La expansión Bizantina con la dinastía Macedónica y el comandante Juan Curcuas

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Desde tiempos de Justiniano El Grande, el Imperio Romano de Oriente había sufrido una regresión territorial con ataques desde todas las partes por diferentes pueblos, en especial búlgaros, que asolaron durante años Tracia y los Balcanes y musulmanes que habían arrebatado Siria, Palestina, Egipto y Libia.

No será hasta el S. X con los emperadores macedónicos, que el imperio no volverá a renacer y expandirse de nuevo. Este hecho podemos ejemplificarlo en la figura del doméstico de Anatolio Juan Curcuas.

La expansión Bizantina con la dinastía Macedónica y el comandante Juan Curcuas

De familia emigrada armenia, consiguió acomodarse en palacio con la emperatriz Zoe y con su sucesor Romano I Lecapeno, ser nombrado comandante en jefe de todo el ejercito anatólico. Su figura es aclamada por escritos contemporáneos como el segundo Trajano o Belisario, si bien sus éxitos militares también se deben a la semilla de sus antecesores que derrotaron a paulicianos y musulmanes, expandiendo su influencia por Armenia, no podemos negarle su posición como uno de los generales más brillantes.

El emperador usó a este brillante soldado para sus campañas de expansión por armenia y Siria contra los musulmanes, volviendo a establecer la frontera bizantina a orillas del Éufrates tras varias campañas en las que se enfrento al débil califato Abasí y a los emiratos fronterizos surgidos de esta debilidad.

También tuvo que lidiar con un poder emergente en el califato, los Hamdánidas, cuyo emir, Said-Ad-Dawhal derrotó en alguna ocasión al propio Curcuas y solo dejo de ser un problema cuando se volvió hacia Bagdad para participar de las intrigar palaciegas por la sucesión del trono califal.

Las campañas no fueron fáciles y los territorios conquistados hostiles, con numerosas revueltas y campañas de castigo enemigas que hacían que las ciudades fueran tomadas y perdidas en cuestión de días, sumando a eso la necesidad de tropas en otros lugares como Italia. Aun así, consiguió establecerse en Armenia y ampliar las fronteras bizantinas.

También tuvo que lidiar con los Varegos de Rus, que sorprendieron a la capital en un rápido desembarco, obligando a Curcuas a volver a Anatolia para derrotarlos y al imperio a improvisar una flota que aunque con barcos viejos, al estar estos armados con el temible fuego griego, se mostraron muy eficaces contra la armada rusa, a la que aniquilaron tras que Curcuas los obligara a embarcar desde Bitinia.

En Mesopotamia, inicio una campaña contra el emirato de Edesa, donde consiguió uno de sus más notables logros, recuperar el Mandylion, un lienzo con el que Jesucristo se limpio el sudor y dejo su imagen estampada, y saquear el territorio.

Su caída en desgracia fue unida a la de su protector, el emperador Romano I, que cuando quiso unir por lazos familiares su familia con la de Curcuas, sufrió un efímero golpe de estado por sus dos hijos que lo enviaron a un monasterio y despidieron a Juan y aunque este volvió con Constantino VII, ya no se poseen registros de sus actividades.

Con esta dinastía el Imperio romano de Oriente vivió su época de máximo esplendor desde el S VI, no solo militarmente hablando, también en el ámbito cultural.

Autor: José Antonio Olmos Gracia para revistadehistoria.es

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Bibliografía:

Ostrogorsky, Georg (1984). Historia del Estado Bizantino. Ediciones AKAL
Wikipedia