La batalla de las Termópilas

La batalla de las Termópilas

La batalla de las Termópilas transmitió a los persas, a pesar de la derrota griega, un claro mensaje: las ciudades griegas no se van a someter a la tiranía. Tras el fracaso de Darío en la primera invasión de Grecia, Jerjes I decidió intentarlo de nuevo, esta vez con un inmenso ejército formado por 250.000 hombres, una cifra colosal para la época y de la que sólo era capaz el imperio persa.

La batalla de las Termópilas

Iniciada la invasión, los estrategos griegos decidieron que el mejor lugar para enfrentarse por tierra a este inmenso ejército, era el angosto paso de las Termópilas, que en aquel entonces apenas medía 20 metros (en la actualidad, tras 2500 años de desgaste, el río Esperqueo lo ha ampliado de 1,5 a 5 kilómetros). La flota griega, formada por 270 barcos, protegía el flanco marítimo contra 700 barcos persas.

El lugar era perfecto ya que el reducido ejército griego combinado con el angosto paso podía plantar cara al ejército de Jerjes I e impedir su despliegue, mientras que la flota griega, mejor preparada que la persa, podía proteger el flanco marítimo, además los persas dependían por completo de su flota para el aprovisionamiento, por lo que no podían despegarse mucho de la costa.

Adicionalmente, en la zona existía una fortaleza en ruinas, el llamado «muro focense» que fue rápidamente reforzado por los 7000 griegos.

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