Max Von Oppenheim, el Lawrence de Arabia alemán

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Max Von Oppenheim nació en  Colonia en 1860. Era de raza judía pero católico de religión porque la condición de la rica familia Engels para que se casara con su hija Pauline, fue que se convirtiera al catolicismo.

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Y por eso las fiestas de Navidad se celebraban en la  familia con fervor: se ponía el árbol de Navidad, se iba a misa de medianoche y se cantaban villancicos. Pero lo que más le gustaba a Max y a sus cuatro hermanos eran los regalos que esperaban ser abiertos al pie del abeto lleno de luces.

Aquel año, además de los juguetes habituales, había un sencillo libro con su nombre escrito en el papel que lo envolvía: eran “Las mil y una noches”. Lo dejó de lado y se dedicó a abrir los otros regalos más importantes, pero aquella noche comenzó a leerlo y su vida cambió por completo.

Max Von Oppenheim, el Lawrence de Arabia alemán

Su familia poseía  la importante casa bancaria Sal. Oppenheim  y su padre daba por descontado que todos sus hijos entrarían en el negocio familiar, pero con Max fracasó, porque  a partir de aquella Navidad su hijo sólo soñaba con conocer el país  de Harum-al-Rashid y Scheherezade.

Le mandó a Estrasburgo a estudiar derecho, pero lo único que hizo fue divertirse en la fraternidad Palatia, luego le mandó a Berlín  y más tarde volvió a Colonia, donde por fin acabó la carrera y se presentó el Referendariat, una especie de examen para entrar en el funcionariado que aprobó a los 31 años con el grado de asesor. Durante esos años estudió árabe y se interesó por la cerámica oriental. Su padre no se extrañó; era un gran mecenas y su casa estaba siempre llena de artistas, él mismo era un gran coleccionista de arte. Ya maduraría cuando entrara en el negocio familiar.

Pero en vez de entrar en la Banca familiar, le dijo a su padre que quería viajar por los países árabes y perfeccionar el idioma.

Su padre no se preocupó mucho porque  casi todos los buenos  hoteles en el Oriente Medio  y en el Magreb eran propiedad de judíos que le informaban puntualmente de las andanzas de su hijo… hasta que un día desapareció en el Cairo. Estuvo siete meses en la Medina, vistiendo como ellos, rezando como ellos, comiendo como ellos; era un enamorado de la cultura árabe y podía pasar por uno de ellos.

Comenzó un viaje desde El Cairo recorriendo Siria, Mesopotamia y Basora, conviviendo con los beduinos y estudiando su forma de pensar.

Max conoció lugares a los que jamás había llegado antes un europeo.

De aquel viaje, que duró más de un año, escribió un libro: “Del Mediterráneo al Golfo Pérsico”, del que Lawrence de Arabia, al que Max conoció cuando excavaba en Karkemish, dijo que “ era el mejor libro sobre el área que había leído”

Le interesaba la política y la diplomacia e intentó entrar en el cuerpo diplomático, apadrinado por Paul Graf  von Hatzfeld, el embajador alemán en Constantinopla (del que  Otto von Bismarck decía, con su habitual diplomacia, que “era el mejor caballo de la cuadra diplomática”).

Pero nadie se fiaba de un judío, no era un verdadero alemán, así que sólo le aceptaron como agregado en el Consulado alemán del Cairo, pero sin ningún nombramiento oficial, lo que le dejaba una total libertad para actuar.

Alemania se había puesto del lado de los turcos mientras que franceses e ingleses defendían sus intereses petrolíferos y económicos en Oriente Medio : la guerra se veía venir.

Max se dio cuenta de lo importante que podía ser unir a las tribus árabes contra los aliados, eran una gran fuerza que podía inclinar la balanza de la guerra y comenzó a hacer sus primeros contactos entre ellos. Porque no sólo conocía a los jefes de las tribus del desierto, sino también a los más influyentes islamistas de la buena sociedad del Cairo, donde se había establecido  en una lujosa casa con cinco criados y un buen cocinero.

Incluso llegó a ser recibido en Constantinopla por el Sultán Abdul- Amid II con el que estuvo durante varias horas hablando del panislamismo en perfecto árabe, cosa que agradó mucho al sultán, y mucho más le agradaron sus ideas sobre unir a todas las tribus árabes contra los colonialistas, aunque temía que  las diferencias suníes y chiíes  fueran difíciles de superar.

Pero Max comenzó a reunirse con todos los jefes tribales y a sondear sus ideas y qué era lo que deseaban a cambio de su contribución a la guerra. Comprobó que muchos de aquellos jeques estaban dispuestos a levantarse en armas  y que su colaboración sería relativamente barata.

Escribió informes asegurando la fidelidad a Alemania de muchas tribus, estaba entusiasmado con su proyecto. Alemania podía establecer allí un protectorado, como hacían franceses e ingleses y aprovecharse del petróleo.

Pero la actividad de Oppenheim no pasó desapercibida para los servicios secretos aliados que pusieron el grito en el cielo. Si Alemania lograba poner de su parte a las tribus, tenían la batalla perdida. Los alemanes ya asesoraban al ejercito turco y estaban construyendo un ferrocarril que iría de Berlín a Bagdad y que   uniría las principales ciudades y aumentaría la riqueza del país al favorecer el comercio y las comunicaciones. Había que evitarlo, debían actuar rápidamente. Franceses e ingleses unieron sus voces contra Oppenheim, le llamaron ”el maestro espía del Káiser” y pidieron su expulsión del Cairo.

Lo que los aliados no sabían era que  los únicos que se habían tomado en serio a Oppenheim eran ellos. Los  informes  que mandaba a sus superiores  en Berlín, casi quinientos, acabaron por lo general  en la papelera o archivados sin el menor comentario y rara vez se mandaron a la embajada alemana del Cairo. ¿ Quien iba a fiarse de un judío y de sus locas teorías?

Pero los aliados  sí que  tomaron buena nota de la idea y la aplicaron tan pronto comenzó la Primera Guerra Mundial con los excelentes resultados que todos conocemos.

Para ellos, desde luego, porque Francia e Inglaterra traicionaron a sus socios  árabes cuando ya no los necesitaron y el Gran Estado Árabe prometido una y otra vez, nunca llegó a existir.

Max también se dio cuenta de que no le hacían caso y cuando el Deustche  Bank le ofreció un trabajo para  acompañar a los geólogos  que trazarían el tendido del tren por tierras sirias, se unió a ellos.

Como Gertrude Bell o Lawrence de Arabia, era un enamorado de la arqueología y sabia que aquellos territorios mesopotámicos estaban llenos de ciudades enterradas y perdidas. Cada vez que llegaban a una aldea preguntaba a su jefe si conocían algún lugar con estatuas o antiguas ruinas. Todos movían tristemente la cabeza, (los extranjeros pagaban bien cualquier cosa antigua) alrededor de su tribu sólo había arena.

Pero al noroeste de Siria, cerca de la frontera turca, en la provincia de Al Hasakah, donde se sitúa el fértil valle del río Jabur, un labrador le  dijo que cerca de allí habían desenterrado una extraña estatua que habían vuelto a enterrar porque seguramente era  la imagen de un dios infiel.

Max se olvidó del ferrocarril y del Deutsche Bank que le pagaba ,buscó una cuadrilla en el pueblo y tuvo suerte; en tan sólo unos días desenterró extrañas estatuas de dioses, negras y con grandes ojos saltones, y encontró la entrada al “Palacio del Oeste”.

Pero no tenía permiso para excavar, así que mandó volver a enterrar todo y pagó a los aldeanos para que  le guardaran el secreto.

Cuando volvió al Cairo, lógicamente, el Deutsche Bank le despidió, circunstancia que  aprovechó para mandar las fotografías a arqueólogos alemanes que se entusiasmaron con su descubrimiento: pero no había dinero para excavaciones en aquellos momentos. Max acudió a su padre que como buen mecenas le dio el dinero necesario  (750.000 marcos) para  empezar la excavación en Tell Halaf (tell significa colina artificial)  acompañado de cinco arqueólogos. Había descubierto  la cultura Halaf con una antigüedad de cinco a seis mil años antes de Cristo.

Pero comenzó la Primera Guerra Mundial y las excavaciones se abandonaron. Aunque esta vez las opiniones de Max fueron tenidas en cuenta como experto en Oriente Medio. En Berlín  se estableció la Oficina de  Inteligencia para el Este y le hicieron su jefe. Mas tarde le enviaron a a la embajada alemana de Constantinopla  y alentó al sultán a declarar la Yihad (guerra santa) contra los infieles, o sea, franceses e ingleses.

Los ingleses le acusaron de dar discursos en las mezquitas alentando la masacre armenia y la lucha contra los  infieles,  y decían que le llamaban Abu Yihad ( el padre de la Guerra Santa) En 1915 habló con Feisal para atraerle a su causa. Pero era demasiado tarde: su padre , Hussein, estaba haciendo tratos al mismo tiempo con los ingleses. La rebelión árabe se produjo, pero  fue otro arqueólogo, T.E Lawrence,  el que le ganó por la mano y Max fracasó.

En 1927 Oppenheim pudo volver a excavar en Tell Halaf que ahora era territorio francés y tuvo que dar a Francia un tercio de los hallazgos. Ese tercio fue llevado a Alepo donde Oppenheim fundó el Museo Nacional, el resto se llevó a Berlín, donde Max abrió el  Museo Tell Halaf pagándolo todo de su bolsillo.

Pero en la Segunda Guerra Mundial, una bomba incendiaria de fósforo cayó sobre el museo. Todo lo que era madera o piedra caliza desapareció y las   estatuas de basalto, al intentar apagar el fuego, se hicieron añicos por el choque térmico .Los fragmentos se guardaron en  los sótanos del Museo de Pérgamo y allí quedaron durante años.

Actualmente se han reconstruido unas 30 estatuas a partir de ¡ 27.000 fragmentos!

Max murió pobre en Baviera,  acogido en la casa de una hermana. Había invertido todo su dinero en sus querido museo y sólo tenía deudas.  Otra bomba  destruyó también su casa y su biblioteca y todo se perdió.

¿Pero qué hubiera pasado si los árabes se hubieran puesto de parte de los turcos y los alemanes  hubieran ganado la Primera Guerra  Mundial?

Pues que seguramente  no hubiera habido  Segunda Guerra Mundial,  ni Hitler hubiera sido el tirano de Alemania, ni el Holocausto Judío habría existido, ni millones de soldados de ambas partes hubieran muerto, porque la Segunda Guerra Mundial fue la consecuencia  directa del ánimo de venganza de los franceses y el humillante tratado de Versalles que los alemanes se vieron obligados a firmar.

Autor: Nissim de Alonso para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

  1. MAX VON OPPENHEIM.
  2. EDUARD BREMON. LE YIHAD DANS LA PREMIERE GUERRE MONDIAL.
  3. HISTORIA ANTIGUA. TELL HALAF.
  4. ARTEHISTORIA . GUZANA.

Parte de Foto de Portada:

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