Jeireddín Barbarroja, la venganza de un hermano

Jeireddín Barbarroja, tras la muerte de su hermano a manos de los españoles, se tiñó su morena barba con henna para continuar con el mito de su legendario hermano. A continuación ofreció la sumisión de sus posesiones al sultán de Estambul, convirtiendo de golpe a Argelia en una provincia del Imperio otomano, para consternación de los reinos cristianos.

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Jeireddín Barbarroja, la venganza de un hermano

Hacia 1520 tenía a no menos de 40 capitanes corsarios a sus órdenes, y tras rechazar el año anterior un intento español de conquistar Argel, su fama se acrecentaba día a día.  Y con su flotilla personal, compuesta de 18 barcos barría dos veces al año los territorios y rutas comerciales cristianas. En 10 años secuestró a 10.000 cristianos de sus aldeas y pueblos costeros, y eso tan sólo en la costa entre Barcelona y Valencia y en 1529 tomó el peñón de Argel, un pequeño fuerte que controlaba la ciudad y que estaba en posesión de España. Esto convirtió a Argel en el centro de la piratería en el Mediterráneo occidental.

España se aprestó a reaccionar. Con los servicios del Almirante Andrea Doria, se aseguraron las rutas comerciales de nuevo e incluso saqueó las costas de recia, posesión otomana, provocando la ira del sultán, que nombró en respuesta a Jeireddín Barbarroja “almirante del sultán”.

Jeireddín Barbarroja, que ya tenía 68 años, se dedicó a reconstruir la armada otomana, construyendo 60 galeras equipadas con cañones de bronce. Con ellas arrasó la costa occidental italiana hasta Nápoles, llegando a cundir el pánico en la mismísima Roma. A continuación capturó Túnez inquietando mucho a los cristianos, por su posición estratégica en el Mediterráneo, lo que provocó la reacción del Emperador Carlos, en la famosa jornada de Túnez.

La Jornada de Túnez

A finales de 1534 el incipiente poder marítimo otomano amenazaba ya a todos los puertos de la Cristiandad en el Mediterráneo. Las galeras de Barbarroja, nombrado almirante por el sultán Solimán el Magnífico, incursionaban los indefensos puertos cristianos, atacaban las rutas comerciales cristianas con impunidad casi absoluta y saqueaban cualquier ciudad costera que se les antojase por todo el Mediterráneo Occidental. La presión era tal, que el precio de los seguros marítimos se disparó, mientras que pueblos enteros fueron abandonados a lo largo de todas las costas cristianas. Aprovechando el “momentum”, Barbarroja se apoderó de Túnez, deponiendo a Bey háfsida Muley Hassan, que era vasallo de España, colmando la paciencia del emperador.

La reacción española

Carlos I convocó Cortes en Madrid y solicitó subsidios para recuperar Túnez. Inmediatamente la maquinaria imperial española se puso en marcha. Durante un año, se fueron concentrando en el puerto de Barcelona las escuadras del Cantábrico, de los Países Bajos y la portuguesa, al tiempo que numerosos nobles, entre los que estaba el Gran Duque de Alba, aportaban tropas y pertrechos.

Durante todo el invierno de 1534 a 1535, el emperador trajo adicionalmente hombres y barcos desde todos los puntos del Imperio español. Barcos desde Amberes, tropas desde España, Alemania e Italia, mientras que Andrea Doria acudía también con sus galeras de combate a Barcelona. El almirante de Castilla, Álvaro de Bazán, hacía lo propio en Málaga, mientras que los portugueses aportaban 23 carabelas y una carraca, y los caballeros de San Juan de Maltan ponían su gran carraca, la “Santa Ana”, al servicio del emperador.

Los recursos económicos movilizados fueron ingentes. El Papa financió un destacamento, y desde américa Francisco Pizarro aportó el oro conseguido por el rescate del inca Atahualpa, más de 1.200.000 ducados que se gastaron en pertrechar al ejército con galletas, agua, pólvora, caballos, cañones y arcabuces, construyéndose Carlos I un cuatrirreme especial con una carroza ricamente decorada, un dosel hecho de terciopelo rojo y dorado y banderas heráldicas ondeando en los mástiles, para comandar una flota combinada de 74 galeras y fustas, 300 naves de vela, 25 000 infantes y 2000 jinetes

El ataque

El ejército y la flota se concentraron en Cerdeña en junio de 1535, e inmediatamente iniciaron el ataque a Barbarroja desembarcando y poniendo sitio a la fortaleza de la Goleta, considerada la llave de Túnez, tomándola 28 días después. Inmediatamente marcharon hacia Túnez, con los recién creados Tercios en vanguardia, tomándola el 21 de julio de 1535, con la ayuda de la sublevación de los más de 5.000 cautivos cristianos que había en la ciudad, que obligaron a huir a Barbarroja. Según las crónicas, el propio emperador Carlos I luchó en primera línea:

“avanzando con la lanza en la mano, corriendo el mismo riesgo que un pobre soldado raso”.

La Jornada de Túnez fue celebrada por toda la Cristiandad, con carnavales en Venecia, fuegos artificiales en Malta y una recreación de la caída del pirata en Palma de Mallorca.

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