La Independencia de Colombia a partir de Nueva Granada (1811-1825)
Tras el triunfo de la Revolución francesa en julio de 1789 se llegó a la conclusión de que era necesario un cambio en la forma de gobierno. La llegada al poder de Napoleón y su ansia por conquistar Europa derivaron en un periodo convulso de conflictos que duraron más de 2 décadas (entre 1792 y 1815) y que enfrentó al país, ya fuese durante sus años revolucionarios como durante el Imperio napoleónico, al resto de grandes potencias y países europeos. Estos conflictos y el modo en el que se desarrollaron fueron el germen de una nueva manera de enfrentarse en un conflicto bélico, modificando tanto las formas de hacer la guerra como de pensar la guerra, que se habían venido utilizando a lo largo del siglo XVIII.
No sería equivocado poder afirmar que este nuevo paradigma militar, que comienza con las Guerras napoleónicas o guerras de coalición, fueron un momento de inflexión entre las guerras entre 2 estados o más (propias de la época del Antiguo régimen o del absolutismo del siglo XVIII) y las guerras o conflictos entre lo que se podía llamar naciones (ya más propio de la época de los gobiernos liberales y marcadas por la presencia de elementos industriales y una mayor burocratización).
Sin embargo, no podemos afirmar que esta forma de hacer la guerra fuese propia de Europa o afectase a Francia y las grandes potencias del momento, sino que poco a poco fue traspasando fronteras y llegó hasta el Nuevo Continente. En este caso, el Virreinato de Nueva Granada fue un buen ejemplo de cómo la forma de hacer la guerra en Europa también podía aplicarse en un territorio desconocido. El germen del conflicto vino marcado por la ausencia de poder real en España, cuando el rey Borbón decidió abdicar del trono y entregar el país a Napoleón en la ciudad de Bayona. Cuando esa noticia cruza el charco y llega hasta los oídos de los ciudadanos de Nueva Granada, la conmoción, el miedo o la inseguridad frente a lo podía pasar, tanto para las elites como para la ciudadanía en general, se hizo patente y el temor surgió inabarcable. Aun con todo, también llegaban noticias esperanzadoras, pues no todo fueron derrotas o malas noticias para España. La resistencia de muchos ciudadanos frente a los franceses y su animadversión a lo que ellos y su cultura representaban y a su invasión, fue motivo de debate, de conversación, de opiniones favorables y adversas entre una ciudadanía que tardaba tiempo en tener noticia de muchos de estos hechos.Una buena parte de los dirigentes revolucionarios que buscaban y ansiaban la independencia (siendo los más destacados Simón Bolívar o Pablo Morillo), pero también militares de alto rango españoles que no renunciaban a la reconquista de territorios perdidos, mantenían cierta relación y simpatía con las nuevas transformaciones heredadas del Viejo continente en la nueva manera de hacer la guerra. Es más, no era casualidad este conocimiento novedoso de enfrentamiento, ya que soldados que habían participado en las Guerras napoleónicas y cuyo único saber en la vida era el de combatir, no perdieron la oportunidad de participar al lado de los ejércitos que luchaban por su independencia a lo largo del Nuevo continente, siendo la Campaña Libertadora de Nueva Granada de 1819 un buen ejemplo de ello.
Lo que parece claro es que, a pesar de la distancia entre Nueva Granada y Europa, la llegada de combatientes en busca de aventuras y la lucha por la independencia trajo consigo un gran impacto tanto para la ciudad, como para el continente, en cuanto a adoptar como propias las formas de hacer la guerra y sus consecuencias y también en utilizar, en la medida de lo posible, las nuevas formas de entender y hacer política que se daban en Europa, entendiendo que, si seguían por el camino de la lucha en búsqueda de la independencia, los nuevos conocimientos adquiridos serían de gran utilidad para poder crear y desarrollar una nación.Cuando a lo largo de la Historia se ha producido una gran batalla o una gran guerra, no ha sido por casualidad. Tanto las consecuencias como las causas de ese proceso han servido para escribir la manera en la que los hombres han ido cambiando y transformándose, tanto ellos como la sociedad en la que viven, sirviéndose del conflicto como elemento canalizador. No es atrevido por ello decir que las guerras napoleónicas tuvieron un papel importante y casi decisivo en la independencia de las colonias americanas y, en el caso de Nueva Granada, en la formación de lo que hoy es Colombia.
Llevadas por una afán de libertad, las ideas revolucionarias que aportó la Revolución francesa no tardaron mucho en hacer el viaje al Nuevo Continente, de cruzar el océano e impregnar los deseos de cambio de buena parte de los ciudadanos que, además de las noticas que iban llegando, fueron conociendo de primera mano muchos aspectos gracias a las versiones e historias que los combatientes europeos contaban al llegar a suelo americano. Lo cierto es que las ideas, los aportes tanto ideológico como políticos, culturales y militares y esos nuevos horizontes que se podían abrir, jugaron un papel determinante en la búsqueda de la independencia por parte de Nueva Granada que, tomando como ejemplo lo que había pasado en Europa, no dudaba de que su suerte recaía en poder implantar esas formulaciones y hacerlas suyas.
La mejor manera de saber cómo influyeron estas ideas se puede observar en varios papeles, boletines, cartas, correspondencia, diarios, tanto personales como de batalla, entre los dirigentes del ejército libertador, siendo los máximos exponentes de éste, Simón Bolívar y Santander. Por el contrario, para hacerse una idea de cómo evolucionaba el conflicto desde la perspectiva de los invasores, habría que servirse tanto de la correspondencia y cartas entre oficiales de alto rango y sus superiores como entre los soldados y dirigentes de la masa expedicionaria.
LA GUERRA DE NUEVA GRANADA:
El inicio de la Guerra de Nueva Granada comienza en 1811, una vez que se constituyen las Juntas Autónomas de gobierno. Pero como dichas Juntas no contaron con el impulso y el apoyo del centro del Virreinato, poco a poco la estructura política y sus principales dirigentes van cayendo unido también al desplome territorial. No sólo eso, sino que la situación vivida durante esos primeros años, violencia, levantamientos, luchas, enfrentamientos…, fueron también determinantes a la hora de producirse la revuelta. A medida que el conflicto avanza, se desplaza de zona, transcurriendo los enfrentamientos entre 1816-1819 tanto en el centro, la zona más afectada, como en el sur. La zona central fue la más perjudicada para los realistas, pues vieron como poco a poco se desarrollaba una guerra irregular en la que tenían mucho que perder, a pesar de tener un control teórico sobre el norte y el sur del territorio. Es decir, entre 1815-1816 el conflicto se desarrolla más en esa zona central del continente coincidiendo con la idea de invasión española, mientras que casi a finales de la década, en 1819, las batallas se reducen en su espacio de actuación ya que es cuando comienza la fase de liberación.
La guerra de Nueva Granada responde, en cierto modo, al método tradicional de un conflicto irregular, en el que no se sabe con toda seguridad dónde se va a combatir, si en zona rural o en zona urbana, pero de lo que no cabía duda era de que se trataba de una campaña con un fin claro, liberarse del invasor y buscar la independencia. Desde su comienzo, a mediados de julio de 1810 (el 20 de julio), la guerra no tuvo un lugar concreto de desarrollo, no se parecía en nada a lo que se podía entender como un enfrentamiento entre 2 ejércitos reconocidos y con una localización estable, a excepción de la que libraba Antonio Nariño en el Sur, que sí respondía un poco a la forma más tradicional.
Sin embargo, y como se podía suponer, adaptarse a una forma de combate nueva no siempre es fácil y lo lógico es cambiar de actitud y volver a aquello con lo que uno se siente más cómodo. De ahí que, con el transcurrir de los meses e incluso de los años, la guerra de independencia se fue transformando y cambiando. Los combatientes libertadores, sobre todo los que estaban asentados en la zona de la cordillera occidental, abandonan su posicionamiento español para sentirse más identificados con los franceses y su actitud republicana. Pero este cambio dura poco, puesto que regresan al modo tradicional de hacer la guerra, con lo que eso supone no sólo en cuanto a táctica y estrategia, sino también en la formación y el ascenso de graduación de los diferentes oficiales. Ejemplos de estos cambios fueron los de Santander, que ocupó primero el puesto de guerrillero para convertirse con el paso del tiempo en un oficial del Estado mayor de un estado recién creado.
De igual modo le sucedió a Pablo Morillo, que fue soldado en los batallones de marina, para ir ascendido a los grados de cabo y sargento hasta que, en 1808 se le condecora con el grado de oficial de un regimiento de infantería de línea. En ese nuevo puesto destacó de tal manera combatiendo a los franceses, ya fuese en el ejército regular como de forma menos convencional, lo que le sirvió para alcanzar el grado de coronel. Tal era su renombre, que el duque de Wellington lo requiere pata que luchase contra las tropas francesas que estaban comandadas por el Mariscal Soult. Es más, su fama no deja de crecer hasta el punto de que el propio Wellington sugiere a al Rey Fernando VII que nombre a Morillo como comandante en jefe del nuevo ejército expedicionario cuya misión sería la de acabar con la resistencia independentista en América.
Una gran cantidad de soldados cuyo único empleo y actividad en su vida había sido la guerra, pusieron rumbo a América con el fin de servir a los intereses de sus soberanos, buscando tanto aventuras como una buena recompensa. En ocasiones, se trataban de grupos enteros que ya tenían una experiencia anterior todos ellos y que eran utilizados como referencia, pues se convertían en divisiones y regimientos de infantería, caballería o incluso artillería más avanzados. Sin embargo, y a pesar de que contaban con el bagaje de haber combatido en Europa, los ejércitos que se enfrentaban en el Nuevo Mundo no se diferenciaban en demasía, ya que ambos se regían por una formación, un tipo de disciplina y una supervivencia bien reglamentada y establecida. Si bien es cierto, los cambios que se pretendieron introducir en estas nuevas formaciones llevaron un tiempo y no se consolidaron tan rápidamente como se hubiese deseado, pues en temas como la cadena de mando o las formas de transmisión de la información generaban más dudas que aciertos, pero con todo, fueron aportaciones notorias de ese nuevo modo de guerrear que llegaban a América.
Los libertadores decidieron partir de la zona de los llanos a finales de mayo el 1819, el día 25 del citado mes con un cuerpo cuyo número era bastante similar a lo que representaba un regimiento de infantería de la Gran Armada francesa. Este regimiento lo conformaban los batallones Rifles, Bravos de Páez, Barcelona y Albión, mientras que el regimiento de caballería lo componían los Guías de Apure y soldados rasos. A este segundo grupo le hacía de intendencia un tren de suministros que les acompañaba durante parte de su recorrido, un recorrido que les llevó a hacer marchas duras y largas que poco o nada se diferenciaban de lo que se hacía en Europa.
El ejército expedicionario contaba con buenos elementos en sus arsenales, al estilo de lo que era un ejército europeo del momento, distinguiendo entre ese material, fusiles que se cargaba por la boca o de avarcanga, también fusiles de bayoneta calada, que habían tomado como referencia el fúsil inglés denominado “Brown Bess”. Y algo parecido se podía identificar en el bando libertador, es decir, que en lo referente a los arsenales, ambos grupos contaban con recursos y tipos de armas bastante parecidas. No es de extrañar pues que a la hora del enfrentamiento se pudiesen ver tanto fusiles europeos, arcabuces que ya se habían usado en la época de la conquista, machetes, bayonetas, lanzas…
El problema que se daba en el caso del ejército expedicionario era que mezclaba formas y aspectos diferentes a la hora de afrontar la guerra, pues unía los modos del antiguo régimen, en cuanto a la estructura formativa, a la simbología o a las denominaciones propias de los cuerpos de un ejército. El objetivo es que aquellos que formaran parte de dicho cuerpo fueran capaces de demostrar su pertenencia y su lealtad a la figura de Fernando VII. Por otro lado, lo que incorporaban de los aspectos revolucionarios napoleónicos era el modo en el que se elaboraba y se distribuía el Estado mayor y cómo se usaba una nueva entidad militar como era la denominada de “los dragones”. En el bando americano, fue Morillo quién toma la decisión de nombrar a José María Barreiro, que había participado en la Guerra de independencia española y que ocupaba el cargo de coronel de artillería, como responsable de la IIIª división del ejército expedicionario. El encargo fue el de esperar en Tunja la llegada de los independentistas, que cursaban un número de unos 2.400 infantes y alrededor de unos 400 jinetes, después de haber librado un primer combate en Paya.
Los americanos estaban convencidos de su victoria y no dudaban en descreditar y deslegitimar la presencia extranjera. Es más, incluso el propio Simón Bolívar y sus más cercanos dentro de la jerarquía castrense, no dudaban de que con el valor y las agallas de su pueblo y de su ejército, la victoria sería suya y con ella, la ansiada libertad. Por ello, se les oía decir en muchas ocasiones el típico “guerra a muerte” con el que pretendían insuflar valor a los suyos y derrotar a un ejército español al que consideraban como perezosos, viejos, derrotados y maquiavélicos.
Del otro lado, el bando expedicionario daba muestras de una lucha interna debido a las diversas propuestas y connotaciones ideológicas resultado de la heterogeneidad de sus filas, quedando más patente aún tras la firma de la Constitución de 1812, con un claro cariz liberal. Eso les permitió dotarse de cierta legitimidad y de hacerse creer a sí mismos que su lucha y su presencia allí respondí a una obligación para con el monarca, a cumplir con los deseos de su Rey y a defender lo que el imperio español consideraba como suyo. Esta visión chocaba con la que tenían del otro bando, a quienes consideraban como delincuentes y perniciosos frente a sus intereses más loables.
El ejército invasor, tomando como referencia una de las máximas que se hicieron famosas durante el gobierno de Napoleón, se dedicaba a contar tanto el número de bajas sufridas en sus filas como las del invasor, con el fin de mermar la moral de los nativos y de subir la moral de sus tropas. De este modo lograba que los suyos se sintieran héroes, defensores de una causa justa, frente los americanos, que gracias a su forma de ser y su procedencia, el objetivo de la victoria estaba más cerca. Este trasiego de noticias para levantar la moral de la tropa no sólo se hacía mediante una transmisión oral, sino que también se utilizaban cartas o boletines de información, lo cual daba mayor legitimidad a su presencia en tierra extranjera y confería credibilidad a los datos aportados. Con todo, la necesidad de crear una identidad heroína, de que los soldados se considerasen a sí mismo y fuesen considerados como héroes mediante el uso de la propaganda fue una de las aportaciones de este tipo de guerras y no ha perdido valor incluso en nuestros días.
Tanto la idea del héroe y lo inherente a ello, heroicidad, valor, identidad con un país, como aspectos relacionados con el ejército y la guerra, sea en valor propio o el ascenso basado en los méritos, fueron ideas adoptadas y asimiladas en América Latina con la llegada de los ejércitos europeos, tanto como aspectos positivos aunque en ocasiones impuestas de mala voluntad. Para los nativos americanos, superar no sólo sus propios problemas, la falta de suministros, de intendencia, de recursos, el hambre, el enfrentarse a un ejército regular…, sino que saliesen victoriosos de muchas batallas aún con ese bagaje negativo, hacía que les rodease un áurea de heroicismo y de reconocimiento frente a la sociedad. Esa realidad vivida por los latinoamericanos no era nueva, puesto que antes de la llegada de Napoleón al nuevo continente ya había vivido y experimentado situaciones parecidas con la campaña de Italia en 1796 o lo que vivirían los soldados rusos en la Gran Guerra Patria después de 1812 expulsando a los franceses.
Es en las batallas donde se puede apreciar el momento de cambio histórico, ese punto de inflexión respecto a una época anterior y la siguiente y cuyo motor de cambio es el hombre y lo que le rodea, en este caso, una guerra. Un ejemplo fue la batalla de Boyacá que, sin ser definitiva, pues no pudieron enfrentarse en número equitativo según lo que hubiera sido una guerra en Europa, sí que sirvió para dejar claro que era el elemento catalizador del cambio. Aunque esa batalla no marca el final de la guerra sí que dejó claro, al igual que otras grandes batallas anteriores, que lo buscado por unos y otros era su decisión, es decir, que independientemente de lo que vendría después, el resultado fuese marcado por ese momento. En este caso, aunque luego se libraron más enfrentamientos entre unos y otros, la batalla de Boyacá fue decisiva en cuanto que marca el control español en América del Sur frente a otras potencias europeas.
Cuando llega el momento del enfrentamiento entre ambos bandos lo que quedó patente en algunas ocasiones fue, en primer lugar, la dureza y lo sangrienta que resultó la batalla y en segundo lugar la incompetencia y la cabezonería de alguno de los mandos, tanto de un ejército como del otro. Por ejemplo, en la batalla de Somosierra o en la del Pantano de Vargas los líderes de los ejércitos, Napoleón y Bolívar, quisieron demostrar su superioridad frente al enemigo e innovar con la forma de afrontar esa batalla, utilizando a la caballería como elemento decisivo, dejando de lado la táctica general de la guerra y cargando por sorpresa al enemigo sobre pendiente. Ante este acto de improvisación, ambos bandos se consideraron vencedores de la batalla y homenajearon a los caídos, que no fueron tanto muertos en combate sino meros peones que se sacrificaron para el fin último de la victoria.
El final de la presencia española en Colombia vino marcada por su derrota en la batalla de Boyacá, dando lugar a que en 1821 se firmara la Constitución, organizando el territorio bajo una forma de República, agrupando a diversos países, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Panamá y Colombia. Esta idea de gran nación fue ideada por Simón Bolívar, que había pensado una estrategia basada en la defensa de las libertades conseguidas a base de sangre y muerte contra los españoles y organizar el territorio en base a unas instituciones militares y políticas, con el fin último de adquirir una autonomía propia, que significase también, una independencia económica.
Fue el 15 de febrero de 1819 cuando las naciones libres e independientes de España se organizan dentro del Congreso de Angostura y se toma la decisión de nombrar a Simón Bolívar como Presidente de Colombia. Unos años más tarde, el 1 de enero de 1821, en el Congreso General de Villa del Rosario de Cúcuta, se decide consolidar esa unión de países libres.
A finales de 1819, concretamente el 17 de diciembre de ese año, dentro del Congreso de Angostura, se firma la Ley Fundamental de la República de Colombia, que significaba el reconocimiento de la unión de varias repúblicas latinoamericanas, entre ellas, Venezuela y la Nueva Granada, que quedarían, a partir de ese momento, conocidas como la República de Colombia. A pesar de ese nombre tan genérico, en el artículo 5 de esa Ley Fundamental, se habla de que el territorio quedaría dividido en 3 departamentos, uniendo Ecuador a los países ya citados. Aún con todo, el Congreso no logró tomar una decisión definitiva respecto a la idea de nación y gobierno que consiguiese poner en común a estos 3 países. Esta realidad no se consolidó hasta el Congreso de Cúcuta, celebrado en mayo de 1821. La república de Colombia se caracterizó por un carácter liberal, sobre todo en lo referente a los económico, pues se identificaba tanto con la libre empresa y con el libre comercio. Del mismo modo, no tardó en instaurar un aparato político que dotaba de legitimidad para poder gobernar y unas instituciones jurídicas con el fin de organizar jurídicamente la nación y también crearon un aparato económico, dedicado a recaudar impuestos y controlar todo lo relativo tanto a la gestión como a la distribución del gasto público. Es decir, Colombia dividía el poder en 3 ramas, la ejecutiva, la legislativa y la judicial. La Constitución también fue la plasmación de una realidad, la de independizarse del yugo español y la de establecer un pacto de unión entre los países latinoamericanos.
En la época actual, en muchos países latinoamericanos aún sigue o ha estado presente, por lo menos en el llamado arte de la política, la herencia del imperio francés y de Napoleón, sobre todo en cuanto al sentimiento nacional que despertó en muchos países tras las luchas de independencia. Por ejemplo, en Colombia, su expresidente Rafael Uribe puede ser considerado como un bonapartista, en cuanto a la idea de que sólo con él y bajo su gobierno, el país podría avanzar y salir airoso de sus problemas y ser capaz de desembarazarse de sus enemigos. Su mera figura es símbolo de heroísmo y son los únicos capaces de soportar y llevar adelante tanto las cargas como los éxitos, sean políticos o sociales. Pero también tiene un punto negativo, y es que ellos mismos se creen y se legitiman como la única y la máxima autoridad para poder decidir en cuanto a la guerra y a la seguridad del país, como dictan las máximas napoleónicas.
Uno de los aspectos importantes de estas guerra de independencia latinoamericanas es que evolucionaron en la forma de hacerlas. Si bien mantienen aspectos de épocas pasadas, de las milicias que se fueron creando a lo largo del Antiguo Régimen, pero que exploran un avance, se van relacionando contras que, sin perder la esencia colonial, van dejando cada vez más atrás esa tradición, tanto en significado como en objetivos, para abrazar las nuevas experiencias, sin poder definir si son mejores o peores, pero claramente diferentes.
Sin embargo, resultaría un poco desairado comparar lo que había sucedido en Europa durante los últimos 200 años en cuanto a la forma de hacer la guerra y lo que pasó en la guerra de independencia de las colonias latinoamericanas. Europa había vivido en constante lucha durante ese tiempo, por la búsqueda de la hegemonía mundial entre las grandes potencias e imperios, lo que trajo consigo una necesidad de evolucionar tanto en la táctica, la estrategia, la intendencia y los arsenales bélicos. Si en el Viejo continente este proceso de cambio e innovación llevó casi 2 siglos, en Latinoamérica se produjo en menos de un decenio, lo que trajo consigo enormes cambios en la historia reciente y futura del continente, con las repercusiones que tendría tanto en sus relaciones con Europa como en las relaciones entre los nuevos países nacientes. Es más, una vez observadas las consecuencias positivas de estos avances, los nuevos países latinoamericanos no tardaron en enfrentarse entre ellos, incluso adoptaron elementos visuales como los que se veían en Europa (la figura de Simón Bolívar imitando a Napoleón, tanto en posición como en gesto).
Aún con todo, y a pesar de lo que la llegada de una nueva forma de hacer la guerra supuso para la independencia de muchas colonias latinoamericanas, esto no hubiera sido posible sino se hubiera producido en final de Napoleón y el resultado de la batalla de Waterloó, pues la llegada de los británicos al Nuevo Mundo, con su cooperación, sus suministros para continuar guerreando y la presencia del ejército expedicionario no pudo hacer acto de presencia hasta haber eliminado a un riesgo mayor como fue el de Napoleón. Cuando Francia se libera de la figura de su emperador, aquellos soldados que le habían combatido e incluso los soldados profesionales franceses no pueden permitirse el lujo de quedarse de brazos cruzados, pues su única profesión en la vida ha sido guerrear y para ellos lo que comienza a gestarse en Latinoamérica es la excusa perfecta para continuar, para evitar convertirse en gente sin oficio vagando por una Europa en paz.
España que no quiere perder el tiempo y que otras potencias asuman el control en aquellos territorios, decide, después de verse libre de Napoleón y los suyos, volver a retomar el control en las colonias latinoamericanas y para ello embarca a un nuevo ejército expedicionario que estaba compuesto por veteranos de sus propias guerras de independencia. Ante esta realidad, muchos soldados ingleses, llamados o atraídos tanto por la gloria como por el dinero o el negocio o la posibilidad de convertirse en alguien en esas colonias deciden cruzar el océano y combatir contra los españoles, aunque sea defendiendo una causa que nada tenía que ver con ellos.
Pero el principal problema para los ejércitos expedicionarios que llegaban a Colombia o a otros países latinoamericanos era el terreno. En Europa no había ni formaciones montañosas, ni ríos, ni lagos, ni altiplanos que se asemejasen a lo que allí se encontraba, por lo que estas fuerzas tuvieron que aprender rápido a adaptarse a su nuevo espacio geográfico y a modificar sus estrategias bélicas en función del sitio en el que tendría lugar el enfrentamiento. Es más, en muchas ocasiones y a pesar de la capacidad de los dibujantes y cartógrafos por reproducir en pieles o mapas la geografía y topografía del lugar, la realidad superaba lo que los dirigentes habían dispuesto la noche anterior. Sin embargo, la capacidad, la experiencia y la contingencia de los ejércitos expedicionarios les permitió solventar, aunque con pérdidas, algunos de estos problemas geográficos, mientras que para el ejército libertador, gran conocedor de la zona, la falta de ese tipo de recursos les hizo tanto perder tiempo como vidas, pues para unos la dificultad era una ventaja y para otros la posibilidad de perder una guerra. Aún con todo, la necesidad de tener que aplicar diferentes modos de hacer la guerra, de tener que innovar, evolucionar y transformar técnicas, tácticas y estrategias no se debió tanto a los ejércitos europeos sino a la habilidad de llevar el conflicto a lugares dificultosos por parte de los nativos latinoamericanos.
Para los colombianos, esta guerra, esta independencia obtenida tras librar combates contra los ejércitos expedicionarios fue entendida como una manera más occidental de guerrear que de hacerlo bajo los métodos tradicionales. Ante esta deriva, la cultura occidental va calando en el sentimiento colombiano y la adoptan como si fuese suya, sobre todo en lo referente a la condición democrática, lo que significaba en Europa una especie de superioridad moral, política y social respecto de aquellos que no se regían bajo esas normas. Para Colombia, su cultura bélica está basada en luchas violentas, sangrientas y duras, tanto con los enemigos extranjeros como entre ellos, y además caracterizada por el componente geográfico que evita que no todo el país forme parte de ese conflicto, ni se identifique con él y que la parte que guerree lo haga siempre defendiendo valores democráticos.
La causa de la independencia de las colonias españolas en América Latina no tiene tanto que ver con una necesidad de autonomía, ya fuese política o económica, sino que se trata más bien de un hecho fortuito. Las constantes derrotas de los ejércitos españoles frente al imperio napoleónico demostraron a los nativos que era posible acabar con el yugo explotador de la monarquía hispánica. Siendo conscientes de lo que había ocurrido en Europa desde 1802-1812, con las constantes revoluciones que dieron lugar a la abolición del absolutismo y a la firma de una constitución que recogía en su articulado que la soberanía residía en el pueblo, la condición de iguales entre los ciudadanos de un país y una forma de gobierno representativa.
Ante esa perspectiva que se les abre, en la que el ciudadano es la parte fundamental de la sociedad a diferencia de lo que se entendía en el Antiguo Régimen, en el que Dios era el centro de todo, se pasó de un modelo de sociedad a otra, en el que la influencia francesa, en todos sus aspectos, va a jugar un papel importante. Es por ello posible afirmar que si las naciones latinoamericanas no existieron antes de la independencia, su nacimiento posterior era su consecuencia. Por ello, las guerras que se extienden de Europa a América Latina tienen un papel determinante a la hora de configurar y crear las identidades de estos pueblos. Sin embargo, el concepto que se manejaba de nación o de identidad nacional no era el mismo para todos, mientras algunas hablaban de república o de ciudadanía, otras se cernían más al campo de lo meramente racial o social, identificando tales aspectos con el poder o con la supresión de las castas sociales y lo que ello significaba, un ordenamiento jurídico y jerárquico.
A partir de 1810 y hasta mediados de la década de los años 20, la guerra fue cambiando y evolucionando, pasando de una guerra de guerrillas, de milicias locales, cuyo mayor objetivo era el de sitiar ciudades, a una guerra más irregular, sobre todo el Colombia y Venezuela, de ejércitos tanto regulares como irregulares y sin establecer campos de batalla determinados y cuyo fin conocido fue la derrota de los ejércitos españoles y la eliminación de la presencia española en el Nuevo Continente. El cambio tanto en formación, reclutamiento, jerarquía, intendencia, transmisión de órdenes y noticias…, fue tal, que eso permitió equiparar las fuerzas y llevar la guerra a sus últimas consecuencias. No sólo eso, sino que a cada victoria de los libertadores, su presencia, tanto social como política, iba incrementando, y eso permitía que la idea de una nación libre se fuese gestando en el seno de la sociedad colombiana y venezolana.
Pero no hay que perder de vista que antes de llegar a esa situación favorable para los libertadores, éstos habían pasado por situaciones complejas, como la de enfrentarse entre sí mismos, ya fuese por temas raciales, étnicos, sociales, regionales… Por lo tanto, la tan ansiada libertad no comenzó como una necesidad de librarse del yugo español, sino que primero hubo una especie de guerra civil cuyo resultado fue la necesidad de unirse frente a un enemigo común. Aún con todo, y a pesar de la victoria, no hay que olvidar que a la hora de hablar de grupos étnicos o raciales, tan abundantes en estos territorios, la guerra acaba de construir una nueva forma política con la que identificarse y si no hay una idea clara de ello, surgen luchas internas y ocultas entre estos grupos.
Antes de la independencia la situación no era tan positiva para los nativos, pues en ocasiones varios grupos armados atacaban e intentaban sitiar ciudades fieles a España y a su rey, pero lo hacían más por probaturas que con la plena convicción de alcanzar la victoria, lo que hacía que, tras un breve intercambio, varios heridos y algún muerto, desestimaran cualquier otro intento de tomar la ciudad. Sin embargo, pocos años después, con las campañas de reconquista por parte de España los heridos y muertos se podían contar por cientos, la sangre marcaba el caudal de ríos y riachuelos, los civiles desleales fueron ejecutados y los prisiones pasado a cuchillo.
Si bien la llegada de las tropas invasoras supuso una cambio en la forma de hacer la guerra, tanto para unos como para otros, no es menos sorprende observar como unos abandonan lo tradicional, unas costumbres y prototipos bélicos frente a una nueva forma de guerrear que tiene un único objetivo, matar o morir, incluso a veces, desde el punto de vista de los aspectos personales.
Muchos poblados, pueblos pequeños e importantes deciden no ceder a sus hombres en edad de pelear para que formen parte del ejército español. Lo que los nativos pretendían era que sus propios ciudadanos formase un ejército con el que sintieran identificados, que su formación fuese un reflejo de su comunidad. Ante esta incapacidad de los dirigentes españoles para poder formar un ejército o unidades militares, manifiestan el descontento suyo e incluso el de los ciudadanos, obligados a servir a un rey al que no reconocen. Ese problema, el de no ser capaces los españoles de crear unidades primarias con los habitantes de los pueblos y un ejército que se enfrentase al enemigo fue una de las causas de las derrotas de las juntas, sobre todo entre 1812 -1815.
Poco a poco el ejército colonia se va transformando y pasa de una formación tradicional a un ejército patriota, lo que significó que las fuerzas armadas tuvieran que reorganizarse territorialmente. Esa nueva estructuración fue significativa, ya que si los oficiales y suboficiales de las colonias manifestaban su deseo de prestar sus servicios bajo el bando patriota, coroneles y tenientes coroneles realistas también huyen, la única salida era la de dar más fuerza y autoridad a los mandos locales, lo que significa que aumenta su presencia, que no su influencia, en el Estado mayor y en los puestos relevantes de los cuerpos. Pero en muchas ocasiones, el problema radica en que la solución sólo aumentaba el problema, pues quienes eran colocados en esos puestos demostraban escasa o nula capacidad militar, compensada con un enorme poder económico o de posesión de tierras. Es por eso que cuando se observa a los integrantes del Regimiento de Patriotas o el Regimiento de Milicias de Caballería uno observa que muchos de quienes lo componen son hijos de hacendados o grandes terratenientes que tienen la posibilidad en ese momento de ascender socialmente, algo de lo que se habían visto privados durante el Antiguo Régimen.
Cuando los ciudadanos decidían incorporarse al ejército liberador lo hacían inspirados en los modelos clásicos republicanos, en el que se entendía que cada ciudadano tenía la obligación de formar parte activa de la defensa de la ciudad. Por ello, los oficiales de estos grupos o unidades eran criollos, con cierta vinculación a familias poderosas o influyentes. Antes de los primeros combates, la forma de organizarse de estas unidades y de combatir era el del Antiguo Régimen, es decir, su objetivo era sitiar ciudades, aunque de manera poco efectiva y sin todo el pundonor que se podía esperar de ellos. Para ellos el arte de la guerra es desconocido aún, tal y como se desarrolla en Europa, sus ataques y retiradas no están ni coordinados ni organizados, lo que hace que no puedan llevar la iniciativa en el primero y que huyan de forma desorganizada en el segundo. No es que hubiese miedo a la batalla o que no estuvieran acostumbrados al combate, parece que esta forma de hacer la guerra tenía que ver más con aspectos económicos. Una batalla suponía dinero y recursos, algo con lo que no contaban en demasía, por lo tanto, mejor evitarla por qué así se ahorraban costes.
A principios de junio de 1813, el día 5, Simón Bolívar decide declarar la guerra a Trujillo, lo que suponía en ese momento que el derecho de gentes quedaba no sólo suspendido sino eliminado hasta el desenlace final de la guerra. Una de las primeras medidas que Bolívar decide tomar es la de respetar escrupulosamente la vida de los ciudadanos americanos, aunque éstos hubieran manifestado su inclinación ante los invasores, pero por el contrario, no contempla misericordia alguna contra los españoles, a los que les espera la muerte, a menos que reconozcan la legitimidad de su gobierno y de la república. Sin embargo, la idea de Bolívar de esa guerra a muerte contra los españoles no eran tan real como ficticia, pues su objetivo era internacionalizar el conflicto, es decir, que el mundo entendiese que lo que allí se libraba era una guerra entre los latinoamericanos y los españoles. Pero en ocasiones, la intención del dirigente latino chocaba con la propia realidad, puesto que la batalla no podía ser sólo expulsar a los españoles, sino que también suponía castigar a los traidores y crear una unidad patriótica, por ello, se convertía en un conflicto dual, nacional y civil a la vez.
Bolívar pretende incluir a todos los ciudadanos dentro de Ejército patriota, con el fin primero de crear un sentimiento de pertenencia y segundo, de equiparar la desigualdad numérica respecto al bando español. Para ello, se sirve de un discurso radical y de marcar unos objetivos simples pero concretos, lo que hace que de ahí en adelante sean los propios ciudadanos los que decidan si quieren formar parte de ese nuevo ejército o engrosar las filas del cuadro español. Como consecuencia de esa medida, de ese llamamiento a la patria, lo que se deriva es un conflicto violento del que ninguno de los 2 bandos escapa y que enfrenta a los americanos contra los españoles. Lo que Bolívar consigue con esa actitud es que los ciudadanos se identifiquen con esa americanidad, que no es del todo real, pues lo que hacen en sí es legitimar a su líder desde el punto de vista de una pertenencia política. Es por ello que se desarrolla esa violencia extrema, como excusa para defender una identidad americana.
Desde el momento en el que Bolívar declara la guerra a muerte la convierte en una seña de identidad nacional, con lo que pretendía que los que se alistasen a su ejército lo hicieran con un objetivo y que ese núcleo sirviera para alcanzar el fin que se había propuesto. Si durante unos primeros años el ejército bolivariano se caracterizó por su racionalización y por el mérito como elemento de ascensión gradual, a partir de 1815 la situación cambia, motivado por las acciones de grupos dispersos que desoyen las órdenes y se dedican a una guerra de guerrillas, a golpear ciudades dónde lo que se valora no es tanto el mérito como el carisma de quienes lo llevan a cabo. Se intenta, con Bolívar a la cabeza, que el ejército mantenga una estructura, en todos su aspectos, similar a la que había en el siglo XVIII, con cuerpos regulares y fieles a las órdenes que los altos mandos estipulan. Sin embargo, al enfrentarse a los ejércitos realistas, la visión de estos libertadores cambia y ven obligado pasar a una guerra irregular. El ejército de esos primeros momentos aún mantenía una cierta relación con la ciudad o el pueblo al que representaba y que conformaban sus ciudadanos, pero con el cambio de manera de guerrear, esos grupos menores, guerrilleros demostraron que la estructura y el orden no eran el objetivo, que lo realmente fundamental para el ejército era sobrevivir.
Pero Bolívar y los mandos del Estado mayor llegan a una conclusión tras algunas derrotas. La guerra de guerrillas, descentralizada, al margen de la regularidad de un ejército no es adecuada para hacerse con el control de ciudades en las zonas de la cordillera. Además, la forma en que se organizan estos grupos, con su identidad federativa, hace imposible que puedan agruparse una cantidad de fuerzas numerosas que permitieran conquistar o tomar un espacio la bastante grande como para asestar un golpe al enemigo. El objetivo de estos grupos era por lo tanto es el de buscar el enfrentamiento directo, sino su supervivencia, pues cualquier intento de conquista para ellos convertía la acción en un acto arriesgado pues salían de esa zona de confort o protección.
Si el ejército libertador quería tener opciones de victoria, éstas pasaban por su transformación, por un cambio de ejército irregular a uno regular, con su estructura, sus batallones, sus cuerpos, sus oficiales…, lo que suponía que las fuerzas militares debía de pasar por una democratización, lo que traía consigo de manera directa la posible construcción de un Estado, aunque fuese de manera débil, pero por lo menos realizable. Mediante esa democratización y transición hacia una regularidad, los militares profesionales pudieron construir y mantener una infantería más o menos organizada y disciplinada frente a los caudillos de las zonas del llano. Gracias a que el ejército estaba compuesto por guerrilleros, los altos mandos tuvieron la posibilidad de hacer pequeñas avanzadillas o grupos cuyo objetivo era guerrear en las montañas. Junto a estos grupos, la llegada de mercenarios a partir de 1818 fortaleció el cambio de paradigma, pues se incorporaban al ejército soldados experimentados que había guerreado en Europa. Gracias a ello, se pudo tomar la decisión, a finales de 1818, de llevar a cabo la campaña de Nueva Granada y pensar, si se salía victorioso, en la conquista de Bogotá.
La conquista e Nueva Granada supuso un hecho positivo para los latinoamericanos, pues se trata de un extenso territorio con un número elevado de habitantes y que estaba no tan masacrado como otros lugares como consecuencia de las guerras. Gracias a ello, el ejército libertador pudo seguir creciendo y regularse en base a la conscripción de la población. Entre 1819-1822 el ejército republicano multiplica por 4 su formación, pasando de unos 7.000 efectivos a más de 30.000. Para ello se lleva a cabo una leva que tiene su fuente de incorporación en aldeas pequeñas o también entre los propios esclavos (no hay que pasar por alto que podía resultar relativamente fácil su reclutamiento pero el problema residía en que para ellos el servicio militar les causaba asco y hastío) o las castas existentes. Esta variedad de soldados hace que la homogeneidad cambie y que los componentes sociales de los grupos patrióticos se diversifique. Sin embargo, para los altos mando militares, el hecho de que el ejército estuviera formado por hombres libres sin nada que ganar o por siervos, no les parecía una opción acertada, lo que traía también consigo que esta clase social tuvieran poca presencia dentro del ejército.
Uno de los problemas a los que se enfrentó la nueva Colombia fue el de pagar a sus Ejércitos, por lo que cuando se limita territorialmente el nuevo país, no se hace sólo para marcar unas fronteras, sino que se realiza con un afán recaudatoria, ya que cada región se vio obligada a pagar un tributo, en ocasiones de manera ilegal, fuera de los márgenes establecidos, con el fin de recaudar fondos para hacer frente a las soldadas, generando un cierto descontento entre la población. Sin embargo, aunque el ejército se usaría posteriormente para ir a la conquista de Perú esperando que los beneficios sirvieran para compensar las deudas, el pagó siguió sin llevarse a efecto, lo que trajo consigo mayores deserciones de los soldados.
La llegada de Bolívar y de Santander supuso la creación de un nuevo centro de poder, el surgimiento de una nueva administración militar que acaparaba gran parte del poder también y un Estado que quedaba protegido por la fuerza de un gobierno militar. Esto suponía también la creación de un nuevo poder, que se sustentaba en el estado de excepción y en la influencia del ejército, todo ello contextualizado en la época de la independencia latinoamericana que, a pesar de marcarse como meta liberarse de las fronteras, no dejo más que dudas y amenazas. Normal fue, por lo tanto, que temas como la representación o la soberanía quedasen sin resolver y volvieran a situarse en el debate.
En 1820 se firma en la localidad de Trujillo un alto el fuego definitivo, armisticio, entre las tropas libertadoras y las reales, es decir, entre Simón Bolívar y Pablo Morillo, lo que supuso poner fin a la guerra a muerte comenzada tiempo atrás. Esa firma significaba, entre otras cosas, la regularización de los combates entre ambos frentes, un proceso que había mantenido una dinámica irregular desde 1813.
Una gran victoria de los libertadores, pues supone que España asume la victoria de los libertadores y la aceptación y el reconocimiento de un nuevo país, Colombia, con el que firma ese acuerdo de armisticio. El final del proceso había llegado también, en parte, por la evolución del ejército latinoamericano, pues los españoles ya no guerreaban frente a ciudadanos descontrolados o desorganizados, sino contra soldados formados y estructurados que se alejaban de esos primeros bandidos con los que comenzaron a enfrentarse. Además, el nuevo ejército había adquirido esa idea de nación, de pertenencia, de identidad, lo cual les daba un motivo mayor para luchar, la defensa de su patria, lo que queda recogido en el tratado, otorgando el adjetivo de civil a esa guerra y por lo tanto en su lucha contra los españoles, una guerra internacional. Eso quiere decir que, al reconocerse el territorio liberado como una nación y ser aceptado por España, el texto del armisticio deja claro que los libertadores pueden convertirse en nación, con las implicaciones que ello conlleva. Los españoles que llevaban años viviendo en el país y que habían luchado a favor de los libertadores se convierte, de facto, en colombianos, resultado de la guerra y de sus consecuencias, es decir, del abandono de esa guerra de guerrillas, de la incorporación de ejércitos regulares y de la formación de un Gobierno estable y reconocido por los libertadores. Es más, España no sólo salía perdiendo en cuanto que veía como se liberaba una colonia de su influencia, sino que perdía también en el ámbito de lo político al reconocer a un nuevo país y además, al verse independizado mediante una guerra de liberación.
A pesar de que después de la firma de ese armisticio siguió habiendo pequeños combates, la batalla y la guerra ya estaba no sólo ganada, sino superada, por lo menos en lo militar y en lo político. El inicio y fin de la guerra, puesto que eso significó aquella firma, dejaba claro el reconocimiento nacional del conflicto y también supuso el final de la violencia por parte de ambos. Con el paso del tiempo, la historia colombiana no ha dudado en reconocer que esa guerra libertadora fue también teológica y patriótica a la vez, al igual que un proceso de liberación y construcción de una nación. La pregunta o la duda que surge es cómo fue posible que un conflicto civil, pues se enfrentaban ciudades de un mismo territorio, acabó por dar paso a una guerra de independencia y liberación que duró casi una década, entre 1810-1820.
No hay que olvidar que la falta de una identidad nacional al inicio de la guerra suponía que los nativos latinoamericanos demostrasen una radicalización en sus posturas que quedaba reflejado en la forma de comportarse su propia sociedad, pero la guerra, como catalizadora de los comportamientos humanos, ejerció como socializadora de las diferentes clases, etnias y razas. Eso significó que cada uno de los pueblos y sus habitantes, ya fuese de manera personal o grupa, tuviera que verse obligado a escoger una postura, o libertador u oprimido y defender esa postura mediante argumentos razonables. Esa necesidad de explicar al otro el por qué se ha determinado por un bando u otro hizo que se expandiesen las ideas modernas con mayor rapidez que por ejemplo la llegada de la prensa como medio de información o una mayor alfabetización social. La independencia conseguida al final, resultado de la lucha de los patriotas y de su esfuerzo frente a los españoles, dotó de no sólo de carácter nacional e internacional el conflicto, sino que a los realistas no les quedó más remedio que aceptar dicha naturaleza de la guerra.
La ciudadanía criolla y los nativos latinoamericanos no vieron con buenos ojos las imposiciones que el Gobierno de Carlos II quería imponer en el país, tales como una administración centralizada o una economía moderna. Para los ciudadanos latinos esa visión española de la sociedad chocaba con su forma de vivir y no consideraban adecuada una intervención tan grande de España en sus vidas. Poco a poco, va surgiendo la idea de que los nativos latinoamericanos tenían una idea de pertenencia e identidad propias, diferentes a la que los españoles habían ido imponiendo, por lo que no tardaron en ver al ejército hispano como un ente extranjero en su territorio. Los viajes realizados por un parte de la sociedad intelectual criolla y un mayor contacto con fuentes literarias, políticas y sociales, fue dando a la sociedad indígena la idea de pertenencia a su patria, referencia que sería utilizada en la Nueva Granada.
Al carecer de una experiencia propia en estas lides, la idea de identidad o patriotismo careció durante unos primeros años de un argumentario fluido, y sólo se comparaba con la idea de pertenencia a un país o territorio por cuestiones sentimentales. Poco a poco, ese sentimiento fue evolucionando e incorporando otras cuestiones, como aspectos sociales y políticos, lo que permitió que los criollos y la sociedad latina comenzara a formular propuestas o reivindicaciones de tipo político. Poco a poco, los criollos o patriotas iban siendo más conscientes de su propia realidad, es decir, veían que lo que se decía de España en cuanto a modernidad no llegaba a plasmarse en su país, por lo que no tardaron en criticar a los españoles de ese atraso en el que se encontraban. No sólo eso, si en muchas ocasiones los propios españoles eran incapaces de dar solución a los problemas en su propio país, como iban a resolver las situaciones complicadas que se planteaban allí.
Por tanto, y al ser los criollos conscientes de esta incapacidad por parte de los españoles, sobre todo en lo referente a la solución de temas tan sensibles como los políticos y los económicos, los nativos no tuvieron otra opción que la de ir negando paulatinamente, su fidelidad y reconocimiento a la Corona de España y sentirse, poco a poco, con una necesidad de liberarse del yugo español. Para ello, pidieron a la Corona que llevase a cabo una reforma del modelo político existente y que se les otorgase un poco más de reconocimiento o autonomía, proceso que no llegó a producirse y que incrementó más aún la crisis de legitimidad entre la Corona y los nativos criollos.
Esa crisis fue la chispa que necesitaban los criollos para liberarse de los españoles, pues no sólo se sentían partícipes de un país por motivos emocionales, sino también políticos y sociales y vieron la necesidad de crear su propio Estado libre, vaciado de las incapacidades de los españoles y siendo capaces de restituir los fallos que veían en el sistema español. Poco a poco fueron dejando atrás el sentimentalismo y le dieron forma a la idea del patriotismo, es decir, iban en contra de todo aquello que no defendieran los intereses patrios, en este caso manifestaban un claro nacionalismo anticolonial y antiespañol. Además, siendo conscientes de que su situación primaria, de debilidad frente a la Corona no era única en el continente, que había más países que estaban bajo el yugo español, no tardaron en identificarse todos ellos bajo el nombre de americanos, pasando de un conflicto más regional, a uno más internacional. Para evitar caer en una desidia o que el proceso de independencia no pudiera fructificar, los criollos mantuvieron vivas y vigentes ideas como igualdad y libertad, frente al yugo español, en vez de aspectos raciales o de etnia que difícilmente hubieran tenido el impacto deseado.
CONCLUSIONES:
A pesar de que las ideas de libertad e igualdad sirvieron como pegamento entre los diversos países para hacer frente al enemigo externo español, no tuvo un papel determinante en cuanto al desarrollo interno de cada uno de los países latinos, pues apenas se notaron cambios transformadores o modernizadores. Además, no hay que olvidar que la transformación política debía de producirse dentro de un marco muy amplio, el que formaban Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, por lo que la independencia política de España sería un proceso más lento y laborioso. Es más, cuando la Gran Colombia consigue finalmente liberarse del yugo español se pone de manifiesto que la identidad colombiana es débil, pues no consiguen solucionar aquellos problemas de los que habían culpado a los españoles, sean la modernización o el crecimiento económico.
Aunque la guerra contra los españoles supuso la independencia y la liberación como colonia, los costes que trajo para el país fueron importantes, ya que no sólo se acabó con una buena parte de la infraestructura anterior, perteneciente a un pasado reciente y la pérdida de capacidad productiva por la muerte de una parte importante de hombres en edad de trabajar sino que el país perdió también la base sobre la que se construía y se mantenía su ejército. Esta guerra se desarrolla durante un total de 14 años (1811-1825), en la que se produce tanto un proceso de descolonización como un enfrentamiento civil, que resultó casi tan cruento y devastador para el país como la propia guerra de independencia, sobre todo porque en ambos casos lo que la población buscaba era un mayor grado de autonomía respecto tanto de la metrópoli como de Espala, con el objetivo final de crear un Estado propio.
Durante los primeros años de la guerra, 1811-1815, se puede hablar más de un conflicto civil que de un proceso de independencia o libertador. En esos primeros momentos, una parte de la población, que aún mantiene su identidad e identificación con el pasado colonial, sobre todo en cuanto a sus estructuras políticas, deciden que ha llegado el momento de tomar el control del Estado colonial desde el mismo momento en el que se ha llevado a cabo una autonomía real de la propia metrópoli. Sin embargo, cuando se busca acabar con el Estado colonial no se trata de un único objetivo, sino que también lleva implícito eliminar las nuevas formas de Estado republicano existentes en el país. Otro modelo o tipo de enfrentamiento que se desarrolla en esos primeros años tienes que ver con la lucha entre esas 2 maneras de Estado y una tercera que relaciona la guerra entre el norte y sur, por situar en primer lugar al garante del Estado colonial. Durante estos primeros años es cuando se produce casi la mitad de los enfrentamientos, derivado, claro está de esos posicionamientos políticos entre las provincias y los autonomistas y los realistas y libertadores.
Una vez que la guerra civil puede darse por terminado o, por lo menos, aparcada, cobra intensidad el conflicto colonial y libertador. El ejército invasor demuestra su poderío movilizando tropas y enseres y hace propaganda de que el conflicto trata exclusivamente de volver a un Estado colonial, enfrentándose a aquellos que quieren que la guerra elimine ese adjetivo de sus intenciones. A finales del conflicto, la revuelta civil recobra su intensidad anterior. La excusa, que el ejército español y metropolitano tienen que hacer frente a otro problema mayor, en este caso en España, con el levantamiento de Riego en 1820. Como consecuencia de este hecho, la guerra cobra un nuevo significado, pues los ejércitos que defienden a España irán poco a poco siendo derrotados por el ejército libertador, que ahora no está formado sólo por ciudadanos de esa zona, sino de otras zonas y ámbitos coloniales, con el fin último no sólo de expulsar del poder a los españoles en Nueva Granada, sino de expulsarles de todo el continente.
Durante la segunda mitad de la década de los años 10 es cuándo se produce un cierto descenso de los enfrentamientos, sobre todo por esa falta de unión entre las fuerzas libertadores y patriotas, que no se reunifican hasta casi 1820. Como consecuencia de esa unificación de ejércitos y de fuerzas, se pudo comenzar el proceso de independencia de Nueva Granada, dando al conflicto una mayor intensidad. Es por ello que, a partir de 1820 se da un descenso del número de choques entre ambos bandos, más aún después de que los libertadores consiguieran hacerse con el control de la costa norte y reducir el ímpetu de las fuerzas realistas en la zona suroccidental. Debido al éxito del proceso, el escenario libertador se fue extendiendo a otras zonas del continente y con ello, las luchas en Colombia, pasando a partir de esos momentos, tanto a Venezuela, Perú, Ecuador…
A partir de 1819 y sobre todo en 1820, el número de enfrentamientos entre ambos bandos aumenta, como consecuencia del éxito de la Campaña Libertadora y con el objetivo final de expulsar al ejército realista del continente. Es por ello que las zonas de acción apenas varían respecto a lo sucedido en los años anteriores, con la única excepción de que las ciudades se convierten en los escenarios de las batallas, sobre todo las situadas en las zonas norte y sur, siendo las del centro las menos afectadas, pues se utilizaban como espacios de abastecimiento hacia las otras o como lugar de retirada y acuartelamiento.
Autor: Álvaro Díez Cárcamo para revistadehistoria.es
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Lo que no entiendo todavía muy bien es el apelativo de libertadores. ¿Libertadores de quién? Porque los autóctonos americanos no solo no se liberaron si no que de ahí en adelante experimentaron una mayor opresiòn. La América actual es un fruto de la opresión de los llamados libertadores sobre los nativos americanos