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Marco Emilio Lépido: El Triunviro Olvidado de la Roma Antigua

Marco Emilio Lépido: El Triunviro Olvidado de la Roma Antigua

Marco Emilio Lépido es el menos famoso de los triunviros, eclipsado sin duda por la grandeza histórica de sus colegas y por la importancia histórica que representa la caída del sistema político vigente de la República romana.  Figuras como Julio César, Augusto y Marco Antonio capturan con facilidad la imaginación colectiva y sin embargo, hay personajes cuyo papel, aunque crucial, permanece en las sombras de estos gigantes.

Tal es el caso de Marco Emilio Lépido, un hombre cuya carrera política y militar fue tan notable como la de sus contemporáneos más famosos, pero cuya memoria se ha desvanecido en las brumas del tiempo.

Marco Emilio Lépido: El Triunviro Olvidado de la Roma Antigua

Marco Emilio Lépido nació en el seno de una familia patricia, una clase social que ostentaba gran prestigio en la República Romana. Desde joven, Lépido se vio inmerso en las complejidades de la política romana, en una época caracterizada por violentas luchas de poder.

La muerte de Publio Clodio sumergió a Roma en un caos que amenazaba los cimientos mismos de la República. En medio de esta anarquía, el Senado designó a Marco Emilio Lépido como interrex, confiándole la tarea de celebrar comicios. Sin embargo, Lépido, enfrentándose a un clima de inestabilidad sin precedentes, decidió no convocar elecciones consulares, argumentando que esa responsabilidad excedía las funciones habituales del interrex. La tensión era tal que su propia residencia fue asediada por partidarios de Clodio, obligando a Lépido a escapar por poco de un destino fatal.

La situación se agravó aún más con el estallido de la guerra civil entre Julio César y Gneo Pompeyo en 49 a.C. Durante este periodo convulso, Lépido, desempeñando el cargo de pretor, optó por alinearse con César. En un giro del destino, los cónsules en ejercicio, partidarios de Pompeyo, huyeron a Grecia, dejando a Lépido como el magistrado de mayor rango en Italia. Esta posición le otorgó una influencia decisiva en los acontecimientos que se desarrollaron a continuación.

Con Julio César partiendo hacia Hispania para confrontar a los pompeyanos Lucio Afranio y Marco Petreyo, Lépido asumió nominalmente el control de Roma. Aunque su autoridad dependía en gran medida de Marco Antonio, Lépido aprovechó la oportunidad para consolidar su posición. En ausencia de César, organizó comicios que culminaron con la designación de César como dictador, un movimiento que reconfiguró el tablero político de Roma.

El siguiente capítulo de su carrera lo llevó a Hispania Citerior en 48 a.C., donde recibió el título de procónsul. Allí, Lépido demostró su habilidad para la diplomacia al resolver un conflicto entre Quinto Casio Longino, procónsul de la Hispania Ulterior, y su cuestor Marco Marcelo. A pesar de no participar en combate, Lépido fue proclamado Imperator, un título que realzaba su estatura como líder. Su regreso a Roma en 47 a.C. fue marcado por un triunfo concedido por César, aunque las crónicas de la época, como las de Dión Casio, sugieren que los logros de Lépido en Hispania estuvieron más en el ámbito financiero que en el militar.

En los años siguientes, César continuó otorgando a Lépido posiciones de creciente importancia. En 46 a.C., lo nombró su colega en el consulado y, al año siguiente, le confirió nuevamente el cargo de magister equitum.

La última etapa de la carrera de Lépido lo encontró en el control de la Gallia Narbonensis y la Hispania Citerior en 44 a.C., aunque decidió permanecer en Roma y gobernar a través de legados. La noche anterior al asesinato de César, el destino de Lépido se entrelazó dramáticamente con este evento histórico: cenó con César y, al día siguiente, estaba presente en la Curia durante el asesinato del dictador. Los conspiradores habían considerado eliminar a Lépido junto con Marco Antonio, pero finalmente descartaron este plan.

Tras el asesinato de Julio César en el 44 a.C., Roma se sumió en una nueva ola de conflictos. En este contexto, Lépido se unió a Marco Antonio y Octaviano, formando el Segundo Triunvirato. Este fue un período crucial en la historia romana, marcado por la búsqueda de venganza contra los asesinos de César y la reorganización del estado y en el que la lealtad de Lépido se fue deslizando hacia Marco Antonio, con el que también tenía una ligazón familiar.

En el turbulento año 42 a.C., Marco Emilio Lépido se encontraba en Roma, mientras sus compañeros triunviros, Marco Antonio y Octavio, partían hacia Macedonia. Su objetivo era doble: vengar el asesinato de Julio César y buscar la victoria en la crucial Batalla de Filipos. Mientras tanto, en la capital, Lépido enfrentaba sus propios desafíos. Tras el regreso victorioso de Antonio y Octavio, se inició el proceso de distribución de los dominios romanos, un procedimiento que no sería favorable para Lépido.

Se le acusó de haber establecido comunicaciones con Sexto Pompeyo, lo que llevó a su desposeimiento de las provincias que gobernaba. No obstante, se estableció una cláusula: en caso de probarse su inocencia, recibiría el control de África como compensación. Aunque Marco Antonio y Octavio no lograron sustentar las acusaciones contra él, Lépido no pudo asumir el control de África hasta después de la guerra de Perusia en 40 a.C.

La demora en otorgarle África sugiere un juego político por parte de Octavio. Al final, su decisión de concederle esta provincia a Lépido parece haber estado motivada por un cálculo estratégico: mantener a Lépido como un aliado leal era crucial, especialmente considerando la tensión creciente y la posibilidad de un enfrentamiento con Marco Antonio.

En el transcurso del año 36 a.C., la saga de Marco Emilio Lépido tomó un giro dramático. Tras permanecer en África, a pesar de la renovación del triunvirato en el 37 a.C. donde su papel era más ceremonial que práctico, Lépido se encontró en el centro de un conflicto que redefiniría su destino. Convocado por Octavio para participar en la contienda contra Sexto Pompeyo en Sicilia, Lépido, descontento por su marginalización política, emprendió una jugada audaz: capturar Sicilia por su cuenta.

Lépido desembarcó en la isla, tomando rápidamente Lilibea y otras ciudades costeras. Su ímpetu se consolidó con la ocupación de Messana, donde las legiones de Pompeyo, previamente estacionadas, decidieron unirse a su causa, reforzando su ejército hasta alcanzar las 20 legiones. Con este poderío militar, Lépido se sentía listo para reclamar su lugar en la historia.

Sin embargo, el enfrentamiento con Octavio en Sicilia reveló las debilidades latentes en su liderazgo. A pesar de su poderío militar, Lépido no logró inspirar lealtad férrea en sus tropas. Octavio, astuto y estratégico, capitalizó esta fragilidad, persuadiendo a varias legiones de Lépido para que cambiaran de bando. Un tenso enfrentamiento en el campamento de Lépido dejó a Octavio herido en el pecho, pero fue un golpe estratégico que terminó desmoronando la lealtad de las fuerzas de Lépido.

En un giro del destino, Lépido se vio forzado a rendirse. Octavio, victorioso, no tardó en despojar a Lépido de su título de triunviro, acusándolo de traición. Aislado y sin aliados, Lépido tuvo que entregar Sicilia y África a Octavio. Como gesto de clemencia, Octavio le perdonó la vida, permitiéndole conservar su fortuna personal y su dignidad como Pontífice Máximo, pero con la condición de vivir en Circeii bajo estrecha vigilancia. Este episodio marcó el fin de la ambición política de Lépido y su transición a un exilio dorado, una conclusión melancólica para una figura que una vez aspiró a moldear el destino de Roma.

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