La conspiración contra el Generalísimo Miranda

La conspiración contra el Generalísimo Miranda

La figura más importante de los tres grandes procesos político-revolucionarios que conmovieron al mundo de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, fue –sin duda alguna– el preclaro caraqueño Francisco Miranda Rodríguez. Participó activamente en los sucesos pertinentes a la Revolución norteamericana, Revolución francesa y la Revolución suramericana; su presencia, valor y prestancia tuvieron mucho que ver en el desarrollo de estos acontecimientos que cambiaron la historia de la humanidad, decisiva y definitivamente.

Hechos que han sido estudiados, historiados y analizados por numerosos escritores, relatores, cronistas e historiadores –contemporáneos, posteriores y actuales– de todo el orbe; en todos ellos descuella la personalidad militar, la hidalguía, la gallardía, la cultura y el talento avasallante del Precursor de la libertad americana.

La conspiración contra el Generalísimo Miranda

Muy lejos estaba de suponer el general Francisco Miranda, en su residencia londinense de Grafton Way, en 1810, en compañía de su consorte doña Sara Andrews y de sus hijos Leandro y Francisco, que los mantuanos y patiquines caraqueños habían dado un paso importante en el camino de la libertad e independencia de Venezuela, aquel Jueves Santo, 19 de abril de 1810. Tenía sí noticias y algunas vagas informaciones del movimiento insurrecto acaecido en el denominado entonces Alto Perú, cuando en la población de La Paz, se había creado una Junta Tuitiva –independiente de España–, el 25 de mayo de 1809, a instancias de los inconformes Pedro Domingo Murillo, Jaime Zudráñez y Esteban Arce; así mismo que en Quito se había conformado una Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, el 10 de agosto de 1809, liderada por Juan Pío Montúfar.

También por instancia de Miranda se logra editar en la City, la trascendental y revolucionaria “Carta a los españoles americanos” escrita por el jesuita peruano Juan Pablo Viscardo, muerto en Londres en 1798. Los editores de “El Colombiano”, entre marzo y mayo de 1810 –estimulados por su amigo inglés y partidario de su causa, Nicholas Vansittart– crean un ambiente favorable en la sociedad londinense para la independencia americana; situación que contribuyó de manera positiva a que los enviados de la Junta Suprema de Caracas, Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello, ante el Gobierno británico, fuesen atendidos y cumplimentados como diplomáticos de un Estado soberano, una vez llegados estos allá el 11 de julio de 1810.

La Misión en Londres llevaba como objeto principal el reconocimiento oficial de Venezuela, la conveniencia de una eventual relación comercial, y en cierta forma actuar políticamente para que Gran Bretaña se comprometiera a mediar ante el Consejo de Regencia español, exigiéndole un trato de igual a igual. Pero existía una especie de agenda secreta en el sentido de no contactar al Precursor, por instrucciones muy precisas del doctor Juan Germán Roscio, Secretario de Relaciones Exteriores de la Junta venezolana. Debemos recordar que Roscio fue Fiscal en el proceso que se llevó a cabo contra los tripulantes capturados en la fallida intentona de Miranda, en las costas de Ocumare, a fines de abril de 1806, y que fueron ahorcados 10 compañeros del Precursor, en Puerto Cabello, el 21 de julio de ese mismo año; los restantes fueron encerrados en prisiones de las fortalezas españolas en el continente aunque Roscio solicitó la muerte de “todos los mayores de 17 años”.

Su desenfado al rubricar la primera Constitución venezolana de 1811, expresando por escrito sus objeciones, con alegatos justos y razonados, y tocándole soportar y sufrir en carne propia, deserciones, traiciones, impericia y amotinamiento; de grupos dirigidos por oscuros personajes e intereses, que solo perseguían su descrédito, realizando las más absurdas actuaciones en pro de su fracaso en el desempeño por consolidar la neonata independencia de Venezuela. Soportó el Precursor con estoicismo y paciencia los desprecios de los paladines de turno, opacados por su figura egregia, gallarda, coronada por blanca cabellera, producto de sus desvelos y trashumancia incomparable en la búsqueda incesante de la bella dama, intangible, caprichosa y veleidosa que han llamado libertad. Desde el pedestal de su trayectoria, acelerada, profunda y permanente; dejaba hacer y deshacer a los bisoños filósofos, que navegaban en el éter insondable de sus repúblicas aéreas; y con evidentes muestras de sensatez, trataba de inculcar el camino de la independencia y otros rumbos hacia la sólida construcción de una nación.

El coronel Simón Bolívar, comandante del fuerte San Felipe Neri de Puerto Cabello, donde se encontraban unos 1.000 prisioneros realistas; aparte que allí se estaban almacenados municiones, fusiles, pólvora y demás pertrechos de la República. Se ausenta del fuerte dejando encargado al teniente  Francisco Fernández Vinoni, quien es comprado por los prisioneros. Y la fortaleza cae el 5 de julio de 1812.   Bolívar puede escapar a duras penas y se esconde en la casa del falso patriota Antonio Fernández de León, quien le inflama la cabeza denunciando al general Miranda como “capitulador” y que se apresta a huir en el buque inglés “Sapphire” surto en La Guaira, con el tesoro de la República.

Bolívar hecho una fiera reúne a Juan Paz del Castillo, José Mires, Tomás Montilla, Miguel Carabaño, Rafael Chatillón y José Landaeta; y apresuradamente se dirigen al puerto para detener al Generalísimo.  A las 3 de la mañana del 31 de julio de 1812, lo despiertan y lo apresan, sin explicaciones. Miranda levanta una linterna y al verles las caras exclama estas palabras estigmáticas: -“Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche”.    

Autor: Miguel Aizpúrua para revistadehistoria.es

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