La Princesa de Éboli: una historia de conspiración y poder
La historiadora Esther Alegre Carvajal apunta que la Casa de los Mendoza eran partidarios de reformas religiosas que defendían un espiritualismo más vivencial, oponiéndose de este modo a la ortodoxia representada por los albistas que defendían una religiosidad más férrea de enorme intransigencia política. A la muerte de su marido se retiró al convento carmelita de Pastrana, poseyendo una de las mayores fortunas españolas.
Dentro de la orden tuvo diferencias con sus propias compañeras de hábito, siendo temida por Santa Teresa por su tiranía. Tras una serie de disputas y sucesos en los que la princesa de Éboli se vio en un serio conflicto con la propia orden que ella misma había financiado, abandonó la financiación. Este acontecimiento provocó penurias en las monjas descalzas.
Santa Teresa quiso ir junto a varias monjas a un convento carmelita en Segovia, fuera de la jurisdicción de doña Ana. Fue un plan delicado que no pasó desapercibido para la princesa de Éboli, que ordenó a su mayordomo la detención de tal ofensa. Pero las monjas, con la ayuda de dos hidalgos, consiguieron escapar.
El rey la instó a renunciar a sus hábitos a los seis meses para hacerse cargo de sus hijos y de sus bienes, como así quería el testamente de su marido fallecido. Doña Ana se opuso por mediación de cartas, pero finalmente fue obligada a aceptar las condiciones de Felipe II.
El incómodo Juan Escobedo
Los escándalos amorosos no tardaron en florecer con su llegada a la corte. A pesar de que los historiadores no se ponen de acuerdo, se habla de posibles affairs con el propio monarca y con su secretario real; Antonio Pérez, al que engatusó con sus encantos a la edad de treinta y tres años.
La historia nos cuenta que existió la posibilidad de que la princesa de Éboli y Antonio Pérez mantuviesen reuniones secretas con rebeldes flamencos y portugueses, y que no pasaron desapercibidas para Juan Escobedo, secretario de Juan de Austria, que en una de sus visitas a la casa de doña Ana descubrió documentos secretos de estado y una posible relación sexual entre la princesa de Éboli y Antonio Pérez.
Por orden de éste último, y con el consentimiento real, Juan Escobedo fue asesinado acusado de falsas conspiraciones políticas con el fin de evitar que la información que tenía saliese a la luz. Los intentos anteriores de asesinato con venenos fueron en vano y pasó a una muerte mucho más violenta obedecida por sicarios en la ciudad de Madrid.
Conspiración al trono de Portugal
La princesa de Éboli se aprovechó de los conocimientos de Antonio Pérez en materias de estado para su propio beneficio económico y sus ambiciones políticas. Junto a él apoyó la candidatura de la duquesa de Braganza a la muerte del rey Sebastián de Portugal, en contra de lo que quería el rey Felipe II que también tenía derecho al trono. Algunos historiadores confirman que la princesa de Éboli quiso casar a una de sus hijas con el heredero de la casa de Braganza con la ayuda de Antonio Pérez.
Toda verdad sale a la luz tarde o temprano
La princesa de Éboli fue una mujer emblemática, cargada de belleza, que se valía de sus actitudes para desafiar a cualquiera que se opusiese a sus intereses. Utilizaba su poder económico y su posición social, sin menospreciar su elegancia y su opulencia, para conseguir cualquier fin que se propusiese. Su historia recuerda, en esencia, a Cleopatra; la última reina de Egipto.
¿Eres Historiador y quieres colaborar con revistadehistoria.es? Haz Click Aquí
Suscríbete a Revista de Historia y disfruta de tus beneficios Premium