Joaquín de Fiore

Joaquín de Fiore

En la vida de Joaquín de Fiore pueden distinguirse tres períodos:

El joven señor, que habiendo nacido en Celico, Calabria, Italia, entre 1130/1135 d. C., hace un peregrinaje a Tierra Santa donde adquirió su vocación monástica;

El fraile cisterciense que hacia 1155 fue aceptado en el monasterio cisterciense de Sambucina, y después en el de Corazzo, donde tomó los hábitos y en 1177, fue electo abad, cargo que ejerció hasta 1187, cuando fue eximido de sus deberes por el Papa Clemente III para poder cursar libremente sus estudios. Retirado en meditación, reunió seguidores construyendo el monasterio de San Juan en Fiore (San Giovanni in Fiori), estableciendo la orden llamada Florense (1191).

El reformador que puso en acción una parte de sus ideas, fundando una orden religiosa más severa que la cisterciense, siendo reconocida por Celestino III (1196). Combatido por los cistercienses, pero apoyado por el emperador Enrique VI Hohenstaufen (1165-1197), y por su esposa Costanza de Altavilla (o de Sicilia), pudo dedicar sus energías a la edición de sus obras y a la consolidación de la orden.

Joaquín de Fiore

Joaquín de Fiore acometió un estudio intenso de la Biblia; estando dotado de sabiduría e inteligencia, se consideraba a sí mismo como un exégeta inspirado. Fue considerado profeta aunque no tuvo fantasías con visiones anticipatorias del futuro; se contentaba con interpretar las profecías de otros. Su interpretación de la Biblia, estaba llena de sutiles razonamientos que influyeron sobre los intelectos de su tiempo.

Sólo tres obras son reconocidas como auténticas: «Concordia dell’autentico e nuovo Testamento», «Commento all’Apocalisse», y «Salterio delle dieci corde”. Son falsos libros que se le atribuyeron, como los «Vaticinia Pontificum», célebres en la Edad Media, y los comentarios a las profecías de Cirilo, Merlín y la Sibila Eritrea.

En la «Concordia…» habiendo comparado a Jesucristo con Salomón, hijo predilecto de David, equipara a Federico II Hohenstaufen con Absalón, hijo rebelde de David. Para todos los joaquinitas, Federico II era tenido como el Anticristo, pues Joaquín habría profetizado su nacimiento de Constanza de Sicilia, esposa de Enrique VI, quien sería el más peligroso enemigo de la Iglesia.

Federico II fue objeto de sorprendentes esperanzas escatológicas: al morir Federico I Barbarroja (1190), aparecieron profecías alemanas hablando del futuro Federico, emperador de los últimos días, que liberaría el Santo Sepulcro preparando el retorno de Jesucristo, siendo visto como mesías, cuya misión abarcaba el castigo de la iglesia.

En cambio, en el pseudo joaquinita “Comentario sobre los últimos días” (1240), se pronosticaba que Federico II perseguiría a la Iglesia, hasta que en 1260 quedaría totalmente destruida. Para los franciscanos espirituales, el emperador era el anticristo, y su reino, la nueva Babilonia. Aunque para sorpresa general, Federico II murió en el año 1250, diez años antes del pronosticado fin del mundo sin cumplir su misión escatológica.

Las tres edades

Cohn sostiene que la teoría y sentido histórico de Joaquín de Fiore, es la que más influyó en Occidente hasta la aparición del marxismo.

Joaquín elaboró una interpretación de la historia como un ascenso en tres edades sucesivas, cada una de ellas presidida por una de las personas de la Trinidad. la primera edad era la del Padre o de la Ley, la segunda la del Hijo o del Evangelio, la tercera, la del Espíritu. La primera había sido de temor y servidumbre, la segunda de fe y sumisión filial, la tercera sería de amor, alegría y libertad.

Cada edad había sido precedida de un período de incubación: la primera edad abarcaba desde Adán hasta Abraham, la segunda desde Elías hasta Jesucristo, y la tercera, desde San Benito y estaba cerca a su final cuando Joaquín compuso sus obras. Según San Mateo, entre Cristo y Abraham se contaban 42 generaciones, por lo tanto, el período entre Cristo y el cumplimiento de la tercera edad también debería ser de 42 generaciones. Considerando cada generación como un lapso de 30 años, situó la culminación de la historia humana entre los años 1200 y 1260..

El joaquinismo de los franciscanos espirituales

Joaquín de Fiore falleció en 1202, pero sus enseñanzas no serían olvidadas. Su espíritu profético fue recordado por Dante Alighieri, quien en el Canto XII del Paraíso de «La Divina Comedia», hace proclamar a San Buenaventura:

«…y aquí a mi lado / el abad calabrés Joaquín / de espíritu profético dotado…».

Joaquín de Fiore poseyó puntos comunes con Francisco de Asís: espíritu de penitencia, fortaleza de carácter, amor a la soledad, don profético, alejamiento de las cosas mundanas, oposición a los poderosos y opresores de los pueblos.

Ya en vida de Francisco de Asís, se habían manifestado dos tendencias en su orden: una quería practicar la pobreza absoluta (como Jesucristo) viviendo únicamente de la mendicidad y el trabajo manual; la segunda apuntaba a una pobreza relativa.

Por una bula de 1230, el Papa Gregorio IX declaró que el testamento de Francisco de Asís no obligaba a los integrantes de su orden; que el dinero podía ser aceptado y administrado para sus necesidades. Inocencio IV en 1245, dispuso que sus bienes fueran propiedad de la Santa Sede.

La corriente franciscana más rígida no aceptaría esas disposiciones. Siendo minoría se denominaron «espirituales», encabezados por los frailes Angel Clareno, Ubertino da Casale, y Juan de Parma. Entonces tomaron las profecías de Joaquín, las editaron y comentaron, atribuyéndole otras que adquirieron más notoriedad que las auténticas. Adaptaron su escatología, para ser considerados la nueva orden que debía conducir la humanidad hacia las glorias de la edad del Espíritu.

Alejandro IV, en carta al obispo de París (1255) condenó «L’introduttorio all’Evangelo eterno» de fray Gerardo de Borgo Sandonnino, afirmando que Joaquín predicaba que el evangelio eterno, anunciador de la tercera edad de la humanidad, sería proclamado por el ángel del sexto sello del Apocalipsis, el cual era Francisco de Asís, quien portaba los estigmas de Jesucristo. Por eso, la orden franciscana sería la encargada de predicar el fin del mundo y de la iglesia, siendo fijado como límite el año 1260.

Autor: José Oscar Frigeiro para revistadehistoria.es

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Bibliografía: 

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