El 15 de agosto de 1939, dos semanas antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, apareció en el diario caraqueño La Esfera un curioso artículo que llevaba por título el de estas líneas. Es un escrito sin firma publicado en la primera y undécima página. Recoge algunos datos de la juventud del líder europeo y buscaba contraponer la imagen del Hitler de esos días “sin pan y sin trabajo” con los de su etapa más gloriosa que se estaba manifestando justamente en ese momento.
En marzo había ocurrido la ocupación de Praga. Un año antes, Alemania se había anexionado Austria y Checoslovaquia. Lo mismo había hecho en 1936 con Renania. Ya se perfilaba como el nuevo Napoleón en la Europa del siglo XX.
Los días oscuros de Hitler
Adolf Hitler provenía de una familia católica de la pequeña burguesía austriaca. Había nacido en Braunau, Alta Austria. En 1905, a los dieciocho años, con cincuenta florines en los bolsillos y un certificado del Instituto Moderno Linz, se trasladó a Viena para emprender estudios artísticos. Aunque las malas lenguas dicen que contaba con la herencia materna. Fue cuando entró en contacto con las ideas racistas contra los judíos, promovidas por los dirigentes municipales de la ciudad. Comenta el escrito que se crió mirando la frontera, esa barrera de blanco y negro que separaba en esos días Austria de Alemania. Sin embargo, se sentía un ciudadano alemán, aunque no lo era. Era hijo de un aduanero austriaco. Entonces ¿cuál era la mejor manera de demostrar su amor por Alemania? La única posible si se era austríaco, y en especial estudiante, era llevar la centaura, la flor simbólica que se colocaba en la solapa para demostrar la admiración por el káiser Guillermo. El joven Hitler la llevó en el Instituto Moderno de Linz, lo cual le costó reprimendas, malas notas, algunas medidas disciplinarias y los antecedentes policiales que le impedían en el futuro ejercer cargos en la administración austriaca. Sus últimos momentos en el citado colegio lo culminó por todo lo alto. Un día, luego del oficio religioso había que cantar. El órgano resonó y los estudiantes entonaban: “Dios nos conserve, Dios nos ampare”, pero en medio de las voces alguien desentonaba, era Hitler, que cantaba: “Alemania, Alemania, sobre todo”. En la Austria de aquella época juvenil de Hitler no existía otra forma para despreciar a los oficiales austriacos y sentirse en la atmósfera alemana, que irse a Graz a escuchar El anillo de los nibelungo de Richard Wagner, ópera con la cual el compositor agitaba las almas, descendiendo “hacia lo más puro del espíritu alemán”. El músico sajón trasladaba a los asistentes al fondo del tiempo, donde las leyendas y los mitos visualizan muchas cosas del espíritu germánico. Según el escrito: “Wagner, pues, era un pedazo de la Alemania eterna en medio de aquella Bohemia “antialemana”. Sin aduanas, sin funcionarios, sin pedir permiso, sin maestros, Hitler se sentía en Alemania, porque Wagner, durante una hora, se apoderaba de una ciudad de Austria”.Otro dato que apunta el escrito para hablar de esos días oscuros del hombre que en esos momentos aterrorizaba a Europa, es la idea de que él nunca conoció la alegría. Por el contrario, vivió “muy de cerca la tristeza”. A los trece años murió su padre y tres años más tarde su madre. Es cuando “queda solo y huérfano de todo cariño”, y a pesar del apoyo de los parientes no logra compensar el afecto perdido.
Una vez en Viena. Aquí viene el tercer dato. Se encontró sin recursos para mantenerse, apremiado por el hambre, comenzó a buscar trabajo, pero no lo encontraba. Hasta que por fin, casi por caridad, logró uno como aprendiz de pintor. Estos son algunos de esos días oscuros de Hitler. Él que pretendía ser un émulo de los grandes artistas y que hasta había soñado con ingresar a la Academia de Bellas Artes, pasaba sus días como “un brocha gorda”, alcanzándole los tarros de pintura a los oficiales que están sobre los andamios. Sin embargo, comenta el escrito, Hitler, a falta de dinero tenía razones y la pobreza le enseñó a hablar con los obreros, los obreros austriacos. Esto fue suficiente para que fuera considerado un alemán. Y al mismo tiempo ponerlo en la disyuntiva de dejar el trabajo o caerse de un andamio. Optó por lo primero.
De esta forma comienzan otros días más oscuros para él. Una etapa que el escrito califica de horrible, “sin pan y sin trabajo”, en la cual solo paseaba por la Mariahilferstrasse y observaba un mundo feliz, “de uniforme joyantes, de mujeres vestidas en seda, de grandes funcionarios que pasaban envueltos en su aire solemne. Pero él no tenía un céntimo. Y se sentía oscuro como una rata”. Así se completaba la moneda, su amor alemán sostenido hasta los momentos, ahora se reforzaba con un odio austriaco. La verdad es que Hitler estuvo seis años holgazaneando en Viena, gastándose la herencia materna y viviendo de la caridad.
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Autor: Jesús Eloy Gutiérrez, Docente-Historiador, Doctor en Historia del Mundo Hispano, para revistadehistoria.es
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Bibliografía
Fattorini, Emma (2007). Pío XI, Hitler e Mussolini. La solitudine di un papa.Torino: Giulio Einaudi Editore.
Gutiérrez, Jesús Eloy (2019). La Iglesia católica y el fascismo. Amazon.
MOSSE L., George (1975). La nacionalización de las masas. Madrid, Marcial Pons, 2005.
Toland, John (1977). Adolf Hitler. Madrid, Editorial Cosmos.
Hemerografía
“Los días oscuros de Hitler”. La Esfera. Caracas, 15 de agosto de 1939.
