Jacinto Ruiz y Mendoza, Héroe del 2 de Mayo
Jacinto Ruiz y Mendoza, (Ceuta – 1779), usó como ejemplo la figura de su padre para seguir con la vocación militar. Comenzó su carrera como cadete a los 16 años y fue ascendiendo en escala de rangos hasta lograr el puesto de teniente en 1807. Fue 6 años antes cuando se le destinó a Madrid.
Jacinto Ruiz y Mendoza, Héroe del 2 de Mayo
Habló al capitán francés, que abrió las puertas al pueblo para que se apoderasen de las armas, con las siguientes palabras:
«El primer batallón de voluntarios del Estado está a la puerta y los demás vienen marchando. Ya que por vuestra parte han empezado las hostilidades es forzoso entregarse inmediatamente, de lo contrario seréis pasado a cuchillo»
El capitán francés, acobardado, ordenó que sus hombres tirasen las armas y permitiesen la entrada para que se armase la muchedumbre y los cuales aclamaron a Ruiz como su libertador. Se encerraron a los franceses rendidos en las cuadras situadas en el patio del Parque de la Artillería.
Tras el intento francés de volver a tomar el Parque, a Ruiz se le asignó uno de los pocos cañones que allí había. Recibió plomo en el brazo izquierdo, pero aquello no le detuvo a pesar de la sangre que perdía, como tampoco lo había detenido la fiebre y su estado de salud. Fue vendado su brazo, pero Ruiz volvió en seguida al fuego de artillería.
Los franceses comenzaron poco después la ocupación, pero el teniente ceutí consiguió romper la formación enemiga con el fuego de su cañón, dando lugar a una profunda brecha que tuvo que reorganizarse con la llegada de más tropas. Los franceses gritaron, pero los españoles gritaron más a pesar de estar en inferioridad numérica.
Armados después con bayonetas, Daoíz cayó mortalmente herido, mientras Velarde murió de un disparo a quemarropa. Ruiz era en aquel momento el último que quedaba en el patio con vida. Luchó hasta su último aliento hasta que un disparo le acertó en la espalda y la bala correspondiente salió por el pecho. Caía el último defensor, pero aún no estaba muerto.
El general Murat dio la orden de fusilar a todos los supervivientes debido, en parte, a las pérdidas que había sufrido durante el sitio. Puso especial énfasis en terminar con la vida de Ruiz, que había sido llevado por sus hombres hasta su cuartel donde se le hace un primer examen de su estado y para evitar que fuese arrestado por las tropas de Murat.
Finalmente le trasladaron a su domicilio, donde fue intervenido por el doctor Don José Rives del Hospital San Carlos. Ruiz se lamentó profundamente de no haber caído junto a sus compañeros Daoíz y Velarde al enterarse de que había orden de fusilamiento a la que él especialmente estaba invitado.
Prefería haber muerto junto a sus dos compañeros y no fusilado como un hombre sin honor. Creyéndose recuperado de sus heridas – aunque los médicos le recomendaban reposo y cama, algo a lo que ya estaba acostumbrado a desatender -, el teniente Ruiz decidió reincorporarse para su lucha con Francia al ver cómo en un paseo por los Jardines del Retiro de Madrid las tropas franceses hacían ejercicios de instrucción y despliegues.
Decidió abandonar Madrid para organizar otras defensas y fue destinado poco después a Badajoz, al Regimiento de Guardias Valonas – cuerpo militar de élite para los hombres más aguerridos – bajo el rango de Teniente Coronel que le fue otorgado por el gobierno debido a la heroicidad y la valía demostrada durante la defensa de Madrid.
Pero durante el viaje tuvo que hacer una parada en Trujillo debido a su estado de salud. Finalmente falleció el 13 de marzo de 1809, por las secuelas de las heridas y fue enterrado en la parroquia de San Martín de Trujillo a la edad de 29 años. En su curioso testamento – muy típico de la época, por otro lado – y que escribió dos días antes de morir incluía una maleta, dos sortijas de oro, dos cubiertos de plata, unas espuelas, prendas de vestir, un reloj o tres pistolas.
Es muy posible que la memoria de Jacinto Ruiz quedase un poco a la sombra de los militares Daoíz y Velarde debido a que se ignoraba donde se encontraban sus restos en un principio. Don Amador Ruiz, su padre, que aún estaba con vida, escribió una carta al monarca Fernando VII que decía lo siguiente:
«se encuentra dichoso de haber sacrificado a la Patria un hijo tan digno, y que se siente al propio tiempo desgraciado y ofendido por el manifiesto agravio que ha hecho el Gobierno a su memoria, al no expresar, el menor recuerdo de su gloriosa muerte […]”
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