Napoleón Bonaparte, Emperador de la isla de Elba

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En los días inmediatamente previos a la catastrófica invasión de Rusia en 1812, el imperio francés se extendía por numerosos territorios desde la península ibérica hasta Varsovia. Aunque Napoleón no fue derrotado en batalla y consiguió llegar a Moscú, aquella campaña se saldó con la destrucción de la Grandé Armée. De los más de 400 000 soldados que se internaron en las tierras del zar, sólo un 15% consiguió volver a casa.

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Las potencias europeas aprovecharon este momento de la debilidad imperial y en 1814 las tropas de la Sexta Coalición entraban en París. Napoleón, que, desesperado, había intentado suicidarse en abril, se vio obligado a abdicar en Fontainebleau. Sin embargo, pudo retener el título imperial y el dominio de una minúscula isla en la costa norte de Italia, Elba.

El penoso viaje a la isla de Elba

Tras la abdicación, Napoleón se dirigió a la costa. Antes de partir dio un discurso a sus tropas del que nos han llegado varios testimonios. Por encima de todo, y aún en esos momentos tan difíciles, Napoleón era un genial propagandista de sí mismo. Aunque el mismo día todavía había intentado convencer a sus generales de partir hacia París, afirmaba ante sus soldados con gestos melodramáticos que se sacrificaba por Francia. El éxito de semejante puesta en escena culminó con los propios soldados quemando las águilas imperiales y llorando por la partida de su jefe y por lo que era, a fin de cuentas, el fin de una época. Aún en estos momentos, la popularidad de Napoleón en el ejército era inmensa.

El viaje a la isla de Elba, sin embargo, no iba a destacar por las muestras de afecto a Bonaparte. Debieron atravesar el Midi francés, región entonces de marcadas simpatías monárquicas. En Nevers todavía fue recibido con los gritos de «¡Viva el Emperador!» y, unos días más tarde, se negó a ser escoltado por un cuerpo de caballería de rusos y austriacos en su camino a la costa. No tardaría en lamentarlo seriamente.  En las proximidades de Lyon los ¡vivas! ya iban dirigidos a los Borbones y a Luis XVIII; también en Orange, donde la población recibió el carruaje con pedradas. En Avignon decidieron entrar a las seis de la mañana, pero fue inútil y unos centenares de personas fueron a golpear el coche. En Orgon se encontraron con un muñeco de Napoleón ahorcado que llevaba un cartel en el que se leía

«Tarde o temprano, este será el fin del tirano».

En esta ciudad los vecinos no se limitaron a golpear el coche, sino que lo hacían al grito de

«¡Ahorcadlo!», «¡Acuchilladlo!» o «¡Devuélveme a mi hijo!».

La odisea terminó en Fréjus, ciudad a la que había vuelto hacía casi quince años de su aventura en Egipto. Un bajel británico lo llevó entonces a la isla de Elba, peligrosamente cerca de la costa francesa.

Emperador de un islote

La población de la isla a la que llegaba Napoleón a principios de mayo de 1814 había dado muestras de clara oposición a la ocupación francesa, que se venía extendiendo desde 1803. La historia de Elba había sido complicada, pues en las últimas décadas la habían ido ocupando distintas potencias extranjeras a la vez que arraigaba en sus habitantes un claro deseo de independencia.

A pesar de todo, el nuevo soberano fue cálidamente recibido en su desembarco del 4 de mayo. Al llegar, el alcalde de la capital, Portoferraio, le entregó nerviosamente las llaves de la isla en medio de una multitud ansiosa. El líder local estaba tan intimidado que fue incapaz de pronunciar una palabra ni de encontrar el discurso que tenía preparado. Aquel día concluyó con un Te Deum y una fiesta, el Imperio de Elba comenzaba su andadura en la historia.

Napoleón se alojó en el palacete de Mulini y comenzó una actividad frenética, en menos de un año irrumpieron multitud de nuevas infraestructuras. El emperador reorganizó las defensas de su nuevo reino, edificó una fuente en la carretera que salía de Poggio, reparó los cuarteles, construyó un hospital, plantó viñas, pavimentó algunas calles de la capital e hizo instalar un sistema de regadío. También, para ganarse el afecto de los habitantes, repartió donaciones entre los más pobres y regaló 1100 volúmenes a la biblioteca municipal de Portoferraio.

Napoleón, curiosamente, fue fundamental para impulsar el turismo en la isla, aún hoy uno de los pilares económicos de la misma. Era normal entre los jóvenes ingleses adinerados recorrer Europa al alcanzar una cierta edad, lo que se conocía como el Gran Tour. En 1814 comenzaron a recuperar su popularidad tras el paréntesis de las guerras napoleónicas. Cientos de ingleses fueron a Elba ansiosos por ver a Bonaparte, el gran hombre cuya historia había fascinado a todos.

Pero la estancia de Napoleón en la isla de Elba ha quedado sobretodo ligada a su regreso a Francia. Parecía que el corso se había adaptado bien a su nueva situación, y de hecho en las reuniones con autoridades extranjeras solía soltar frases como «Mi tiempo ha pasado» o, directamente, «Estoy muerto». Tan solo el comisionario británico en Elba, sir Neil Campbell, avisaba a su gobierno de que Napoleón podía estar pensando en regresar a Francia. Y es que, además de gobernar la isla de Elba subiendo los impuestos a unos niveles tan altos que su popularidad se resintió considerablemente entre los vecinos, Napoleón estableció también un eficiente sistema de espionaje. Era consciente de la debilidad de los Borbones en Francia y de que recuperar el poder era posible. Mantenía la lealtad del ejército, donde la desafección hacia la monarquía de Luis XVIII era general.

Napoleón también se enteró de que las autoridades aliadas planeaban alejarlo más de la costa francesa y, contraviniendo lo firmado en Fontainebleau, llevarlo a otra isla, hablándose ya de Santa Elena como una posibilidad. Conociendo las intenciones de sus enemigos y la favorable relación de fuerzas, Bonaparte se preparó para recuperar Francia.

Autor: Manuel Alvargonzález Fernández para revistadehistoria.es

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GRDP

Bibliografía:

Andrew Roberts, Napoleón. Una vida, Madrid, Ediciones Palabra, 2016.

Philip Dwyer, Citizen Emperor: Napoleon in power 1799-1815, London, Bloomsbury, 2013.

Bell, David, Napoleon: a concise biography, Oxford, Oxford University Press, 2015.

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