir. La masacre en aquella loma fue de tal magnitud que después del combate, los caballos apenas podían caminar por ella, del número tan elevado de muertos como había amontonados que perecieron en esa batalla tan crucial para los destinos de España. La huida de Al-Naser a Jaén facilitó a los cristianos un ingente botín de guerra. De esta épica batalla todavía se conserva la bandera o pendón de las Navas en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas en Burgos.

Consecuencias de la batalla de Navas de Tolosa

La principal conclusión que podemos extraer de este épico episodio que está escrito con letras de oro en la historia de nuestra nación es que en los momentos de dificultad y de dureza,  cuando ya todo parece perdido y no hay ninguna solución posible capaz de poner coto a los problemas que nos corroen, España siempre ha salido adelante con arrojo y entereza merced a la unión de sus gentes en momentos como el acaecido en Navas de Toledo en el verano de 1212, cuando los Reyes cristianos de España aprendieron al fin la lección de unidad que triunfó en dicha batalla.

La tradición afirma que en recuerdo de ese gran día, el rey de Navarra incorporó las cadenas a su escudo de armas, cadenas que posteriormente se añadieron en el escudo de España.

La consecuencia inmediata del triunfo cristiano sobre el islam es que el califa almohade, Miramamolín, deshecho en Las Navas, logró retornar a África para morir poco tiempo después; el Imperio almohade inició una lenta pero constante desintegración, ya que la Reconquista tomó un nuevo empuje que provocó el mayor avance de los reinos cristianos, que conquistaron casi todos los territorios del sur bajo influjo musulmán y que culminaría el 2 de Enero de 1492 con la toma del Reino de Granada por los Reyes Católicos.

Autor: Francisco de Asís López Avellaneda para revistadehistoria.es

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Bibliografía

-DE LA CIERVA, R.: Historia Total de España. Editorial Fénix, S.L. 1997.

-ROJO PINILLA, J.A.: Cuando Éramos Invencibles. El Gran Capitán Ediciones. 2015.

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