La influencia fenicia en la Península Ibérica

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Existe unanimidad a la hora de reconocer a los fenicios su principal legado a la historia de Occidente: el alfabeto. No obstante, existen diversas hipótesis acerca de su implantación en la Península.

La influencia fenicia en la Península Ibérica

En la actualidad, la hipótesis más aceptada es que la primera escritura ibérica habría nacido como adaptación del alfabeto fenicio en un momento en que los comerciantes o colonos de este pueblo tenían ya contactos estrechos con las gentes andaluzas del Bronce Final, es decir, verosímilmente en el s. VII a.e., o en todo caso muy  a finales del VIII. Sin embargo, la mayor dificultad de esta hipótesis, que por ahora carece de solución, estriba en las divergencias paleográficas entre la adaptación y el supuesto modelo.

En cuanto a la cultura material, desde el primer momento de la colonización fenicia aparecen importantes elementos nuevos traídos por los fenicios. Así, en la necrópolis fenicia de Almuñécar (Granada) se documenta la prueba más antigua de hierro en la Península Ibérica, en torno al 700 a.e. con excepción del Tesoro de Villena, que data de en torno al 1000 a.e. En Almuñécar, a su vez, también aparecen las primeras evidencias del torno alfarero, que muy pronto fue utilizado por las poblaciones del interior peninsular.

A los fenicios se debe la introducción de dos productos alimenticios, de gran arraigo en siglos posteriores, como es el caso del aceite, el principal producto traído por los fenicios, que lo intercambiaban con los indígenas por plata. Ello generalizó el uso de lucernas (lámparas de aceite) para iluminarse. También trajeron, probablemente, el vino, con el que hay que relacionar algunos bronces ibéricos.

Se inicia una verdadera revolución en la alimentación con la introducción de estos dos productos, que cambiaron la dieta entre las poblaciones indígenas. Con la introducción del vino hay que relacionar la llegada de vasos griegos (aparte de fenicios) empleados para la bebida.

La mezcla de poblaciones fenicias e indígenas, en asentamientos fenicios, la colonización agrícola y  el intenso intercambio de productos ocasionaron un fuerte influjo de todo género entre los nativos, como no podía ser menos. Este influjo es claro en la religión. Los dioses, los templos y los rituales fenicios obtuvieron general aceptación y se propagaron rápidamente.

Los fenicios propagaron en occidente varios mitos orientales. Episodios de la leyenda de Gilgamesh se halla en un relieve de Pozo Moro. Quizá un mito ibérico bajo ropaje oriental es, también en este yacimiento, el relieve del simposio de los animales, que recuerda muy de cerca el relieve de Tell-Halaf y el cilindro-cello de Vélez Málaga (fabricado en el Norte de Siria).

En Pozo Moro también aparece en un relieve la imagen de Astarté, con el peinado de la diosa egipcia Hathor y junto al árbol de la vida. Esta representación, que no es la única en la Península, sigue modelos de  la imagen de la diosa apreciado en marfiles fenicios, hallados en Asiria. Del mismo modo, a lo largo del territorio se ha recogido una serie relativamente numerosa de estatuillas que representan a un varón en actitud de combatir, seguramente Reshef, dios de carácter guerrero y muy venerado por los fenicios. Esto prueba la penetración de cultos típicamente fenicios al interior peninsular.

Introdujeron también los fenicios el rito de la cremación, atestiguada en las tumbas fenicias de Almuñécar, y que se generalizó entre turdetanos e íberos. Así, por ejemplo, se han encontrado braserillos decorados con cabezas de Astarté lo que probaría que entre los indígenas ibéricos se generalizó también el carácter de la diosa protectora de los muertos, que tuvieron todas las diosas de la fecundidad en Oriente.

Puede decirse que una gran parte de la actividad industrial, comercial y pesquera de las pequeñas colonias fenicias parece estar enmarcada en una estructura económica de tipo autárquico y de autoabastecimiento. Es lógico que necesitaran tierras cultivables y pastos lo suficientemente extensos para alimentar a una colonia en constante expansión demográfica desde finales del siglo VIII a.e. El territorio inmediato de estas vegas fluviales ofrecía enormes posibilidades, tanto para la propia subsistencia como para el desarrollo de una agricultura comercial destinada a la producción de vino y aceite a gran escala. Una economía de estas características, junto a una agricultura intensiva en el Hinterland de las colonias con fines comerciales, sí pudo degradar en gran medida el paisaje y el bosque, más que una metalurgia intensiva.

Por lo tanto, estas colonias se establecen en pequeños centros autosuficientes en forma de adaptaciones sucesivas a las distintas condiciones aluviales, siendo muy fértiles y capaces de alimentar a núcleos de población numerosos y descentralizados. Esto se puede observar en las abundantes concentraciones humanas en torno a los valles y dedicadas a la agricultura y pastoreo. Es decir, quedan establecidos de antemano los factores económicos clave que pudieron impulsar la fundación de esta red colonial en la costa oriental peninsular: buenas condiciones portuarias, vías de comunicación terrestre para el tráfico interregional, abundante caza y pesca, disponibilidad de materias primas para uso industrial interno y territorio con gran oportunidad agrícola, que incluso daba excedentes de cereal, vino y aceite para el comercio. En cualquier caso, no se debe olvidar que los emplazamientos fenicios en los ríos de la región le aportaba una posición privilegiada de cara al comercio terrestre con los indígenas del interior y al control de la navegación.

Cuando los fenicios se establecen en España llevan a sus espaldas largos siglos de experiencia mercantil, poseen un comercio altamente organizado y una tradición gremial consolidada. Por otra parte, la organización de un comercio a larga distancia sin duda explica que Tiro tuvo un conocimiento previo del potencial en plata de Tartessos antes de lanzarse a una aventura colonial tan costosa.

Todo ello en su conjunto, traduce la existencia de una empresa dirigida, de una actividad de estado, ya que este tipo de comercio suele estar controlado por el mismo estado.

Autor: Alejandro José Díaz Sosa para revistadehistoria.es

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Bibliografía

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