Las peripecias del Capitán Cuéllar, náufrago de la Gran Armada

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Las nefastas consecuencias de la Felicísima Armada enviada por Felipe II contra Inglaterra no se ciñeron exclusivamente a los sucesos del Canal de la Mancha; muchos fueron los navíos empujados hacia el norte por las borrascas de la “pequeña edad de hielo” que tras rodear Escocia batidos por las tormentas consiguieron llegar a las costas occidentales de Irlanda y no menos los españoles que murieron ahogados al intentar alcanzarlas o asesinados al hacerlo.

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Pero hubo un hombre que logró escapar a la muerte tras sufrir no pocos percances al atravesar la isla y lograr llegar a Flandes: el Capitán Francisco de Cuéllar, cuyas andanzas recogió él mismo en una carta dirigida al monarca que lleva por título Carta de uno que fué en la Armada de Ingalaterra y cuenta la jornada. He aquí su épica historia.

Francisco de Cuéllar

Poco se sabe de sus orígenes aunque varios autores lo sitúan en tierras vallisoletanas, pero de lo que sí se tiene conocimiento es de su carrera militar previa a la empresa de Inglaterra. Cuellar participó en la unión de Portugal a la corona española. Más tarde embarcó con Diego Flores Valdés en su expedición al Estrecho de Magallanes, siendo capitán de infantería española en la fragata Santa Catalina,  expedición que duraría hasta 1584 y llevaría a Cuéllar al Fuerte de Paraíba en Brasil para desalojar a los colonos franceses que se habían apoderado de la zona.  Tras regresar de las Indias, Cuéllar participó en la expedición a las Azores bajo el mando de Don Alvaro de Bazán.

Condenado a muerte

Pero las penalidades de Cuéllar no comenzaron en Irlanda sino algunos días antes cuando el galeón San Pedro del que Cuéllar estaba al mando rompió la formación de la Armada en el Mar del Norte. Por tal motivo fue condenado a morir en la horca por desobediencia por el General Francisco de Bobadilla. Siguiendo los trámites reglamentarios, Cuéllar fue enviado al galeón San Juan de Sicilia, para que el Auditor General Martín de Aranda ejecutase la sentencia. Sin embargo la sentencia  no llegó a ejecutarse permaneciendo Cuéllar detenido a bordo hasta que el galeón, que había sufrido numerosas bajas, ancló cerca de la costa de Irlanda, a una milla de Streedagh Strand en el actual Condado de Sligeach, junto con otros dos galeones. Al quinto día de permanecer anclados, las tres naves fueron arrastradas hacia la costa por la tempestad siendo destrozadas contra las rocas por la fuerza del temporal sobreviviendo después del desastre tan  solo 300 hombres de un total de 1.000 de las tres tripulaciones. Los campesinos de la zona agredieron, robaron y desnudaron a los que llegaron a la costa, pero Cuéllar que se había agarrado a una tabla, consiguió llegar a la orilla sin ser visto y se escondió entre la maleza

Las costas irlandesas

De esta forma y en un lamentable estado. Cuéllar llegó a la costa donde consiguió unirse a otro superviviente que estaba completamente desnudo y que finalmente fallecería. Ambos deambularon  por el territorio  hasta que  fueron descubiertos por dos hombres armados, que los apresaron para dirigirse al pillaje en la orilla, momento  en el que vio a 200 jinetes cabalgando por la playa. Cuéllar, hambriento y  enfermo se arrastró y pudo contemplar cientos de cadáveres esparcidos en la arena que eran pasto de los cuervos y de los perros salvajes de la zona. Avistó asimismo la Abadía de Staad, una pequeña iglesia que había sido incendiada por las autoridades inglesas y cuyos monjes había escapado, y al llegar a ella se encontró  a doce compañeros colgando de ganchos atados a las barras de hierro de las ventanas que aún quedaban en las ruinas de la iglesia. Una mujer de la zona le recomendó que se alejara del camino pues corría peligro si era visto; continuó avanzando hasta que se encontró con dos soldados españoles desnudos (los empobrecidos irlandeses robaban la ropa a los naúfragos) que le informaron de que los soldados ingleses habían matado a los 100 españoles que habían caído en sus manos.

En ese momento Cuéllar, apiadado de los muertos de la playa y olvidando su propia seguridad, se dedicó a enterrar a algunos, entre ellos dos oficiales, momento en el que unos lugareños se les acercaron con la intención de robarles lo que les quedaba de ropa, mientras que otro más compasivo les ordenó que los dejaran en paz ayudándoles a llegar a su poblado.  Ya de camino, descalzos y ateridos de frio, atravesando un bosque se cruzaron con un anciano  acompañado de tres jóvenes, dos chicos y una chica, que les asaltaron recibiendo Cuéllar una cuchillada en una pierna antes de que el viejo detuviese la pelea. Le despojaron de la poca ropa que llevaba, una cadena de oro por valor de mil ducados y cuarenta y cinco coronas de oro. La mujer se aseguró de que le devolvieran su ropa y tomó un pequeño cofre que contenía reliquias, el cual se colgó al cuello antes de partir. Otro muchacho le ayudó a curar sus heridas y le ofreció alimento.

Cuéllar siguió el consejo del muchacho de no acercarse al poblado, y se mantuvo comiendo bayas y berros. Fue atacado de nuevo por otro grupo de hombres que le dieron una paliza y le quitaron otra la ropa que le quedaba. Se cubrió con un faldón de helechos y ramas y caminó hasta una población desierta donde encontró a otros tres españoles. Tras pasar algún tiempo en este lugar, encontraron a un joven que hablaba latín y que los condujo al territorio del señor Brian O’Rourke en el actual Condado de Leitrim.  El hecho de que el propio Cuéllar hablase latín fue su salvación.

En las tierras del señor de O’Rourke se les dio protección y cobijo llegando a un pueblo donde se encontraban refugiados setenta españoles.Allí Cuellar supo de una nave española anclada por lo que se dirigió al norte con un grupo en busca de la misma pero el barco ya había partido. Regresaron a las tierras de O’Rourke, donde la esposa del señor actuó de anfitriona.

El Sitio de Rosclogher  

Acogidos por los católicos irlandeses permanecieron Cuéllar y el resto de españoles que lo acompañaban hasta noviembre de 1588 en que  Cuéllar se desplazó al territorio de Maglana – tierras de MacGlanahie – con otros ocho españoles donde tuvo lugar el Sitio de Rosclogher. Allí permaneció en uno de los castillos del señor, posiblemente en el de  Rosclogher,  situado en la isla Innishkeen,  en la orilla sur del lago Melvin y  les llegaron noticias de que los ingleses habían enviado mil setecientos soldados contra ellos. En respuesta el señor optó por huir a las montañas, mientras que los españoles defendían el castillo. Dispusieron tan solo de dieciocho armas de fuego, entre mosquetes y arcabuces, al considerarse que el castillo resultaría inexpugnable a causa de su ubicación en tierras que impedían el uso de artillería.

Los ingleses llegaron al mando de George Bingham hermano del Gobernador de Connacht y  el asedio  duró diecisiete días. En ese tiempo no pudieron cruzar el difícil terreno y tal y como relata Cuéllar, tras ver rechazada su oferta de salvoconducto a España, incluso tras ahorcar los ingleses a dos españoles a la vista del castillo para aterrorizar a sus defensores.  Finalmente los ingleses vieron forzados a levantar el sitio a causa del mal tiempo.

Mac Glanahie regresó con regalos para los defensores, incluida la oferta a Cuéllar de la mano de su hermana, que Cuéllar respetuosa declinó. En contra del criterio del jefe del clan, los españoles dejaron estas tierras diez días antes de Navidad, dirigiéndose al norte donde  encontraron que el obispo de Derry, Monseñor Redmond O’Gallagher, que tenía otros doce españoles protegidos bajo su cargo, a los que intentaba ayudar para que alcanzaran Escocia.  Habían pasado 7 meses desde su naufragio.

Escocia y Flandes

Días después Cuéllar y el resto de españoles zarparon dirección norte hacia Escocia, alcanzando las islas Hébridas y poco después la cercana costa escocesa. Cuéllar permaneció en tierras escocesas durante seis meses, hasta que los esfuerzos del Duque de Parma lograron transporte para Flandes. Los holandeses esperaban en la costa y el barco de Cuéllar naufragó y muchos de los supervivientes se ahogaron o fueron asesinados tras ser capturados, y el Capitán Cuellar se encontró de nuevo en una situación similar a la que había vivido en Irlanda cuando entró en la ciudad de Dunquerque provisto únicamente de su camisa. A su llegada  escribió al rey Felipe II la carta que nos ha permitido conocer su épico viaje y durante los siguientes 10 años sirvió al en Flandes bajo las órdenes de Alejandro Farnesio, Duque de Parma,  para  finalmente hacerlo  en Italia, en la guerra de Piamonte y Saboya. En cuanto a los líderes irlandeses que le ayudaron, O’Rourke fue colgado en Londres por traición en 1590 – entre las acusaciones que se le hicieron estaba la de socorrer a los supervivientes de la Armada – y  MacGlanahie fue capturado por el hermano de Bingham en 1590 y decapitado seguidamente.

Hoy existe una travesía de Cuéllar en Irlanda, llamada “de Cuellar Trail”, que  recorre los  lugares que el capitán visitó en su complicado viaje, pero si hay un enclave irlandés en el que se percibe la huella española a primera vista ése, sin duda, es Spanish Point, Condado de Clare, al sur de los acantilados de Moher. Allí, hay un monolito recordando los naufragios de los españoles, un lugar que entre la leyenda y la poesía irlandesas los autóctonos recuerdan con el nombre de   Tuama na Spainteach  (la tumba de los españoles).

Se trata de un bello promontorio junto a la costa donde la tradición asegura que están enterrados algunos de los náufragos españoles de la Felicísima Armada ajusticiados sin clemencia por los ingleses en el Condado de Clare.

Autor: Ignacio del Pozo Gutiérrez para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Carta de uno que fué en la Armada de Ingalaterra y cuenta la jornada de Francisco  de Cuéllar

Los náufragos de la armada española en Irlanda  de Cesáreo Fernández Duró

«La asombrosa aventura del Capitán Cuellar», Historia 16, n.º 102, 1984, págs. 53-61 y Mariano González-Arnao Conde-Luque

El capitán Francisco de Cuéllar antes y después de la jornada de Inglaterra de Rafael María Girón Pascual

El náufrago de la Gran Armada  de Fernando  Martínez Laínez

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