La situación socio-económica de España previa a la Primera Guerra Mundial

La situación socio-económica de España previa a la Primera Guerra Mundial

En cuanto a la cuestión política, desde la caída de la Primera Republica en 1874, se produjo el fenómeno conocido como la Restauración, en la cual, durante el reinado de Alonso XII, hijo de Isabel II, se estableció el  nuevo sistema bajo el gobierno de Cánovas del Castillo que tras la Constitución de 1876 establecía el sistema de turnos que beneficiaría el bipartidismo bajo una aparente democracia dominada por el fraude electoral.

“El sistema político de la Restauración resolvió uno de los principales lastres del discurrir político español durante todo el siglo XIX: la incapacidad de los partidos de la monarquía constitucional para convivir de forma pacífica y estable bajo un mismo sistema político[1]”.

La situación socio-económica de España previa a la Primera Guerra Mundial

Tras la muerte de Alfonso XII se produjo el periodo de la regencia de María Cristina durante el cual comenzaban a evidenciarse signos de inestabilidad social y la aparición de nuevos actores políticos como los partidos regionalistas y las organizaciones obreras y anarquistas. Es durante la regencia cuando ocurre “el Desastre” de 1898 donde España pierde sus últimas colonias americanas. Fue un duro golpe a la mentalidad de los españoles, pero no significó que fuera del todo negativo, ya que propició el despertar cultural de la grandiosa generación del 98, esta generación de intelectuales y artistas propició la renovación espiritual y nacional de España[2]. Estos intelectuales y una generación más madura, la del 14, serán de vital importancia en los círculos de la opinión pública al inicio de la Gran Guerra.

El desastre del 98 también tuvo repercusiones en el orden material y económico. Si bien propició a la devaluación de la peseta no conllevó a un bajón en el leve, pero continuo, crecimiento que se evidenciaba desde la Restauración[3]. La perdida de los territorios coloniales tuvo un efecto liberador de la economía ya que culminaba con la sangría desproporcionada de gastos militares y porque gran parte de esos afluentes de inversiones, sumados a las privadas, se re direccionaron hacia la Península, sobre todo hacia el sistema financiero[4]. Además, por esta imagen internacional de una España humillada y desolada por la pérdida de sus colonias se generó un fuerte nacionalismo que se tradujo en un sesgo económico proteccionista y de intervención estatal, principalmente desde el gobierno de Maura durante el reinado de Alfonso XIII.

En cuanto a la situación estructural del Reino, nos encontramos con que la gran mayoría del territorio español continua siendo dominado por el latifundio y por trabajadores rurales, aproximadamente en las localidades que superaban los diez mil habitantes vivía solamente un veinte por ciento de la población entrando el siglo XIX. Existían altas tasas de analfabetismo, un 50 por ciento hasta 1910[5]. Si bien se había generado un alza demográfica está era más bien limitada en comparación con el crecimiento de países del norte europeo.

Otra realidad era la que se evidenciaba en Cataluña y los Países vascos. El desplazamiento como centro económico desde Castilla hacia la periferia fue un suceso que ya se evidenciaba desde la Crisis del siglo XVII y conllevó al reacomodamiento y traslación del dinamismo económico hacia Cataluña, las vascongadas y Valencia[6]. Este proceso continuó y para el siglo XIX nos encontrábamos con sociedades que avanzaban hacia la industrialización. Cataluña “la fábrica de España” que tenía como eje el desarrollo textil; los Países Vascos eran la “capital del acero peninsular” y Asturias con un gran desarrollo minero. Se sumaba el desarrollo de la capital del Reino como centro de grandes empresas industriales y del sector terciario de la economía. Por otra parte, Valencia desarrollaba  las industrias químicas, mecánicas y maderera[7]. Se presenta entonces a la economía española con una imagen dicotómica entremezclada entre la pervivencia de estructuras atrasadas y arcaicas y otras nuevas donde se evidenciaba una similitud al contexto de la segunda revolución industrial europea.

Para concluir con la España de pre guerra debemos mencionar que en cuanto al comercio exterior se evidenciaba la gran dependencia extranjera en cuanto a determinadas materias primas, tecnología y manufacturas, principalmente francesas e inglesas[8].

Por lo tanto, nos encontramos con una España que si bien tenía planes, desde su gobierno, de modernización pero que no poseía las condiciones materiales para dicho fin y se evidenciaba que la base de la mayoritaria parte del país seguía siendo agraria donde para 1914 de la renta nacional que se estimaba en 10.745 millones de pesetas unas 4126 millones correspondían a la agricultura, unas 3825 millones a las profesiones liberales de capital no invertido en industria y solo unas 2783 millones a la industria. De trabajadores activos para 1910  había 4.220.326 empleados en el sector primario frente a 1.034.885 trabajadores fabriles, mineros y de la construcción[9].

Como antes mencionaba, los polos industriales estaban en la periferia del territorio español y estaba marcado por una creciente conflictividad y sentimientos de no pertenencia al Estado español y su cultura, pero la modernización de esas ciudades industriales no representaba que sus pobladores tuvieran buenas condiciones de vida, sino mas bien que los obreros vivían en condiciones paupérrimas en los barrios periféricos con indignas condiciones de higiene y con el aumento demográfico de las ciudades industriales, para maximizar sus ganancias, prosperó la subdivisión de las viviendas para alquilarlas a mas cantidad de trabajadores pero con espacios tan reducidos que apenas tenían sitio como para dormir y en algunos casos las habitaciones obreras se alquilaban por turnos solo para descansar de las larguísimas jornadas laborales[10]. Estos fenómenos fueron los que propiciaron la organización obrera, dominada por el socialismo y anarquismo, por  la mejora de condiciones laborales y de vida.

Autor: Matías Sebastián Blasco para revistadehistoria.es

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Bibliografía: 

De la Granja Sainz, J. L. (2006). El antimaketismo: la visión de Sabino Arana sobre España y los españoles. Nova Revista Historia, 19.

Fusi, J. P. (2007). La cultura. En J. P. Fusi, S. Juliá, J. L. García Delgado, & J. C. Jiménez. Madrid: Marcial Pons.

García Delgado, J. L., & Jiménez, J. C. (2007). La economía. En J. P. Fusi, S. Juliá, J. L. García Delgado, & J. C. Jiménez. Madrid: Marcial Pons.

Hobsbawn, E. (1997). La era de la revolucion. Buenos Aires: Crítica.

Juliá, S. (2007). Política y sociedad. En J. P. Fusi, S. Juliá, J. L. García Delgado, & J. C. Jiménez, La España del siglo XX. Madrid: Marcial Pons.

Martorell, M., & Juliá, S. (2014). Manual de historia política y social de España (1808-2011). Barcelona: RBA libros.

Rodríguez Nozal, R., & González Bueno, A. (s.f.). La industrialización en España (1832-1936).

Romero Salvadó, F. J. (2016). España y la I Guerra Mundial: el crepúsculo de una Era. Mas allá de los campos de batalla. En AAVV, Actas del V Congreso Internacional de Nuestro Tiempo. Logroño: Universidad de La Rioja.

Unió catalanista . «Manifest als catalans», d. 1. (16 de 6 de 1898). Obtenido de educaciodigital.cat: https://educaciodigital.cat/ioc-batx/moodle/mod/book/view.php?id=11492&chapterid=7802

Yun Casalilla, B. (s.f.). Del centro a la periferia: La economía española bajo Carlos II. Ed. Universidad de Salamanca.

 

[1] (Martorell & Juliá, 2014, pág. 63)

[2] (Fusi, 2007, pág. 533)

[3] Ibídem, p. 534.

[4] (García Delgado & Jiménez, 2007, págs. 357-358)

[5] (Fusi, 2007, pág. 535)

[6] (Yun Casalilla, págs. 45-47)

[7] (García Delgado & Jiménez, 2007, pág. 355)

[8] (García Delgado & Jiménez, 2007, pág. 367)

[9] (Rodríguez Nozal & González Bueno, pág. 19)

[10] (Romero Salvadó, 2016, pág. 11)

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