La otra caída de Constantinopla: la Cuarta Cruzada (1202-1204)

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En nuestro imaginario colectivo existen acontecimientos, como la caída de Constantinopla (1453), que han sido considerados hitos definitorios del “fin de una época”. Esta sensación se acrecienta por el hecho de que el último bastión del Imperio romano y símbolo de la civilización grecolatina cayó, precisamente, en manos del otro: el Imperio otomano.

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Sin embargo, podemos rastrear atisbos de decadencia con anterioridad: concretamente, en el cese del esplendor de la que fuese capital del Imperio bizantino, tuvieron un papel fundamental las potencias occidentales, mediante el sitio y saqueo de Constantinopla.

La Cuarta Cruzada: Venecia y el comercio mediterráneo

Aunque Venecia se había convertido en la potencia comercial-marítima del mediterráneo, a fines del siglo XII su hegemonía fue puesta en entredicho tras la pérdida de Zara, en la costa de Dalmacia, y por la merma de su influencia en Constantinopla, donde los privilegios concedidos a genoveses y pisanos hacía peligrar su liderazgo en Pera. Pera era un distrito situado en el exterior del casco urbano y al norte del Cuerno de Oro, donde se asentaron los comerciantes europeos. En la costa sur del Cuerno de Oro se ubicaban, asimismo, los barrios de venecianos, pisanos y genoveses.

En este contexto, la Cuarta Cruzada (1202-1204) se desvió de su ruta hacia Egipto y se convirtió en una “expedición de mercenarios” que ayudaría a Alejo Ángelo, hijo del emperador depuesto Isaac II (r. 1185-1195), a recuperar el trono bizantino, a cambio de que este abonase la deuda cruzada contraída con Venecia, que había aportado la flota naval. No es de extrañar que esta cruzada terminase recibiendo el apelativo de mercantil/comercial, pues Venecia la orientó hacia la materialización de sus objetivos comerciales: recuperación de Zara (1202) y toma de Constantinopla (1204). 

El sitio y saqueo de Constantinopla (1203-1204)

En julio de 1203, los cruzados entraron en Constantinopla y colocaron efímeramente en el trono imperial a Alejo IV Ángelo (r. 1203-1204), quien poco después moría asesinado. Ni Alejo ni sus sucesores consiguieron abonar la suma pactada con Venecia, hecho que terminó provocando el sitio y saqueo de Constantinopla.

En un contexto de inestabilidad política, 20.000 soldados cruzados y venecianos, que permanecían apostados tras las murallas, conseguían entrar en la ciudad el 12 de abril de 1204. Se iniciaba así el saqueo y la destrucción de los principales edificios, calles y riquezas de la ciudad: sus iglesias, el palacio de Blanquerna, el hipódromo o el Augustaion, una plaza pública ubicada junto a Santa Sofía, que fue arrasada en 1204 y cayó en desuso.

El hipódromo fue uno de los edificios que más sufrió el expolio latino: la Columna Serpentina, que conmemoraba la victoria griega en las Guerras Médicas, quedó seriamente desmembrada; y la cuadriga de bronce que coronaba las carceres del hipódromo desde el siglo IV, terminó decorando la fachada de la Basílica de San Marcos (Venecia).

Entre el sitio y la entrada definitiva en Constantinopla tuvieron lugar una serie de incendios, provocados por los latinos, que devastaron el centro y norte de la ciudad: en julio de 1203, uno destrozó el 50% de la urbe, dañando seriamente el hipódromo, Santa Sofía y dejando sin hogar ni bienes a unas 20.000 personas. En abril de 1204, otro incendio destruía el tercio oriental de la urbe.

Como suele suceder, la barbarie también se perpetró sobre las personas, especialmente durante los primeros días de saqueo. En Constantinopla, la tensión adicional entre dos formas de entender la Cristiandad motivó que los religiosos y los edificios eclesiásticos se convirtieran en un blanco especial de la violencia latina: destrucción y expolio de decenas de iglesias (Santa Sofía, Iglesia de los Santos Apóstoles…) y de sus iconos sagrados (como el de la Virgen o el de San Demetrio), asesinatos de sacerdotes, violaciones de monjas…Dichas humillaciones marcaron la ruptura definitiva entre la Cristiandad latina y la griega-ortodoxa. 

El impacto de la presencia latina en la capital

Tras la presencia latina, y aunque Constantinopla siempre mantuvo cierto orbe de opulencia y majestuosidad, la ciudad ya nunca recuperaría su antiguo esplendor. El gobierno quedó en manos de aristócratas europeos -condes de Flandes-, inaugurando el Imperio latino (1204-1261).

El paisaje urbano se colmó de edificios ruinosos y los asentamientos comenzaron a reutilizar inmuebles tardoantiguos y altomedievales. Se produjo, asimismo, un éxodo de población hacia las áreas donde los linajes bizantinos se habían refugiado y organizado políticamente, caso de Nicea, que será la base de la restauración paleóloga en 1261. Se estima que, en 1204, los latinos encontraron una población de 400.000 habitantes, la cual fue decayendo hasta que, a principios del siglo XV, no superaba los 70.000.

Cuando en 1261 Miguel VIII Paleólogo (r. 1259-1282) recuperó Constantinopla, la encontró en un estado lamentable. Además de las ruinas, se había convertido en un complejo rural de núcleos dispersos, en que las grandes cisternas se habían secado y servido de base para el desarrollo de jardines, huertos amurallados y campos de cultivo que se esparcían por el interior desértico de las murallas. La población escaseaba tremendamente en los distritos céntricos del casco urbano y se concentraba en torno a los extremos del triángulo: Santa Sofía y su vida religiosa, el suburbio noroeste de Blanquerna, y las orillas del Cuerno de Oro, centro de la vida comercial.

Aunque Miguel intentó restaurar la autoridad política reconstruyendo algunas estructuras urbanas significativas -las murallas, el Palacio Blanquerna, el Gran Palacio, Santa Sofía, etc, esta leve restauración resultó imposible de mantener para sus sucesores, como prueba, por ejemplo, el estado de abandono en que los otomanos encontraron el Gran Palacio. Los emperadores se vieron frustrados por el deterioro económico-territorial del Imperio, la expansión otomana y la indiferencia de Occidente. Por su parte, los genoveses, que habían participado en la restauración de 1261, se fortalecieron en Pera, donde constituyeron un asentamiento fortificado e inmune a los peajes imperiales.

Autora: Patricia Judith Tamayo Hernández para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

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