Los Romanov: 100 años del magnicidio de la última familia imperial rusa

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Los Romanov gobernaron Rusia durante 300 años. La historia de la dinastía comenzó en 1613, de la mano de Miguel I en el Monasterio de Ipátiev cerca de Kostromá y finalizó con Nicolás II en 1918 en un sótano de la casa Ipátiev en Ekaterimburgo. La vida, en ocasiones cínica, quiso conceder al primer y último monarca esa cruel coincidencia.

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Tras la Revolución de Febrero y la abdicación de Nicolás, Rusia quedó en manos de un Gobierno Provisional. La familia fue puesta bajo arresto domiciliario en el Palacio de Alejandro en Tsárkoye Seló hasta el mes de agosto, posteriormente fueron trasladados a Siberia, primero a la ciudad de Tobolsk y finalmente a Ekaterimburgo.

Los Romanov: El primer año de cautiverio

Los primeros meses de arresto de los Romanov se desarrollaron en una sorprendente calma. Muchos allegados de Nicolás se sorprendieron al comprobar que el destronado zar parecía cómodo con su nueva situación, alejado de la política y las preocupaciones del gobierno.

En julio, un intento de golpe de estado por parte de los bolcheviques alertó a Kérenski de la necesidad de trasladar a la familia imperial a un lugar más seguro. En un principio, tras la abdicación del zar, se contempló la idea de mandar a Nicolás y su familia a Reino Unido, sin embargo, la respuesta de conceder asilo por parte de los británicos, que en un principio había sido positiva, fue retirada, dejando a los Romanov abandonados a su suerte.

Finalmente, Kérenski decidió trasladarlos a Siberia, concretamente a la ciudad de Tobolsk, alejada de las fábricas y los movimientos obreros.

En agosto de 1917 los Romanov llegaron a Tobolsk donde permanecerían hasta abril y mayo. Su destino quedó sellado tras la Revolución de Octubre, en la que los bolcheviques se hicieron con el poder. En abril de 1918 llegó a Tobolsk Vladimir Yakovlev, designado por el Comité Ejecutivo Central para transferir a Nicolás a Moscú, la nueva capital rusa, donde iba a ser sometido a juicio. El zar se negó a partir y dejar atrás a su familia, pero el zarévich, enfermo de hemofilia, no se encontraba en condiciones para viajar. Finalmente, Nicolás abandonó la casa del gobernador acompañado por la zarina Alejandra y su hija María.

La casa del propósito especial

El tren usado para transportar a los prisioneros hasta Moscú fue interceptado a la altura de Omsk, Yakovlev obedeció las ordenes procedentes del Comité Ejecutivo Central y dirigió a los Romanov a Ekaterimburgo.

Fueron recluidos en una casa perteneciente a un comerciante llamado Nikolái Ipátiev, que los bolcheviques rebautizaron bajo el nombre de “La Casa del Propósito Especial”.

Las condiciones de los prisioneros fueron mucho más duras en Ekaterimburgo. El comisario a cargo de la casa, Adveed, les dejó claro que recibirían un trato similar al de un régimen penitenciario.

En mayo toda la familia se reencontró. A su lado permanecieron el médico de la familia, el doctor Botkin, el cocinero Jaritónov, el lacayo Trupp, la doncella Demidova, y el ayudante de cocina Sednev, el único que consiguió salir con vida de la casa.

A principios de Julio, el comisario Avdeev fue reemplazado por Yákov Yurovsky jefe de la Checa de los Urales, la policía secreta bolchevique. A su vez la guardia interna de la casa se substituyó por un pelotón de fusileros letones. En aquel momento los Romanov comenzaron a convivir con sus verdugos.

La madrugada del 16 al 17 de Julio

La situación de Rusia, inmersa en una guerra civil, y la proximidad de tropas checoslovacas en Ekaterimburgo, hizo que Moscú sopesase que hacer con la familia imperial, puesto que su presencia podía supone un estandarte de lucha para el Ejercito Blanco. El 16 de Julio fue enviado un telegrama desde Ekaterimburgo a Moscú en el cual se anunciaba que la liquidación de los Romanov debía llevarse a cabo cuanto antes.

Se ha especulado mucho sobre quien tomó la decisión de ejecutar a la familia. El Soviet de los Urales nunca habría tomado ninguna decisión sobre el destino de los Romanov sin contar con la aprobación de Lenin.

A la una y media de la madrugada Yurovsky despertó al doctor Botkin y les anuncio que había disturbios en la zona y que por su seguridad era necesario trasladarlos a la planta de abajo. Cuarenta minutos más tarde, la comitiva de prisioneros bajaba las escaleras de la casa con Nicolás a la cabeza, el zarévich que aún no podía caminar, iba en brazos de su padre.

Fueron conducidos al sótano de la casa. Yurovsky entró en la habitación seguido de once hombres con las armas desenfundadas. Sacó una hoja de su bolsillo y leyó la sentencia de muerte. Nicolás, pálido, pidió al comisario que repitiese lo que había dicho, este obedeció y luego abrió fuego contra el zar. Las grandes duquesas tenían joyas cosidas en el interior de sus corsés por lo que tuvieron que ser rematadas con bayonetas.

El entierro de los cuerpos

Trasladaron los cadáveres en un camión a un bosque a las afueras de Ekaterimburgo. Los cuerpos del zarévich Alekséi y la gran duquesa María fueron quemados, al resto los rociaron con ácido sulfúrico y los enterraron en una fosa que cubrieron con un puente de traviesas para ocultar el hedor. Nunca más se supo de los Romanov desde aquel día.

Con el hallazgo de los restos en 1991 y 2007 se puso punto final a uno de los mayores misterios del siglo XX.

A cien años de su desaparición, Rusia se ha reconciliado con su pasado zarista y comunista. Las heridas que se abrieron aquella noche comienzan, al fin, a cicatrizar.

Autora: Claudia Banqueri para revistadehistoria.es

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GRDP
Bibliografía:

“Nicolás y Alejandra” Robert K. Massie

“Los Románov: 1613-1918” Simong Sebag Montefiore

“El Último zar”, Edvard Radzinsky

“Las hermanas Romanov”, Helen Rappaport